
Hace veinticinco años, La Vanguardia proponía un paseo en Golondrina amenizado con música de acordeón para celebrar el primero de Mayo; hoy, aquí tocaba un poco de jazz, pero empieza a ser muy difícil dar la espalda a la depresión.
Galgos o podencos, no es que la casa se quede sin barrer sino que se está derrumbando, y por mucho que señalemos a este o al otro culpable, lo cierto es que el tinglado se viene abajo como un castillo de naipes. La calle truena contra los recortes en sanidad y educación, pero el gasto sanitario podría ser ilimitado (y hay una poderosa industria interesada en que así sea) y nuestros escolares han destacado entre los peores de Europa en época de vacas gordas. Una sociedad inteligente podría redistribuir un menor presupuesto social sin graves prejuicios, aunque también debiera imponer otros recortes que empezasen por arriba y no fuesen simplemente porcentuales, fijando un salario máximo para cualquiera directa o indirectamente relacionado con el sector público, incluyendo los que reciben subvenciones o ayudas de él, con los bancos a la cabeza. Pero ni así ni nunca acabarán los recortes mientras no se hagan inversiones productivas. A largo plazo, la más rentable es la educación, un asunto que, por suerte y por desgracia, no se limita a las aulas ni se zanja con dinero, y en el que el fracaso ha sido monumental. A corto plazo, no sé qué ni a quién se le puede vender nada.
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