Las nieves del Kilimanjaro

Si Robert Guédiguian se hubiese conformado con contarnos una historia con tanta naturalidad como hizo en Marius  y Jeannette, seguro que Las nieves del Kilimanjaro hubiese sido también una película excelente, pero esta vez se ha apoyado en un poema y el resultado ha quedado entre el panfleto y el cuento de hadas.

La poesía es “Les Pauvres Gens” de Víctor Hugo, que habla de la solidaridad y el amor de los humildes, asunto que debe tratarse con mucho tino si no se quiere hacer una soflama ni ahogarse en almíbar. Y un poco de cada hay en esta película rebosante de honestidad y amor sin fisuras, amistades entrañables, amables comidas al aire libre, y golpes bajos diversos que buscan la emoción fácil, logrando que la historia llegue a hacerse falsa e irritante al ir avanzado y completarse una galería de personajes construidos para la tesis, a los que no se les permite dar ni una puntada sin hilo del color que interesa. Significativamente, la mejor secuencia de la película, buenísima, es la única anécdota  marginal, una conversación entre un joven barman (Pierre Niney, genial) y la protagonista (la siempre excelente Ariane Ascaride, mujer del director), acerca de los licores más apropiados para sobrellevar las distintas penas de la vida.

Parece que el realismo social debiera ser realista además de social, pero a Guédiguian se le va la mano con la santidad de la clase obrera, empezando con la pareja protagonista y sus amigos, unos tiernos sindicalistas de la vieja guardia, amorosos, honestos y solidarios hasta decir basta, que hacen examen de conciencia sobre el aburguesamiento pecador que supone ver la tele y poder ir los domingos a la playa o denunciar a los ladrones que les asaltan. Pero lo que podría haber sido una interesante mirada al peso de los años y de estos tiempos sobre el idealismo y el compromiso social, acaba de irse a pique cuando uno de los salteadores resulta ser un joven Robin Hood golpeado por la crisis y por la ineptitud de los sindicatos, que roba para alimentar a sus dos hermanitos, unos niños milagrosamente encantadores pese a sus duras citcunstancias, incluida la de haber sido abandonados por su madre, que pasa de los tres por culpa de los hombres, que todos son iguales y acaban dejándola tirada. Naturalmente, los viejos sindicalistas reaccionan con la generosidad de la poesía, y colorín colorado. Si el ladrón hubiese sido un yonqui o un vulgar chorizo no habría película, y de hecho, de la madre dimisionaria y del otro atracador, que por lo visto era malo de verdad, nunca más se supo. Lo más lamentable es que lo que Guédiguian intenta decir está muy bien: es su forzado y en ocasiones inverosímil guión lo que le resta fuerza y razón.

La preciosa Pavana para una infanta difunta de Ravel  y  Joe Cocker cantando Many Rivers To Cross contribuyen a la impostación de un guión con el que no puede ni la naturalidad de la pareja protagonista, los habituales y estupendos Ariane Ascaride y Jean-Pierre Darroussin. La película se sostiene gracias a ellos y a los valores que pretende defender, y gustará a gente menos quisquillosa, capaz de disfrutar de las buenas cosas que sin la menor duda tiene, pero está absolutamente contraindicada para diabéticos y alérgicos al realismo de opereta, a los planteamientos sesgados y a los sermones, que harán bien optando por alternativas como la que propone la canción de la que toma el título: Echarse una siesta.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
Esta entrada fue publicada en Cine y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Las nieves del Kilimanjaro

  1. allau dijo:

    Completamente de acuerdo con todo (incluso con lo mal puesta que está la música), pero a pesar de ser tan tramposa es imposible indisponerse con ella.

    • José Luis dijo:

      Tan imposible que he estado tres semanas dándole vueltas antes de decidirme a darle al boton de publicar, después de tres mil correcciones. “Completamente” y “con todo” me parece una recompensa enorme.

  2. kirieleison dijo:

    Així hi hauré d’anar. Llegin la teva estupenda crònica, no hi aniria -ja no en tinc massa ganes- però vistos els comentaris canvio d’opinió. Que ferais-je?. On verra.
    Marius et Jeanette em va interessar però grinyolava una mica amb tant elogi de la pobresa. Guédiguian i Ascaride són militants à mourir.
    Salutacions, José Luis!

  3. Jesús (viejo sindicalista) dijo:

    Acertadísima la crítica, brillante señalando los excesos en lo que incurre Guediguián pero desde el respeto, e incluso la complicidad, con los rasgos generales de su discurso: honestidad, solidaridad, amistad, lealtad. Valores todos ellos consustanciales a una digna convivencia humana.

    • José Luis dijo:

      Muchísimas gracias, no sé yo si no serás algún viejo amigo, pero en todo caso, bienvenido. Por lo bien que lo resumes parece que he logrado explicarme. Los excesos resultan especialmente irritantes cuando se coincide en lo que se quiere defender. Creo que es un error de planteamiento; me gustan mucho Frank Capra y Ken Loach, pero por separado. Espero seguir viéndote por aquí, viejo o no tan viejo sindicalista o/y amigo.

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s