Honoré de Balzac – Eugenia Grandet

Después de Papa Goriot tocaba Eugenia Grandet, que, tal como me habían anunciado, es mucho mejor. Extraordinarios retratos de los protagonistas, vigorosas escenas de gran realismo y un relato mucho más interesante. También mejor prosa, aunque seguramente influye la cuidada traducción de Mauro Armiño en la edición de Siruela, uno de los primeros títulos de su colección “Tiempo de clásicos”.

En el preámbulo de las primeras ediciones, antes de que la novela se integrase en La comedia humana, se podía leer:

“Si en Paris todo llega, en provincias todo pasa; en ellas, ni relieve ni salientes; pero en ellas, dramas en medio del silencio; en ellas, misterios hábilmente disimulados; en ellas, desenlaces con una sola palabra; en ellas, enormes valores que el cálculo y el análisis prestan a las acciones más indiferentes. En provincias se vive en público.”

Probablemente sea este  hecho, el estar ambientada en provincias, lo que la ayuda a conservarse tan bien. Pero si en Papá Goriot el personaje más atractivo desde todos los puntos de vista es Trompe-la-morte, aquí, siendo muy bueno el de Eugenia, y espléndido el de la criada Nanon, el que hace inolvidable la novela es el de Papá Grandet, variedad de especulador avaro de provincias que, magistralmente retratado a lo largo de la obra, es presentado en unas páginas a las que pertenecen estas líneas:

El señor Grandet inspiraba la respetuosa estima a que tenía derecho un hombre que nunca debía nada a nadie, que, viejo tonelero, viejo vinatero, adivinaba con precisión de astrónomo cuando había que fabricar para su cosecha mil toneles o solamente quinientos; que no desperdiciaba una sola especulación, que siempre tenía toneles que vender cuando el tonel valía más caro que el género a recoger en él, que podía meter la vendimia en sus bodegas y esperar el momento de entregar el tonel a doscientos francos cuando los pequeños propietarios daban el suyo a cinco luises. Su famosa cosecha de 1811, prudentemente almacenada y lentamente vendida, le había reportado más de doscientas cuarenta mil libras. Financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo del tigre y de la boa: sabía tenderse, agazaparse, contemplar largo tiempo a su presa, saltar sobre ella; luego abría las fauces de su bolsa, engullía un cargamento de escudos y se acostaba tranquilamente, como la serpiente que digiere, impasible, fría, metódica. Nadie lo veía pasar sin un sentimiento de admiración mezclado con respeto y terror.

(…)

El señor Grandet nunca compraba carne ni pan. Sus colonos le llevaban todas las semanas una provisión suficiente de capones, pollos, huevos, manteca y trigo como pago de su renta. Poseía un molino cuyo arrendatario, además de la renta, debía ir a casa de Grandet para recoger cierta cantidad de grano y entregarle el salvado y la harina. La gran Nanon, su única criada, amasaba ella misma, aunque ya no era joven, el pan de la casa todos los sábados. El señor Grandet había llegado a un acuerdo con los hortelanos arrendatarios suyos para que le proporcionasen la verdura. En cuanto a la fruta, la recogía en tal cantidad que mandaba vender una parte en el mercado. Su leña para el fuego la cortaba en sus setos o la cogía de los troncos medio podridos que había en la linde de sus campos, y sus colonos se la acarreaban gratuitamente, la colocaban complacientes en la leñera y recibían a cambio las gracias. Sus únicos gastos conocidos eran el pan bendito, la ropa de su mujer, la de su hija, el pago de sus sillas en la iglesia, la luz, los sueldos de la gran Nanon, el estañado de las cacerolas, el desembolso de las contribuciones, las reparaciones de sus edificios y los gastos de sus explotaciones. Tenía seiscientas fanegas de bosque recién compradas que hacía vigilar al guarda de un vecino suyo, al que prometía una compensación. Sólo desde esa adquisición comía caza. Las maneras de este hombre eran muy sencillas. Hablaba poco. Por lo general expresaba sus ideas mediante frases sentenciosas y dichas con voz dulce. Desde la Revolución, época en la que atrajo las miradas, nuestro hombre tartamudeaba de una manera fatigosa en cuanto tenía que hablar mucho tiempo o sostener una discusión. Ese tartamudeo, la incoherencia de sus palabras, el flujo de términos en los que su pensamiento se ahogaba, su falta aparente de lógica, atribuidos a defecto de educación, eran afectados y quedarán suficientemente explicados por algunos episodios de esta historia. Por otro lado, cuatro frases tan exactas como fórmulas algebraicas le servían generalmente para abarcar y resolver todas las dificultades de la vida del comercio: “No sé, no puedo, no quiero, ya veremos”. Nunca decía ni sí ni no, y jamás escribía. ¿Que le hablaban? Escuchaba fríamente, con la barbilla en la mano derecha y apoyando su codo derecho en el reverso de la palma izquierda, y en cualquier asunto, una vez que se había formado una opinión, no se echaba atrás. Meditaba largamente los tratos más insignificantes. Cuando tras una meticulosa conversación su adversario le había entregado el secreto de sus pretensiones creyendo haberle pillado, le respondía: “No puedo decidir nada sin haber consultado con mi mujer”. Su mujer, a la que había reducido a un ilotismo completo, era su escudo más cómodo en los negocios. Nunca iba a casa de nadie, no quería ser invitado ni invitar a comer, nunca hacía ruido, y parecía economizar todo, incluso el movimiento. No molestaba a los demás por su constante respeto a la propiedad. Sin embargo, pese a la dulzura de su voz, pese a su actitud circunspecta, el lenguaje y las costumbres del tonelero se exteriorizaban sobre todo cuando estaba en casa, donde se contenía menos que en cualquier otra parte.

La presentación completa del buen hombre, aquí. El siguiente paso ya es el libro.

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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8 respuestas a Honoré de Balzac – Eugenia Grandet

  1. Allau dijo:

    En el bachillerato de “entonces” estudiábamos literatura francesa y “Eugénie Grandet” fue lectura obligatoria. De alguna manera relaciono a la triste heredera con la leyenda negra de “los catalanes”, “la pela es la pela” y bobadas parecidas. El montaje comercial de Balzac ha envejecido mal, pero se aguanta bien en “Las ilusiones perdidas”. O en todo Dickens, que el tío aguanta bien.

    • José Luis dijo:

      Parece increible, pero yo no tuve ni una lectura obligatoria, ni tampoco recomendada. La literatura era como la geografía, nombres.

      El personaje me ha recordado muchísimo a una persona que conocí. Era catalán, lo cual no es nada extraño siéndolo yo también. Basta precisamente con leer un poco para saber que esta virtud tampoco tiene patria.

  2. alopez47 dijo:

    José Luis:
    Hace mucho tiempo que leí esta novela, pero no me acuerdo de nada… Tendré que revisitarla…

    • José Luis dijo:

      Supongo que la leerías de muy joven, quizá por obligación? 😉 No es facil olvidar una trama tan sencilla y unos personajes tan bien definidos. Creo que te gustará volverla a leer.

  3. angels dijo:

    Si no lo es !!plego!! X de X de X y ya no puedo más U. A. adióoooooos

  4. angels dijo:

    Mira ,noto la dieta de no acudir a conciertos ,audiciones y óperas por prescripción médica y que me atrofio más ;pero esta vez me he puesto tozuda y queria de todas todas acertar, ,aunque fuera de tiempo y en la página que no corresponde. Pero como ha llegado la fisio la he puesto en el 1º lugar que he encontrado un hueco.Por fin !!!!! U.A.adióoooooos

    • José Luis dijo:

      Ni me había fijado que es fuera de lugar, pero no fuera de tiempo, que hasta esta noche valía. Te has salido con la tuya, cosa yo diría que nada rara 🙂 Y la dieta seguirá el mismo camino. UA!

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