Las leyes y los espárragos

Las leyes se han hecho para el hombre y los espárragos se pueden comer con las manos.

(Donde se ponen ejemplos en defensa de la teoría de la relatividad más valiosos que mil razonamientos)

Hace un mes escaso, en L’Auditori, buena parte del público aplaudía tras el primer movimiento del concierto para violín de Tchaikovsky, demostrando no conocer la obra o no estar muy al tanto de las reglas del juego, y sobre todo, que el espectacular final les había entusiasmado. A un vecino le molestó una barbaridad y todo el barrio se enteró de que le habían fastidiado el concierto. Luego, cuando acabó de verdad, se le oyó repetir varias veces “¡Ahora, ahora, aplaudid ahora! ¡Qué vergüenza!” en el mismo tono despectivo-airado del legendario “¡Qué asco de pueblo!” de Lola Flores. Nunca he oído a nadie protestar por el concierto de toses con que, haga frio o calor y por muy serio que haya sido el movimiento que ha finalizado, el auditorio aprovecha todas y cada una de las pausas para colaborar con la orquesta.

Anteayer, en el Liceo, en un precioso,  emotivo y espontáneo movimiento colectivo (que admiré y disfruté sin cooperar), los aplausos acompañaron (que no interrumpieron) durante casi un minuto la triunfal conclusión orquestal del dúo de Iolanta y Vaudemont. Tal que así:

El día anterior, en Gerona, cuentan los afortunados asistentes que el silencio fue sepulcral hasta que Gergiev bajó los brazos, probablemente algún segundo después de que los tremebundos últimos compases de la Patética acabaran de acabar de acabar de desvanecerse. Y, lo que es más significativo, los primeros aplausos fueron tímidos y los bravos y las ovaciones tuvieron que esperar a que el público se recuperase tras ese sobrecogedor final.

El tercer movimiento de esa misma sinfonía es aplaudido muy a menudo, y no liberar la tensión que se ha ido acumulando tras una conclusión de estas

no puede ser bueno para la salud. Algunos expertos opinan que para la presión arterial es malísimo y que comportamientos de esta índole podrían hallarse tras graves cuadros de estallido visceral múltiple 🙄

De todo lo cual podrían deducirse algunas leyes, pues tan antinatural parece contener una explosión de entusiasmo como ponerse a dar palmadas cuando te estás casi muriendo. Pero no es cuestión de leyes. No hay norma de cortesía que no deba ser respetada y a la vez no pueda ser vulnerada en determinadas circunstancias y, llegado el caso, revisada. Y para la buena convivencia, casi todo es cuestión de naturalidad, respeto al prójimo y buen gusto.

Por cierto: Buen gusto como el que demostró Gergiev al irse a ver la segunda parte del Barça-Córdoba  tras la primera función de la magnífica Iolanta que nos trajo con Netrebko y una compañía nada manca.

El maestro (…) quiso ver la segunda parte del partido del Barça en el Camp Nou (…) “Esa manera artística de jugar que tiene el Barcelona y su cuidado gestionando el talento joven” (…) “Es fundamental para nosotros. Como en el Barça, los jóvenes cantan con las estrellas y se miran en un espejo que permite aprender más rápido”

Daniel Verdú,  El Pais, 12/01/13

Aunque, para darle la razón, nada mejor que una muestra del recital del Barça de la noche del domingo. Escépticos y descreídos, escuchad las palabras de Gergiev antes de perderos estos segundos.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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5 respuestas a Las leyes y los espárragos

  1. maac dijo:

    Oiga… ¿Y Usted de dónde ha sacado ese audio?
    Eso del Liceu no se puede considerar como aplauso, es puro delirio. En un caso así se aplican todas las eximentes.

    • José Luis dijo:

      ¿A que te ha gustado? Es un montaje.

      Tantas eximentes que casi se le puede aplaudir, porque fue precioso. Y además, relativamente contenido, más emoción que entusiasmo. Inolvidable.

  2. Josep Olivé dijo:

    Pues en el siglo XIX se aplaudía entre movimientos. Luego, poco a poco, el aplauso se trasladó al final. Yo lo atribuyo a que en aquellos tiempos toda la música que se escuchaba era en directo (no podía ser de otra manera) y además “contemporánea”. Al oir por primera vez el primer movimiento de la quinta una de dos, o explotas de entusiasmo o eres una planta. Ahora, después de oirla mil veces con mil orquestas diferentes no cuesta nada esperar hasta el final, y cuando se da el caso como el que citas del concierto de violín de Txaikovski pues a mi no me molestan tales arrebatos en absoluto porque entiendo que además de la partitura quién contagia el entusiasmo es una actuación extraordinaria del solista. Cuando ha sido algo espeluznante hasta yo mismo me he añadido a los aplausos. Lo que ocurrió ese dia además fue que muchas personas pensaron que la obra ya había acabado, porque la duración del aplauso fue claramente anormal. Pero aún así no me llegó a inquietar ni molestar. Y fíjate lo que son las cosas: en el primer dia de Iolanta el público no se desvocó hasta que Gergiev bajo los brazos y el palillo (que si, que si, palillo, y espero que no usado como tal) en ese duo de auténtica catarsis. De todas maneras la emoción fue tal que los aplausos del segundo día no me molestaron aunque tampoco yo no paticipara de ellos. Lo que si me molesta, y mucho, es no respetar los silencios finales sobrecogedores de las partituras hasta el director muestre con los brazos que la obra ha terminado, porque ese silencio es también musica. Y de la buena.

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