Nanon

Aunque ese es el título y el nombre de la protagonista de una novela de George Sand, si hay una Nanon, esa es la de Eugenia Grandet, una sirvienta tan memorable como la Françoise de En busca del tiempo perdido.

Así nos presenta Balzac, en un retrato indisolublemente unido al de papá Grandet, a esa pobre Nanon cuyo rostro “hubiera sido muy admirado sobre los hombros de un granadero de la Guardia, pero, según dicen, para todo se necesita oportunidad”

Quizá la gran Nanon era la única criatura humana capaz de aceptar el despotismo de su amo. Toda la ciudad se la envidiaba al señor y a la señora Grandet. La gran Nanon, así llamada por su alta estatura de cinco pies y ocho pulgadas, pertenecía a Grandet desde hacía treinta y cinco años. Aunque sólo tuviera sesenta libras de sueldo, pasaba por una de las criadas más ricas de Saumur. Esas sesenta libras, acumuladas desde hacía treinta y cinco años, le habían permitido colocar recientemente cuatro mil libras en renta vitalicia en casa de maese Cruchot. Este resultado de las largas y persistentes economías de la gran Nanon pareció gigantesco. Al ver a la pobre sexagenaria que tenía asegurado el pan de su vejez, todas las criadas la envidiaban sin pensar en la dura servidumbre con que lo había adquirido. A la edad de veinte años, la pobre joven no había podido colocarse en ninguna casa, tan repulsiva parecía su cara; y, desde luego, ese sentimiento era muy injusto: su rostro hubiera sido muy admirado sobre los hombros de un granadero de la Guardia, pero, según dicen, para todo se necesita oportunidad. Obligada a dejar una granja incendiada donde se ocupaba de las vacas, fue a Saumur, donde buscó casa donde servir, animada por ese robusto coraje que no retrocede ante nada. Papá Grandet pensaba entonces en casarse y quería ir montando su hogar. Vio a aquella joven rechazada de puerta en puerta. Juez de la fuerza corporal como tonelero que era, adivinó el partido que podía sacarse de una mujer de complexión hercúlea, plantada sobre sus pies como un roble de sesenta años sobre sus raíces, fuerte de caderas, cuadrada de espaldas, con manos de carretero y una probidad tan vigorosa como lo era su intacta virtud. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni su color de ladrillo, ni los brazos nervudos, ni los harapos de Nanon asustaron al tonelero, que aún se encontraba en la edad en que el corazón se estremece. Así pues, vistió, calzó, alimentó a la pobre joven, le dio un sueldo y la empleó sin tratarla con demasiada dureza. Al verse acogida de este modo, la gran Nanon lloró en secreto de alegría y cobró un sincero afecto por el tonelero, quien, por lo demás, la explotó feudalmente. Nanon lo hacía todo: hacía la cocina, hacía la colada, iba a lavar la ropa al Loira y volvía a traerla sobre sus hombros, se levantaba con el alba, se acostaba tarde; daba de comer a todos los vendimiadores durante la recolección, vigilaba a los rastrilladores de racimos; defendía como un perro fiel la hacienda de su amo; por último, llena de una ciega confianza en él, obedecía sin rechistar sus caprichos más descabellados. Durante el famoso año de 1811, cuya cosecha costó trabajos inauditos, tras veinte años de servicios, Grandet resolvió dar su viejo reloj a Nanon, el único presente que recibió nunca de él. Aunque le cedía sus zapatos viejos (ella podía ponérselos), es imposible considerar el provecho trimestral de los zapatos de Grandet como regalo, tan usados estaban. La necesidad volvió a la pobre joven tan avara que Grandet había terminado por quererla como se quiere a un perro, y Nanon se había dejado poner al cuello un collar guarnecido de pinchos que ya no la pinchaban. Si Grandet cortaba el pan con demasiada parquedad, ella no se quejaba; participaba alegremente en los beneficios higiénicos que procuraba el severo régimen de la casa, donde nunca se ponía nadie enfermo. Además, la Nanon formaba parte de la familia: se reía cuando reía Grandet, se entristecía, se helaba, se calentaba, trabajaba con él. ¡Cuántas dulces compensaciones en aquella igualdad! El amo nunca había reprochado a la criada ni el albérchigo ni el melocotón de viña, ni las ciruelas o los griñones comidos bajo el árbol. “Vamos, hártate, Nanon”, le decía los años en que las ramas se doblaban bajo el peso de la fruta que los aparceros se veían obligados a dar a los cerdos. Para una muchacha del campo que en su juventud no había obtenido más que malos tratos, para una pobre recogida por caridad, la risa equívoca de papá Grandet era un verdadero rayo de sol. Por otro lado, el corazón simple y la estrecha cabeza de Nanon sólo podían contener un sentimiento y una idea. Después de treinta y cinco años seguía viéndose llegar al taller de papá Grandet, con los pies desnudos, en andrajos, y seguía oyendo al tonelero diciéndole: “¿Qué quiere usted, hija mía?”. Y su gratitud seguía siendo joven. Algunas veces, Grandet, pensando que aquella pobre criatura no había oído nunca la menor palabra halagüeña, que desconocía todos los sentimientos dulces que la mujer inspira y podía comparecer un día ante Dios aún más casta que la propia Virgen María, Grandet, movido a compasión, decía mirándola: “¡Pobre Nanon!”. Su exclamación siempre iba seguida por una mirada indefinible que le lanzaba la vieja sirvienta. Estas palabras, dichas de vez en cuando, formaban desde hacía mucho una cadena de amistad ininterrumpida, a la que cada exclamación añadía un eslabón más. Esa compasión que brotaba del corazón de Grandet y que la solterona aceptaba de buen grado, tenía un no sé qué de horrible. Aquella atroz piedad de avaro, que despertaba mil placeres en el corazón del viejo tonelero, era para Nanon su colmo de felicidad. ¿Quién no diría también: “¡Pobre Nanon!”? Dios reconocerá a sus ángeles por las inflexiones de sus voces y sus misteriosas quejas. Había en Saumur un gran número de hogares donde los criados eran mejor tratados, pero donde los amos no recibían por eso mayores satisfacciones. De ahí esa otra frase: “¿Qué le dan los Grandet a su gran Nanon para que les sea tan fiel? ¡Caminaría sobre brasas por ellos!”. Su cocina, cuyas enrejadas ventanas daban al patio, siempre estaba limpia, ordenada y fría, una auténtica cocina de avaro en la que nada debe perderse. Cuando Nanon había lavado la vajilla, guardado los restos de la cena y apagado la lumbre, dejaba su cocina, separada de la sala por un pasillo, y se iba a hilar cáñamo al lado de sus amas. Una sola candela bastaba a la familia para la velada. La criada se acostaba al final de aquel pasillo, en un cuchitril iluminado por un ventanuco que daba a otra propiedad. Su robusta salud le permitía habitar impunemente aquella especie de agujero, desde donde podía oír el menor ruido por el profundo silencio que reinaba noche y día en la casa. Como un dogo al servicio de la policía, sólo debía dormir con el oído alerta y descansar vigilando.

Poco que ver con la sirvienta con más protagonismo en el mundo operístico

Pergolesi – Stizzoso mio stizzoso (La serva padrona). Sonya Yoncheva. I Barocchisti, Diego Fasolis.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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