El post de la Misa en Si Menor

No sé por dónde empezar.  De hecho, después de lo de esta noche, debiera “plegar”, como decimos por aquí: Plegar velas, cerrar la tienda, dejar de oír música y más aún de hablar de ella. Nunca he asistido a nada igual y, iba a decir que nunca volveré a asistir pero, cambio de opinión porque no es noche para retóricas, haré todo lo posible por repetir.

He escuchado una docena de veces la Misa en Si menor de Bach, una en vivo, a Jordi Savall, que me gustó mucho. Nunca como hoy, ni en ninguna otra obra de nadie, había sentido tanto que todo lo que estaba escuchando era una misma voz, un mismo sentimiento y una misma voluntad, nunca había intuido la perfección que esta obra encierra. He descubierto cosas que no había oído antes y otros Bach que desconocía, y vista la reacción de los afortunados que hemos asistido al acontecimiento, puedo decir que somos muchos los que estaremos, dentro de lo posible, eternamente agradecidos a  Sir John Eliot Gardiner y a todos y cada uno de los integrantes de su orquesta y coro: Sir John Eliot Gardiner, porque no debiera escribir nunca más Gardiner a secas.

En una entrevista publicada en La Vanguardia de hoy,  SJE Gardiner ;-)  hablaba del ritmo de Bach, y ese podría ser uno de los doscientos titulares de la noche:  Gardiner & The Monteverdi’s with The Baroque Soloists:  Bach’s rhythm. Pero, no confundirse: Ni prisas ni subrayados ni estridencias, porque si hay ritmo en Bach, y si su Misa en Si menor es un monumento al ritmo interno y de conjunto, basta con entenderlo y dejarlo fluir, entenderlo y dejar que el sentimiento lo descubra. Y SJE Gardiner dirige con el corazón; un corazón tan grande que le cabe dentro todo Bach, y puede dirigir sin partitura una obra en cuyo Kyrie inicial parece imposible no perderse; un corazón tan joven, que con casi 70  años se mueve como un adolescente, provocando a sus músicos, ondulándose y bailando con naturalidad y delicadeza, cómodamente vestido con una chinesca chaqueta verde oscura, pantalones de andar por casa y unos zapatos limpios pero no relucientes,  Sir John Eliot Gardiner, muchísimas gracias.

Hice bien en no poner coros en esta página. Si hay dos cosas que pierden desde el punto de vista acústico en las grabaciones, son las cuerdas de la orquesta y los coros. Pero la Misa en Si menor es una inmensa coral que, de cuando en cuando, manda emisarios. Por eso ha sido tan bonito que los solistas no fuesen figuras, sino miembros del coro, de muy buenos a magníficos, todos muy jóvenes, que han cantado con una sencillez y una emoción inigualables, los más memorables en la segunda parte, los tres últimos a cual mejor, aunque, en una noche con tantas emociones agolpadas, puede que sean los que han quedado más presentes. El coro… no hay calificativos, aunque, por comparación, si el de Les Arts Florissants me hizo pensar en los ángeles, este hay que calificarlo de divino, es decir, también tonante cuando conviene, y entre un extremo y otro, todos los matices. La orquesta, ya no sé qué decir, perfecta, desde un clave  milagrosamente audible hasta las tres espléndidas trompetas que han liderado las explosiones de fuerza que son algunos pasajes, las cuerdas (casi todo mujeres), primer violín y cello maravillosos, flautas y clarinetes, deliciosos en detalles y acompañando a solistas, también los fagots han tenido su momento para que recordásemos al zippelfagotist. Pero nada puede entenderse aisladamente: Ni  el coro es el coro  ni la orquesta la orquesta, ni el organismo que forman con su director se explica sin la música que anoche interpretaban, porque lo que había sobre el escenario era una única unidad acústica y emocional en la que se recreaba el testimonio de un hombre que nos salva un poco a todos, que se hacía esperanzadoramente presente por obra de unas mujeres y hombres de apariencia corriente  que vivían el acontecimiento con tanta entrega e interés como el que suscitaban.

Porque el público ha participado. Con un silencio como pocas veces se ha escuchado en L’Auditori, incluso en los intervalos, escasas y excusables toses y murmullos durante las (creo que tres) pausas en que la orquesta ha afinado instrumentos, dejando que el tremendo Dona nobis pacem con que Bach se despide respirase bastantes segundos antes de prorrumpir en una ovación que se ha mantenido largos minutos, apagándose solo cuando los músicos ya habían decidido abandonar el escenario, con sobreelevaciones para el coro (merecidas pero relativamente injustas para la unidad) que ha visto como se reactivaban los aplausos para que el último de sus integrantes no dejase la sala sin escucharlos, en un ambiente de fiesta  y emoción que también expresaban los músicos, inenarrable. Hasta el local se ha sumado a la fiesta, adecuado para el volumen sonoro del grupo, ideal para transmitir sus sonidos con claridad.

Acabo porque no acabaría, que ahora habría que comentar todos y cada uno de los pasajes, aunque quiero citar el  Confiteor, en el que recordé el comentario sobre el bajo que hizo aquí enriquedeburgos y aparece el Bach de La Flauta mágica del que maac habló hace poco.  Pero acabo. Es normal emocionarse con la música; no lo es tanto, por inusual, que una intensa emoción se mantenga durante casi dos horas, en las que la felicidad y el asombro son tales que dan ganas de reír, aunque la mayor parte del tiempo estés a punto de todo lo contrario, movido por múltiples sensaciones,  incluida la de estar asistiendo a algo enorme, algo que es además un motivo de esperanza.

Hoy no pongo nada, porque tendría que ponerlo todo y no puedo ni podré poner ni una nota de lo que en realidad escuchamos anoche. Si vuelven y me ha tocado la lotería, estáis todos invitados. Por si no me ha tocado, empezad a ahorrar o a reservar butaca, que nadie debiera dejar esta historia sin haber vivido una experiencia así.

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Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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