¿De qué nos habla la musica?

¿De qué nos habla la música? ¿Se refiere necesariamente a nuestras experiencias o es un lenguaje autónomo que se explica por sí mismo?

Desde que se inventó, el arte sonoro se ha esforzado en responder a estas preguntas ligando la música al vivir humano o, por el contrario, buscando el sonido primero, el más natural, desligado de cualquier actividad humana; aquella música pura que, más allá de las contingencias interpretativas, se acerque a la máxima esencialidad de una idea, sea la libertad, la naturaleza o los sentimientos. A finales del siglo XVIII, Wackenroder, Tieck i Hoffmann pensaron el arte musical como la metáfora más precisa de lo absoluto, de aquello que – más allá de la experiencia – nos agrada simplemente por su sublimidad. El pensamiento de todos ellos bebió de una de les frases más preciosas y enigmáticas de la historia del pensamiento estético, dicha por Kant en la Crítica del juicio: “Bello es aquello que, alejado del concepto, complace universalmente”. Pero por mucho que persiga lo bello absoluto, el arte musical nos cautiva porque siempre acaba explicándonos alguna historia a través de conceptos que sentimos cercanos.

Bernat Dedéu (Comentario en el Programa de mano del concierto La OBC y Viktoria Mullova en L’Auditori, 18-20 de Enero de 2013)

No sé si serán algunos, muchos o todos los compositores que construyen sus obras apoyándose en vivencias o historias más o menos reales, pero el  sentimiento que provoca la música por si misma carece siempre de argumento, y a veces hasta de nombre. Escuchando cualquiera de los gozosos rondós de Mozart, uno puede imaginarse triscando por los prados o viviendo la más dichosa celebración, pero lo que esas notas transmiten es una alegría genérica, sin sujeto ni objeto específico. Lo mismo puede decirse cuando el sentimiento es de angustia, melancolía, tristeza… o algo parecido, porque ¿es tristeza lo que se siente, por ejemplo, con el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven? ¿Repetiríamos tantas veces algo que nos entristeciese si su belleza no estuviese convirtiendo esa doloroso sentimiento en una emoción placentera para la que no tenemos nombre? Escuchamos melodías que nos encogen el corazón pero tan agradablemente como otras que lo ensanchan. ¿Qué nombre tienen esos sentimientos? ¿Cómo se llama la mezcla de estupefacción y felicidad que produce la belleza?

Vivaldi – Concierto en la menor  para dos violines. Orchestra Perpetuum Mobile, Igor Longato

Las cosas no cambian demasiado cuando se trata de música programática, música escénica o para ballet. En este sentido, y a propósito de La mer, Ansermet es elocuente:

Evidentemente, ninguna música es capaz de expresar directamente un objeto material o describirlo a la audiencia; la música “de programa” exige un conocimiento previo del tema, pero si es buena, hablará por ella misma.

Y tampoco es muy distinto cuando la música acompaña a un texto o a una representación teatral. En ese encuentro, es la música quien resulta determinante, capaz de extraer petróleo de la situación o de la frase más pobremente escrita, que por eso añoraba Woody Allen una buena banda sonora en la vida. Desde luego, miel sobre hojuelas si la imagen y la palabra se secundan, pero aunque a la Liebestod no le va mal lo que dice Isolda y el “¡Recuérdame!” del Lamento de Dido tiene un efecto multiplicador, es la música la responsable de la conmoción.

Purcell – Dido’s Lament. Janet Baker, Charles Mackerras.

Los “afectos” son muy genéricos. El Erbarme Dich habla de arrepentimiento por el mal causado, pero que igualmente podría ser compasión por el sufrimiento del amado. Y, sin saber nada de la letra, no sería menor ni muy distinta la emoción, que, de nuevo, sigue sin poder calificarse, porque un creyente puede revestirla con su fe, igual que puede hacer con el Adagio de la Novena de Mahler o con la música de Bruckner, pero tampoco va a poder precisar muy bien lo que siente, y coincidirá con el más recalcitrante ateo en calificarla de impresionante, abrumadora, sobrecogedora, muy emocionante… o sublime, lo cual solo significa excelsa, eminente, enorme, es decir, muy grande; tanto como inefable.

La música no cuenta historias, es incapaz de expresar nada por sí misma, como dicen que dijo Stravinsky y hemos leído a Ansermet, pero es una inagotable generadora de emociones y sentimientos, la mayoría de los cuales no se producen por ninguna otra vía. Por eso, en las palabras finales del comentario de Bernat Dedéu,

La música nos habla de ella misma… pero siempre hay algo más. Sólo nuestro.

hay que sobreentender que ese “algo” no se refiere tanto a una “historia” como a la personal, inefable y por tanto intransferible emoción que la música nos ha causado, sin necesidad del sentido que cada cual le pueda o quiera dar, si es que puede y quiere. Emoción como la que en el siguiente video lleva a Horowitz, un profesional ya anciano y curado de espantos, a co-dirigir con Giulini durante un ensayo, con una exultación de la que acaba riéndose él mismo, una emoción nacida de la música, que no parece generar ni precisar de argumentos para ser plenamente disfrutada.

Mozart – Allegro assai del Concierto para piano No 23 – Vladimir Horowitz. Orquestra del Teatro alla Scala, Carlo Maria Giulini

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P.S. Josep Olivé me señala que, en realidad, Horowitz se rie al darse cuenta de que se ha saltado el final de la coda. Pero, naturalmente, eso ha sido porque estaba emocionadísimo. QED.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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13 respuestas a ¿De qué nos habla la musica?

  1. Diego dijo:

    No queda más que felicitarte por esta excelente entrada (todas los son), se aprende muchísimo, gracias!!! y como la iniciaste a propósito de la presentación de Viktoria Mullova, quiero preguntarte que te parece su manera de interpretar, a mi en lo particular se me hace una de las mejores violinistas de la actualidad que tiene una sensibilidad excepcional, que parece no concordar con su inexpresividad física -al menos en los vídeos-, pues desafortunadamente no he tenido la oportunidad de verla en vivo.

    • José Luis dijo:

      Pues muchas gracias otra vez, este es un asunto al que siempre estoy dando vueltas…Respecto a Mullova, la ví con el primero de Shostakovich, y me pareció muy buena (vaya descubrimiento) pero bastante fría. La verdad es que tenía en el recuerdo la interpretación de un joven llamado Khachatryan, que nos deslumbró a todos hace unos años, y la orquesta tampoco estuvo muy provocadora.
      Pocos dias después, Mullova tocó unas Sonatas de Beethoven, Kreutzer incluida, y estuvo impecable, pero recuerdo más su energía que su capacidad de emocionar.

  2. angels dijo:

    Muy bueno el video de Horowitz ,era un artista de la cabeza a los pies. Recuerdas la anécdota que contaba Barenboim que cuando era muy niño ,su máximo ideal era Rubinstein; y un dia sus
    padres ilusionados le dijeron que vendría a su casa el Sr. Horowitz y a él se torció el gesto ,pero
    cuando le oyó tocar y le trató ,cambió su opinión. Aunque siguió adorando a Rubinstein.U.A.y adióoooooos

  3. Josep Olivé dijo:

    Para mi la música es algo trascendente, necesario, vital. Hace tan solo unos minutos sonaba en la radio el adagio del concierto de clarinete de Mozart. El mismo que escuché en directo el viernes pasado. Mil veces lo escucho y mil veces me conmueve. Y qué es lo que me conmueve? Directamente su maravillosa esencia musical. Pero hay más? Sí, mucho más, y con efectos devastadores sobre mi percepción estrictamente musical.

    1.- La obra fue escrita dos meses antes de su muerte. ¿Cómo puede crearse algo tan bello entando ya muy enfermo, acuciado por deudas y penurias económicas, prácticamente abandonado por su mujer, amigos y público? Establezco una conexión próxima con las circunstancias en que la obra se creó que amplifican mi grado de sensibilidad ante lo que escucho. ¿Como puede un señor completamente sordo hacer una novena?¿Cómo pueden escribirse unas Diabelli estando sordo? Las escucho y viajo lleno de admiración a través del tiempo para intentar saber como pueden hacerse unas Diabelli estando completamente sordo…Y así con tantas y tantas obras de otros tantos compositores. ¿Es que cuesta mucho saber que Txaikovski se esta muriendo en su sexta sinfonía? La oyes y no oyes solo música, oyes a un hombre desesperado. ¿Como puede crearse un anillo si no es con una majestuosa fuerza de voluntad?¿Cómo puede abandonarse una vida regalada y placentera en Dresden y arriesgarlo todo porque crees en tu música? Ese tipo de conexiones, tan vitales entre quién oye música y quién la creó, es para mi un germen inagotable de emociones.

    2.- La interpretación es el mensajero. Un mensajero que si sintoniza contigo, y tu con él, te hace cautivo de su misma emoción, partícipe de lo que te transmite, y colaborador necesario para que el hecho musical cobre su más hermoso sentido.

    3.- La complicidad. Estas en una sala y de pronto sabes que allí esta pasando algo grande. Lo que llega a ti le llega a más gente. Y del mismo modo, aunque sea procesado de manera distinta. Hay un no sé qué, indescifrable, inexplicable, pero nunca has estado tan seguro de que ese fragmento de suite de cello, esa ària, ese momento dramático de la escena, llega no solo a lo más profundo de ti, sino a lo más profundo de mucha mas gente. Y qué decir cuando a tavés de un blog te hacen partícipe de músicas con las que compartes sensaciones y emociones…

    4.- La experiencia vital interna, casi espiritual, intrasferible, con que cada uno metaboliza lo que escucha.

    Creador, mensajero, complicidad y alma. Cuando todo esto casa, cuando todo esto cuadra, cuando todo esto presenta una unión perfecta se alcanza la masa crítica, mi masa emocional crítica. La reacción es en cadena, espontánea, imparable. No podría vivir si me dijeran que todo esto ya no va a ser posible. No podría vivir.

    • José Luis dijo:

      Podrías, pero “sin música la vida sería un error” Nietzsche dicen que dixit.

      Veo que sigues en racha metafísica, cuanta tela, rediós. Todo es apabullantemente cierto y va bastante más allá de mi modesta opinión (ahora más modesta aún), con la que sólo quería matizar el final del comentario de Dedeu, y que, por lo que veo, compartes: Porque la “experiencia intransferible” no tiene argumento y puede ser analizada pero es ante todo emocional.

  4. Josep Olivé dijo:

    Aquel día le avisaron ya de buena mañana que debía acudir al ensayo con orquesta. Intentó recordar, sin conseguirlo, que obra debía ensayar. Al llegar pidió que por favor le trajeran la partitura. Era una petición rara, por infrecuente, en un artista de ese nivel y en una obra concertante de riguroso repertorio. “Ah, sí, el 23…” murmuró en silencio cuidando de que nadie se diera cuenta. Se sentó al piano y le dijo a Carlo María que ya podía empezar. Miraba de reojo a quién debía pasar las páginas para que no se despistara. Incluso parece cometer un error de principiante al dar por finalizada la coda cuando aún faltaba la recapitulación, error que no tiene ningún rubor en mostrar de manera bien explícita. Al salir andaba meditabundo…”…a vista que he tocado y no me ha salido nada mal…pero espero para el dia del concierto acordarme de lo que tengo que tocar, que lo quiero hacer sin partitura…”.

    Todo esto que he escrito es ficción, por supuesto. Pero ves el youtube y no me digas por ahí tuvo que andar la cosa…🙂

    • José Luis dijo:

      Juro que estaba esperando algo así, y que ese algo vendría probablemente de tí, porque no estaba nada seguro de que las risas de Horowitz fuesen por su exultación, pero la verdad es que tampoco detectaba ningún fallo: Se come el final de la coda… A ver como lo arreglo. No se puede rectificar a nadie con más delicadeza, ya es tu natural talante, pero a mi también me ha dado un ataque de amor universal escuchando a Jaroussky esta tarde…🙂

  5. angels dijo:

    Como me ha encantado el youtube de Horowitz, he seguido investigando sobre Rubinstein (el ídolo de Barenboim) y resulta que era ,hasta cumplir los 50 años un “poco cabra loca”.Se comía las notas que le parecían y era descuidado en su técnica ,pero lo suplia con su expresividad.Una anécdota Barenboim le fué a visitar con 11 años ,y no se le ocurrió nada mejor que invitarle a una copa de coñac y un puro.Cuando el niño B. regresó a casa sus padres le encontraron un poco raro.Hasta que el niño lo contó; menos mal que a los 50 se propuso mejorar su técnica de una forma intensiva y consiguió llegar hasta los 95 años en casi plenitud de facultades. Nosotros lo íbamos a escuchar y llevábamos a alguna de nuestras hijas,con la excusa de que ,quizás no lo veríamos nunca más.Era muy viejecito,Pero a Horowitz no tuve la ocasión de verlo nunca.Es una tonteria que me ha venido a la memoria. Pero no me ha parecido mal .U.A.y adióoooos

    • José Luis dijo:

      Nada mal, otra buena anécdota. Y la excusa de que a lo mejor era la última, es muy socorrida, no solo con la múisca🙂 En cuanto a lo de comerse notas compensando con expresivad, me suena que Horowitz también va por ahí, y creo que pocos dirán que prefieren lo contrario. UAYHMOCS

  6. kalamar dijo:

    Aquí tiene Ramón Andrés mucho que decir. Nos conviene vaciar el coco de historias y sentimientos para escuchar la música pura. Lo conseguimos con el gregoriano o con Ligetti. Por eso me interesa mucho hacerme con alguno de sus libros, en especial el 2º y 4º de la lista: http://ramonandres.es/obra.html

    • José Luis dijo:

      Muuuuy interesantes, tengo deberes atrasados pero me acordaré, especialmente del tercero🙂 No tengo tan claro eso de vaciar el coco de historias y sentimientos para escuchar la música pura. Hay muchas músicas, y muchos días, siempre con sentimientos y a veces con historias. Ni tampoco que se consiga con esos extremos y no con el clasicismo o el barroco, por decir algo. Pero, a pesar de no coincidir en nada, creo que sé lo que quieres decir, y estoy de acuerdo…🙄

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