Gustavo Martín Garzo – El cuarto de al lado

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…con los niños siempre se está en el cuarto de al lado.

Prólogo
Estos apuntes proceden casi en su totalidad de unos cuadernos escritos entre los años 1988 y 1991. Todos ellos tienen que ver con ciertos momentos especiales de mi vida, momentos en que apareció algo que me hubiera gustado proteger y guardar. Pequeñas epifanías que unas veces tuvieron lugar a través de la lectura de un libro o la visión de una película, y otras de sucesos o encuentros casuales o de pequeñas escenas familiares. Su escritura procede de un tiempo en que nuestros hijos eran aún pequeños, y mi vida y la de mi mujer estaban felizmente marcadas por el hecho de tener que cuidarlos. Ese es el poder de los niños, transformar la vida en un manojo de pequeñas historias. Historias que surgen cuando menos te lo esperas y que te obligan a poner la oreja en la puerta para escuchar, pues con los niños siempre se está en el cuarto de al lado. Al escribirlas quise dejar constancia de ese misterio, el misterio de la proximidad. No se trata de un diario; de hecho, no hay un yo. O si lo hay, como quería Montaigne, no es como posición, sino como espacio. El espacio donde algo aparece, donde algo empieza a decirse. Donde se recibe a los invitados. Por eso sus protagonistas toman las ropas de la ficción, y por eso me gustaría que se leyera como un libro de pequeños cuentos (raccontini).
Al trabajar en él y seleccionar los textos que debían formarlo me sorprendió su melancolía. Ni una sombra de infelicidad amenazaba entonces mi vida, y, sin embargo, en sus páginas se habla a menudo de la desdicha, pues ahora sé que mis pensamientos ya eran entonces indisociables de la premonición del mal. Pero en ellos se habla sobre todo del gozo humano, un gozo algo pesaroso, extraño. Así somos: portadores de un mensaje que no comprendemos, ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros de un mundo desaparecido. Así es nuestra vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso. Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado para otro, aunque no sepamos para qué.
Y la escritura es una forma de persistir en esa absurda tarea: «Escribir —dijo Canetti— hasta que, en la dicha de la escritura, uno deje de creer en su propia desdicha.» Escribir hasta que una llama brote sobre la mesa. Cuando abras este libro, querido lector, serás tú quien tenga que cuidar de ella. Ya te lo aviso.
GUSTAVO MARTÍN GARZO
Valladolid, enero de 2007

Pocas veces me han impresionado tanto y tan positivamente las primeras páginas de un libro, porque, cuando apenas había leído un par de docenas, todo era tan delicado, honesto, íntimo y emotivo como sugiere este precioso prólogo. O el epígrafe de Cernuda: Todo es “nuestro”… pero nosotros, ¿de quién somos?”

El cuarto de al lado-b

“Pequeños cuentos” -pocas veces más de un breve párrafo, casi siempre unas pocas líneas y hasta alguno hay de cuatro palabras-, uno de los denominadores más comunes de estos “raccontini” nacidos de la profunda e imaginativa mirada de Martín Garzo, es acabar con un guiño, casi siempre de emoción. Y quien conozca El lenguaje de las fuentes y sepa de la sensibilidad de este vallisoletano, ya sabe cuánto hay en su obra del lenguaje poético que para los griegos es indisociable de ese sueño de claridad y de ese amor a la vida que va a encontrar en esta colección de nombres y sugerencias:

El amante no desea sino dar nombre a las cosas. Es como el niño que de continuo estira su dedo para señalar lo que ve, pues necesita proclamar cada descubrimiento. La misión del amante es hacer existir lo que ama. Amar es como decir: “Ahí está”
(…)
Te recuerda un antiguo apólogo sufí. Un hombre le pregunta a otro, que acaba de escuchar en la plaza: “Nos cuentas historias pero no nos dices cómo descifrarlas. Y este le contesta “Tú, ¿qué dirías, si un hombre que viene a venderte fruta se la comiese, dejándote sólo con la piel?

El libro era precioso al principio y sigue siendo precioso hasta el final, aunque es cierto que, por su propia naturaleza, los apuntes que lo forman son más adecuados para leer en pequeñas dosis, como las entradas o apuntes de un blog. Que, como se habrá ya visto, ese es el uso que vengo haciendo de él.

De una historia clínica
Desplegaba una gran hoja de periódico en la que había hecho dos agujeros. La aplicaba sobre la superficie de cristal y, a través de los orificios, miraba a su hijo acostado, para así contemplarle sin que este pudiera verle llorar.
El que desaparece
Vuelves a aprovechar un momento perdido para anotar algo en este cuaderno. Es así como te gustaría que ocurriera todos los días. Escribir aprovechando cualquier instante, cualquier sitio; el otro día, en el mostrador de un bar. Llegar a hacerlo con velocidad tal que el cuaderno pudiera estar cerrado antes de saber lo que acababas de escribir en él. Como el que hace señales y desaparece.
La melodía más dulce
“Haz una dulce melodía – le dijo Isaías a Tiro, la ramera largo tiempo olvidada-. Haz dulce tu camino y recibirás una melodía.”  Es la dulzura de esas melodías que se cantan mientras dura el camino de la vida la que debe de dar cuenta del verdadero valor de los pueblos, no la opulencia de sus mercaderes.
La hija del sol
Te has acercado a tu madre y la has estado besando. En el cuello y, retirando un poco la lana del jersey, en los hombros. A pesar de sus años, aún conserva esa calor tan suyo, tan intenso y benigno, como si acabara de retirarse el sol.
Primer amor
Se abrazan, se susurran palabras inconfesables, vuelven a abrazarse aún más estrechamente, con una lentitud mayor. Ella se aparta un poco y mira al chico extasiada, al borde de las lágrimas, antes de inclinarse sobre su boca para besarle de nuevo. Lo hace pudorosamente, temblando, como si no hubiera nadie más pobre que ella sobre la tierra, como si acabara de descubrir lo cerca que está el amor de la más honda desdicha.
La huerta y el pensamiento
Bebedor te habla de la tristeza. Una tristeza extraña, que parece originarse en el interior de sí mismo, sin relación aparente con los sucesos de su vida, siguiendo una ley que le es desconocida, como esos manantiales ocultos que poco a poco encharcan terrenos que antes fueron transitables. Habla de ese arte antiguo, el de aprender a vivir bajo su influjo. De la posibilidad incluso de llegar a servirse de ella, como siempre se ha hecho con los pozos. De hacer de la vida un huerto y del pensamiento la lenta y obstinada noria que bombea el agua clara del interior de la tierra. De esa vieja sabiduría que siempre hizo de la tristeza el alimento más secreto de la vida.
El árbol de la vida
Por la noche, viendo la televisión. Habladora se duerme en tus brazos. Sientes su peso tan dulce, el calor de su cuerpo ovillado contra tu pecho. Cierras los ojos y el sonido leve, constante de su respiración te parece el de un curso de agua que corriera allí mismo, junto a tus pies. Le acaricias los hombros, la parte posterior de la cabeza, y su quietud, su tersura, te parecen la de los frutos cuando aún cuelgan de los árboles, olvidados y en sazón, ignorantes de lo que ofrecen.
La página en blanco
Los judíos jasidin solían decir que en el texto sagrado revelado por Dios a Moisés en su visita al monte Sinaí no sólo importaban las palabras y las letras, sino también los espacios en blanco que las separaban. Esos espacios eran símbolos de la enseñanza divina, aunque no fuéramos capaces de leer en ellos. En tiempos venideros, afirmaban, Dios revelará lo que la blancura de la Torá oculta. Toda vida debe tener momentos semejantes a tales espacios, que son la parte aún no dicha de sí misma. Se vive, en definitiva, con la esperanza de llegar a deletrear las palabras escritas en esa página en blanco.
El buen estilo
Tener algo que decir.

El libro está dividido en cuatro capítulos titulados como las estaciones del año, y empieza en este Otoño que no acaba de llegar, una excusa como cualquier otra para volver a escuchar esta preciosidad

Tchaikovsky – Las estaciones: Octubre,  “Cancion de otoño”. Lev Oborin.

mientras acabamos con su último y precioso apunte:

El rostro que amamos
El arte de contar no es distinto al arte de llevarse un dedo a los labios y pedir un poco de paciencia a quien nos escucha. “Ahora tienes que prestar atención”, es eso lo que la madre le dice a su hijo cuando sentada en su cama le empieza a contar una historia. Y bien mirado, lo que enseguida pasa a narrarle no tiene tanta importancia como el hecho de ser ella quien lo hace. Igual a la esposa del Cantar de los Cantares, ella cuenta su historia sólo para demorarse en la contemplación del que ama. Para eso se han inventado todos los cuentos que existen, para poder contemplar mientras los contamos el rostro de quien nos escucha.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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15 respuestas a Gustavo Martín Garzo – El cuarto de al lado

  1. Albertini dijo:

    Que bien !!! Cómo me gusta !!!
    Lo leído y lo escuchado
    No sabes lo agradecido que me siento por recibir estas dosis de exquisita sensibilidad. Me procuro texto y música “ya”.
    Saludos y buen fin de semana

  2. Me parece precioso y me lo apunto en el “debe”. Difícil eso de lograr un buen estilo, lo más difícil.
    Si tenéis la suerte de que el otoño se resiste a llegar, que lo disfrutéis el fin de semana.
    .

    • José Luis dijo:

      Tiene una delicadeza y una sensibilidad muy particular. “El lenguaje de las fuentes” es precioso. Lei también “Las historias de Marta y Fernando”, no me gustó tanto. La sentencia me parece genial. Umbral decía que tener estilo era tener educación. Educación y algo que decir, no está mal.

      Ayer, asaditos, y el cambio climático volvía a ser tema de conversación. Esta mañana, fresquito.

  3. angels dijo:

    Como siempre nos llenas de preciosos consejos, tomo nota del libro y a la lista !que ya no doy abasto! .Por los fragmentos que nos ofreces debe ser una delicia.Gracias y para completar el ambiente de “otoño” te hago saber que me he hecho fan de Andreas Scholl que !me entusiasma!
    U.A.y adióooooos

    • José Luis dijo:

      Bueno, conviene advertir que la selección ha sido cuidadosa…🙂
      Cuidado con lo de Scholl; también fué el primero que me gustó, y ahora, ya me ves🙂 Aquí lo tienes con una que te sonará, creo:

  4. timamót dijo:

    No el coneixia. Me l’apunto.
    Oi que Octubre ens ho vas posar en un “queesesto?”?

  5. alopez47 dijo:

    Hola José Luis:
    Tomo nota de tu recomendación, me ha parecido un libro muy sugerente y atractivo. No he leído nada en especial de este autor vallisoletano, más allá de algún artículo en prensa que siempre me han parecido muy acertados. Recuerdo haber leído un libro sobre el amor dirigido a escolares y juraría que era suyo, pero no lo localizo en internet. Me pareció precioso.
    Un abrazo

    • José Luis dijo:

      Dado tu tarannar🙂 Martin Garzo te ha de gustar, y con El lenguaje de las fuentes se te empañarán las lentes.🙄 En éste, hay muchos apuntes dedicados a sus hijos y a los niños, muy bien

  6. alopez47 dijo:

    Por cierto estas palabras del propio autor en el prólogo al libro me han recordado al hombre y al niño de La carretera de Coman Mc Carthy que transportan el fuego como medio de subsistencia y como símbolo de la humanidad perdida en un mundo desolado…
    Así somos: portadores de un mensaje que no comprendemos, ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros de un mundo desaparecido. Así es nuestra vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso. Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado para otro, aunque no sepamos para qué.

  7. alopez47 dijo:

    Por cierto, el último artículo que he leído de Martín Garzo: una delicia
    EL PAIS: El péndulo y la noche
    http://elpais.com/elpais/2013/10/23/opinion/1382520999_797575.html

    • José Luis dijo:

      “La nostalgia de esa añorada comunidad humana”… Un artículo realmente magnífico, que justifica que existan estas pequeñas comunidades virtuales. Para leer y releer, muchísimas gracias.

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