Mieczyslaw Weinberg en el Palau. Y Beethoven y Piazzolla, con Argerich y Kremer

Mieczyslaw Weinberg

Mientras en L’Auditori debían estar disfrutando con Pires y la Sinfónica de Viena en una orgía de clasicismo, (*) en el Palau hemos tenido un asombroso concierto servido por dos grandes, Gidon Kremer y Martha Argerich, que a la inmensa mayoría nos han descubierto un gran nombre, el de Mieczyslaw Weinberg.

El destornillador que clava en la butacas ha empezado a girar con las primeras notas que supongo habrán sonado en el Palau de Mieczyslaw Weinberg, del que por la wiki se podía saber que fue un  “compositor soviético, de origen judeo-polaco”  “que se vio obligado a refugiarse en la Unión Soviética para sobrevivir”  donde “conocería además decisivamente a Dimitri Shostakovich, forjándose una gran amistad entre ambos, así como una mutua admiración”. Y que su monumental  catálogo “se compone de 153 obras, entre ellas 22 sinfonías, 17 cuartetos de cuerda, ocho sonatas para violín, un concierto para violín y orquesta, así como 40 partituras cinematográficas y de animación, 4 óperas y 3 operetas.”  Y cuya Sonata num. 5 para piano y violín empeza sonando así, interpretada por Linus Roth y José Gallardo:

Ya pasmados, han seguido tres intensos movimientos en los que persistía una fuerte presencia de lo popular,  tratada como lo podrían hacer Shostakovich, Bartók o Stravinsky. Y ante dos artistas de la categoría de los que actuaban, difíciles de valorar al desconocer la obra pero que han parecido servirla magníficamente, el triunfador era ese desconocido Weinberg. Escúchese el precioso movimiento final de esta obra:

Tras unos aplausos algo insuficientes en mi opinión, aparece el delicioso y familiar Beethoven de la Sonata op.96, como un alivio y un soplo de aire fresco después de la tensión de la de Weinberg, y ahí ya se ha podido atender a la calidad de los intérpretes, Argerich limpia y segura, muy enérgica cuando convenía, extrayendo del piano un sonido limpio y envolvente, Kremer poético y muy comunicativo, perfectamente conjuntados y equilibrados, tocando como dos amigos concentrados exclusivamente en lo que estaban recreando entre los dos. Aquí los tenemos, hace algunos añitos.

Kremer--Bombazo en la segunda parte, que permite titular esta página dejando en segundo lugar el nombre que se deja:  La fascinante Sonata para violín sólo núm. 3 op. 26 de Weinberg, que Kremer, siempre de pie, con una camisa blanca cuyas mangas asomaban de una especie de chaleco largo negro, probablemente un atuendo judío que le permite mover los brazos con toda libertad, ha interpretado como un trovador y un hombre orquesta klezmer, narrando una historia universal en la que su violín ha pasado por todos los registros de la sensibilidad. Con muchas ganas de volver a escucharla, cosa que por el momento no va a ser fácil, tenemos que conformarnos con los muy interesantes comentarios del violinista a propósito de esta sonata y de un autor al que habrá que volver:

Me complace comprobar que la música de Mieczyslaw Weinberg no deja de aportarme nunca nuevos descubrimientos y de hacer crecer mi entusiasmo. La sonata que presentamos hoy es una de las obras más difíciles que he “conquistado” en los últimos años. La fuerza de atracción de la partitura es tan grande que, a pesar de su grado de dificultad, durante diversos meses me he dedicado casi a diario a esa tarea (a pesar de tener un calendario de actuaciones muy intenso).
Considero que la estructura de la obra y su “contenido” están muy emparentados con una de las obras más grandes y convincentes de la literatura para violinistas solistas del siglo XX: La Sonata para violín de Bartók, una obra tardía (escrita el año 1944). He podido encontrar muy pocos testimonios sobre la historia del origen de este opus de Weinberg. Como ya se ha dicho, poco a poco se va prestando más atención a su obra, pero aparte de una monografía del musicólogo inglés David Fanning, todavía no hay mucho material por consultar. Hace poco supe que Viktor Pikaizen, un colega muy virtuoso y que conozco bien de una generación un poco mayor –discípulo también de David Oistrakh- grabó la obra. Pero no he podido tener acceso a esta grabación (todavía). Se sabe que muchas obras de Weinberg contienen un “programa” en ellas mismas, una especie de historia. Pero he de reconocer que tampoco conozco esa historia. Por tanto, me dirijo a un “país de fantasía” y me permito inventarme una historia. El único punto de referencia es la dedicatoria de la obra: “A la memoria de mi padre”.
Con un solo movimiento, esta muy extensa sonata (dura unos 24 minutos), está formada por seis o siete “secciones”. Como intérprete me he dedicado a descubrir la “historia” entre las notas de la partitura, para acercarme más a la música y para transmitir al espectador, de una manera emocionalmente más convincente, lo que he de explicar con mi interpretación. Como he dicho, en ningún caso es una investigación con fundamentos “científicos”: mi intento se basa sólo en mi subjetivo punto de vista, en mi fantasía, si lo queremos decir así.
Sobre la dedicatoria al padre de Weinberg, no se puede pasar por alto el trágico destino de sus padres, cuyas vidas acabaron en un campo de concentración (como toda la familia de mi propio padre, por cierto). Puedo imaginarme que la dedicatoria es una especie de reflexión sobre los parientes del compositor, pero también sobre los dramáticos tiempos que él mismo tuvo que vivir.
Esta es la “interpretación” que he intentado plantear:
1ª sección: un retrato del padre del compositor.
2ª sección: un retrato de la madre del compositor.
3ª sección: un autorretrato del compositor cuando era un niño (en la música se puede escuchar directamente el nombre con el que llamaban afectuosamente a Mieczyslaw: “Methek”).
4ª sección: una cadencia como transición.
5ª sección: tocata. Persecución. Huida. Amok (locura homicida)
6ª sección: reminiscencias en soledad.
7ª sección: “danza fantástica” o también un “diálogo con la eternidad”. Una mirada al “otro” mundo. (Por alguna razón me hace pensar también en Till Eulenspiegel  -la vida eterna.)
Todo ello da forma a una dramática historia sobre la vida, el amor, el destino y la eternidad. Y todo escrito para UN SOLO violín. Es inevitable compararlo con Bach y Bartók, que también eran capaces de meter todo un cosmos en un instrumento de cuatro cuerdas. Naturalmente, Weinberg también hace servir lenguajes más modernos, pero en todo caso –como sus predecesores- siempre provenientes del folclore. Probablemente se ha de sentir la obra dos o tres veces antes de poder entender el alcance de esta composición única, pero lo que es cierto es que nos conmueve desde el primer instante. Por eso, es preciso que abandonemos los prejuicios contra los “modernos” y nos abramos- Me complace empezar a poner hoy los fundamentos para que eso sea posible, por una obra de un compositor que no sólo era muy amigo de Shostakovich (un contemporáneo que ha llegado a hacerse muy famoso), sino que a menudo se describía a sí mismo como su colega más querido. En cualquier caso, Weinberg se ha de catalogar como uno de los compositores más importantes de Rusia del siglo XX, al lado de Stravinsky, Prokofiev, Shostakovich y Schnittke.

Leí  estas notas después del concierto: Kremer se explicó y probablemente explicó a Weinberg de forma magistral. Espero poder traer pronto aquí una interpretación suya de esa sonata, que ojalá se incorpore al repertorio de los violinistas que puedan con ella.

Volvimos al clasicismo y a Beethoven, pero no sin nueva sorpresa para mí, que aún me estoy preguntando cómo no conocía el Minuetto de su Sonata op. 30 num. 3. Y si ese es el caso del lector, le recomiendo que no se pierda esta interpretación de Anne Sophie Mutter y Lambert Orkis.

Minutos de ensueño, con los dos músicos a un altísimo nivel emocional. Argerich, que tuvo la humildad de aceptar un papel secundario en esta velada, estuvo siempre a la altura de su apellido y lució de forma especial aquí y en la primera propina,

gidon-martha

puesto que los fervorosos aplausos llevaron a dos regalos concedidos como debe ser, sin hacerse rogar demasiado y dejando luego pronto claro que no iban a ser más, porque, si por los asistentes fuese, aún seguiríamos allí. Después de Beethoven, nada mejor que Beethoven, Presto de la “Kreutzer”

y cuando se reconoce a Piazzola en la primera nota del siguiente regalo, el sentimiento de que el argentino se halla en la categoría de los grandes de la historia de la música, se ve corroborado por la realidad de que Kremer, en un terreno que domina a la perfección y que le va como anillo al dedo, logra algunos de los minutos más intensos y emotivos de un concierto sembrado de ellos, y la mayor y más prolongada ovación de la noche. No era el arreglo para violín y piano del Oblivion que interpretan ahora Vesko Eschkenazy y Ludmil Angelov, pero por ahí andaba la cosa, aunque aquí falten los pianísimos salpicados de delicados pizzicatos que ayer entusiasmaron al Palau.

El Palau estaba hasta los topes, sorpresa particularmente agradable dada la competencia de Pires y los vieneses en L’Auditori, (*) aunque alguno que conozco bien (o debiera) iba de invitado de un invitado y no sería el único. Una sola nota negativa, el impresentable ruido de fondo, como el de un sistema de ventilación, que emergía cada vez que debíamos escuchar el silencio, y que al acabar esta segunda propina, se vio complementado con unos gritos procedentes de la calle. De vergüenza. Pero esta no es forma de acabar, lo pertinente es dar las gracias.

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(*) Como puede verse aquí abajo, Marga me ha advertido que ese concierto es el próximo jueves. Es una pena, porque así me había dolido menos no poder ir de lo que me dolerá la semana que viene.😉

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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10 respuestas a Mieczyslaw Weinberg en el Palau. Y Beethoven y Piazzolla, con Argerich y Kremer

  1. Marga dijo:

    El concierto de la señora Pires es la semana que viene… Vaya susto que me he llevado. Pensé que me lo había perdido (y tengo la entrada comprada).
    No te vi ayer, pero supuse que andabas por el Palau. Propinear con el final de la Kreutzer es ser generoso a más no poder🙂 Disfruté mucho del concierto también. Lo de Piazzolla que tocaron creo que era el Libertango, pero no estoy segura.

    • José Luis dijo:

      Ja, ja, menudo error, suerte que no me he explayado poniendo a caldo la coincidencia, que a punto estuve. Y suerte que no te ha dado un telele con la noticia, que ya me imagino los sudores🙂 A ver cómo lo arreglo…

      No tenía previsto ir, pero me invitaron y claro… y luego, conciertazo.

      Me parece que, con los años que tiene la pareja, llevan muy medido lo que pueden y no pueden hacer con las propinas, que menudo palo llevaba Kremer, y fueron muy medidas y adecuadas, ideal. Lo de Piazzolla no era el Libertango, eso seguro, que esa es la que hizo popular Grace Jones

      Creo que era una milonga, no la del angel. En cualquier caso, hicieron magia.

  2. angels dijo:

    En el Libertango el cellista es ¿yo yo ma? que creo que utiliza el cello de Du Pré ,ya que se lo dió Barenboim. Me acabas de alucinar con lo de Pires,ya que vengo de poner la tarjeta del abono ,en el bolso. !No se puede asustar de esta manera a la gente ! 😎 que tenemos nuestro corazoncito! U.A.y adióooooos

    • José Luis dijo:

      Sí que lo es, Yo-Yo Ma. No sabía lo del cello, qué bonito.

      Conste que en cuanto me ha avisado Marga, lo he pensado: “Corrígelo ya, que como pase Angels se puede llevar un soponcio”. Pero fué el comentario del otro dia el que me hizo creer que era esta semana.

  3. angels dijo:

    Añadido, si quieres escuchar :La milonga del ángel ,y alguna otra que no recuerdo ahora .Escucha las versiones de “Los 12 cellistas de la Berliner” ,es que el cello tiene un sonido maravilloso;(!pues figúrate a 12 virtuosos juntos!) U.A.y adióooooos.

  4. Josep Olivé dijo:

    No puedo decir que sea miembro de la plataforma de los afectados por el susto porque el post ya me muestra la corrección, pero lo que si puedo decir es que la envidia me corroe (bastante, mucho, muchísimo) al leerte. Y no diré aquello tan poco sincero de la “sana” envidia, porque como puede ser sano algo que corroe tanto?🙂 Solo por el presto de la Kreutzer ya valía la pena ir al Palau. Y es lo que yo me digo (y sin segundas)…¿por qué pudiendo disfrutar de dos de las grandes del piano me he conformado con solo una?🙂 En fin, procuraré en el futuro no cometer error semejante.

    • José Luis dijo:

      Ya me ha llegado una requisitoria. Voy a empezar una colecta.

      Pues la Kreutzer no fue la cumbre, porque era una cordillera. Me supo mal no escuchar algo a Argerich sola, ¡qué pianista!

  5. Manu dijo:

    A mi lo que hizo Gidon Kremer de reducir a Martha Argerich a mera pianista acompañante me pareció pretencioso y vergonzoso. La sonata que tocó fue un tostón. Sin Martha, la mitad de la gente no hubiese venido a este concierto.

    • José Luis dijo:

      Comparto algo de tu frustración porque Argerich no se explayase un poco en solitario, pero en absoluto estoy de acuerdo con lo de “mera” acompañante, primero, porque fue una gran acompañante, segundo porque en esos conciertos el piano hace mucho más que acompañar, y no son pocos los conciertos y grabaciones en que el pianista es de la misma o superior categoría que la del violinista. No creo tampoco que Kremer pueda imponerle nada, ni que haya más jerarquía en su larga colaboración que la impuesta por la música. El desequilibrio vino por el concierto para violín solo, que a mi me pareció fascinante y me alegro muchísimo de haber podido escuchar. Desde luego, hubiese preferido que en las propinas Argerich nos hubiese regalado un movimiento de Sonata o un impromptus de Schubert, como hizo esta semana Pires, pero, por los aplausos, la mitad que no vino solo por ella estuvo contenta por la otra mitad. Sin embargo te entiendo, y si quitamos lo de mera, lo de pretencioso, lo de vergonzoso y lo de tostón🙂 estoy de acuerdo

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