Joseph Roth – Hotel Savoy

Hotel Savoy -bHotel Savoy

Otra obra del primero de los Roth, muy alejada de la escritura tradicional de las que le han hecho más famoso, Hotel Savoy es una novela de aire teatral, que tiene algo de Brecht y de Valle Inclán, y que podría escenificarse con música de Weill o de Berg. Su protagonista es un soldado que vuelve a su casa al acabar la Primera  Guerra Mundial, y que, por su desparpajo y simplicidad, muy bien podría ser el buen soldado Svejk, al que la muerte de Jaroslav Hašek, su creador, dejó en el frente de  batalla. El soldado, se detiene a medio camino en un hotel, el Savoy, que resulta ser “como  el mundo”, “un rico palacio y una cárcel” poblada por unos particulares y variados inquilinos y empleados. Cuyo dueño se mantiene oculto.

Tras recuperar el sueño atrasado y dejar con él las imágenes de la guerra, el ex-soldado va descubriendo el hotel y  el mundo: Un payaso pobre que vive con su familia en una habitación,  un lunático que dice adivinar la lotería, una bailarina de cabaret por la que se sentirá  atraído, un ascensorista  que pignora equipajes, un familiar rico que le regala un traje abjurando de su riqueza, el hijo de éste, un dandi que resulta interesarse por aquella misma joven.  Y se descubre también a su mismo: “Estoy solo. Mi corazón sólo palpita para mí”.  Cosa que empieza a cambiar a partir de su encuentro con Zwonimir, un revolucionario extrovertido y asertivo que sitúa el paraíso en América, un “hombre sano”,  tan sano que le da envidia, “tan sano que ni siquiera cree en Dios”, tan sensible que llora por su vaca y tan práctico que sólo la llora cuando tiene tiempo.

– Tu puedes ayudarme –me dice
– No, no puedo -le digo
Y explico a Zwonimir que yo soy un solitario y que no tengo ningún sentido de la comunidad.
– Soy un egoísta –le digo-, un verdadero egoísta.
– Una palabra intelectual –me reprocha Zwonimir-, todas las palabras  intelectuales son deshonestas. En el lenguaje normal no podrías decir algo tan feo.

Con Zwonimir trabaja como obrero. Luego entra al servicio de un millonario venido de América a quien  todos esperaban en la ciudad como a Mr. Marshall en Villar del Río. Desde su puesto de secretario del magnate a quien todos acuden,  se amplía su campo de visión. Y con el progresivo aprendizaje del soldado, ha ido cambiando el estilo y el tono de la novela: Las escuetas y a veces bruscas frases que dominan la obra se van combinando en párrafos más elaborados y reflexivos, y la ironía y el desapego inicial se convierte al final en seriedad y compromiso.

Es triste que pase de largo una persona, a la que yo no reconozco, y con la que he compartido unas horas mortales. En el momento más terrible de nuestra vida fuimos un solo terror… y ahora no nos conocemos. Recuerdo que sentí la misma tristeza una vez que vi a una chica –nos encontramos en un tren- y yo no sabía si me había acostado con ella o si sólo le había dado mi ropa a zurcir.
Dios castigó a esta ciudad con la industria.
La nostalgia del hombre crece en la intemperie, crece y crece cuando no hay muros que la limiten.
Las mujeres no cometen las tonterías como nosotros, por ligereza y por desidia, sino cuando son muy desgraciadas.
…en estos días la marea de repatriados avanza con renovada violencia.
En medio de la lluvia, inclinada y fina, van caminando; la gran Rusia los despide. No tienen fin. Siguen todos el mismo camino, con sus ropas grises y el polvo de los años de peregrinaje en sus rostros y en sus pies. Es como si formaran un todo con la lluvia. Son grises e incesantes como ella.
Esparcen el color gris, un gris infinito, sobre la ciudad. Sus utensilios de latón entrechocan y suenan como la lluvia en las canalizaciones de hojalata. De ellos se desprende una gran nostalgia; su anhelo los empuja hacia adelante, y también un recuerdo difuso de la patria.
Andan y están hambrientos, roban o piden limosna; ambas cosas les son indiferentes. Matan gansos, gallinas y terneros,  Hay paz en el mundo, pero esto sólo significa que ya no es necesario matar hombres.
Los gansos, las gallinas y los terneros nada tienen que ver con la paz.

Una buena y peculiar novela, la primera que Roth reconoció como tal. Al final, en un tren con repatriados, ya no está Zwonimir pero queda su paraíso utópico:

– Si puedo reunirme con mi tío, en Nueva York…
Y yo pienso: América. Es lo que habría dicho Zwonimir, sólo “América”

Eran otros tiempos, claro está.

Hotel_Savoy_1918Hotel_Savoy_Lodz 2007

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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9 respuestas a Joseph Roth – Hotel Savoy

  1. angels dijo:

    Este libro promete, y lo pondré a la cola de los que tengo pendientes. Parece tener toda la calidad de las obras de Roth (al menos de las que he leído) U.A.y adióooooos 🙂
    Añado darte las gracias por los libros “estupendos” que recomiendas. 😀

  2. Mer Ville dijo:

    Muy buena pinta. Estupenda frase: “… En el momento más terrible de nuestra vida fuimos un solo terror… y ahora no nos conocemos”, y otras más. Apunto y ya me pongo nerviosa que no me da tiempo a leer todo lo que quiero (y eso que no tengo la fortuna de contar con un Liceo para escuchar esos estupendos conciertos sobre los que nos ilustras y apenas hay en Santiago unos minicines a los que no han traído siquiera la última de Scorsese -me como los nudillos cada vez que lo recuerdo-).

  3. kalamar dijo:

    ¿Y ese ático? inolvidable. Novelón, como todas las que he leído de este santo escritor.

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