Dos poemas sinfónicos de Richard Strauss en el Palau (1) – Till Eulenspiegel

Richard Strauss

El próximo sábado día 15, segunda sesión que El Palau dedica esta temporada a Richard Strauss en conmemoración de los 150 años de su nacimiento, con la orquesta del Liceo dirigida por su titular interpretando dos de sus poemas sinfónicos y acompañando a la mezzo Sarah Connolly (que ha sustituido a Anja Harteros) en canciones suyas y de Mahler.

Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel

Till EulenspiegelTill Eulenspiegel es una figura  del folclore medieval alemán, un travieso y mordaz personaje que alborota y denuncia a una hipócrita  sociedad con la que no se identifica, un loco muy cuerdo que se burla de todo, seguramente porque no puede cambiar nada. Origen de numerosas obras literarias y musicales, él  inspiró el más breve de los poemas sinfónicos de Richard Strauss, compuesto según explicó el mismo autor “con la intención de poder divertir bien por una vez en una sala de conciertos”, y que  Debussy describió como “música nueva en la casa de locos: clarinetes que describen trayectorias dementes, trompetas que siempre están con la sordina puesta y trompas que para prevenir un latente estornudo se apresuran a responder respetuosamente ¡Jesús!”

Una divertida  ráfaga de aire fresco y uno de los mejores ejemplos de cómo la música programática más explícita, transcribiendo milimétricamente las anotaciones de  Strauss en la partitura,  sugiere en el oyente más de lo que en ellas se lee. Y que empieza con el ortodoxo  “Erase una vez” y la inmediata presentación de  las dos caras de Till,  el soñador, clarinetes y cuerda,  y el revoltoso, un sincopado (y comprometido) sólo de trompa, una melodía que repiten in crescendo otros instrumentos hasta llegar a un afirmativo clímax (1:33). Tras lo que el tunante  se pone en marcha (1:49) y descubre enseguida un  objetivo para  su próxima fechoría (2:04), que podemos imaginar  con todo detalle:  Aproximación (2:18), primero rápida, y luego aparentando despreocupación (2:24); colocación del petardo (2:47), retirada con la misma estrategia -primeros pasos de paseo,  luego en polvorosa- y , ya a cubierto,  la tensión de la espera (3:05), la  explosión (3:35), el caos y la confusión mezcladas con  las risotadas del bribón y hasta la próxima. La próxima es  el encuentro con un venerable monje (4:26) de cuyas amonestaciones  se ríe benévolamente (4:57), quizá porque ya ha vislumbrado a una moza (5:10) a la que, en la voz del violín, se pone a cortejar inmediatamente. Y como le dan calabazas, su amorosa insistencia se transforma en enojo (6:43) y sigue su camino. Pronto encuentra a unos fagotudos sabios (7:27) en cuyas graves disquisiciones  se inmiscuye, encendiendo  un animado debate en e l que unos se quitan la melodía a otros (7:51). Pero la opinión de Till no es aceptada por la ortodoxia (7:56) y nuestro héroe  zanja la discusión con una monumental pedorreta (8:54) y se larga silbando, burlón y feliz. Empieza ahora (9:16) una relativamente larga  recapitulación en la que se sintetiza la psicología del personaje, que solo sabe superar su insatisfecho anhelo (9:34) con un voluntarioso  ejercicio de esperanza y optimismo (9:49), burlándose de lo que le duele y siguiendo con sus tropelías, cada vez más enloquecidas. Un paroxismo de euforia (12:10) es entonces frenado en seco por un redoble de tambores (12:44) que anuncia el final: Till  es hecho preso, y las apelaciones del clarinete que le representa, la tercera y última de ellas patéticamente desesperada (13:55), no logran ablandar  al tribunal. Un trémolo de las cuerdas (14:08) y dos acordes descendentes de las trompas preceden los últimos estertores de Till Eulenspiegel, que ha sido ahorcado. Pero el epílogo (14:50) deja muy claro que seguirá siempre vivo y querido por la música.

Strauss - Till (Kempe) 1970Después de esta interpretación de la Orquesta de la Radiodifusión Bávara dirigida por Loorin Mazel, tenemos, con mejor sonido, una de las grabaciones de referencia, la de Rudolf Kempe con la Dresden Staatskapelle, de 1970.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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