La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh y la doncella Fevroniya

Liceu - La llegenda de la ciutat invisible de Kitej

La acción se sitúa en la legendaria ciudad rusa de Kitezh, situada frente al lago Svetloiar, en el siglo XIII. Fevronia, una joven que vive en el bosque en comunión con la naturaleza aislada de todo contacto humano, acude en ayuda de Vsevolod, hijo del gran duque de Kitezh, herido por un oso durante una cacería en el bosque. El muchacho queda prendado de la sabiduría y pureza de la joven y, sin revelar su auténtica identidad, decide esposarla. Poco después de que la pareja haya llegado a Kitezh la Menor para celebrar los esponsales, la ciudad sufre el acoso de las tropas tártaras y Fevronia es apresada junto al vagabundo Kutierma. Éste es obligado a guiar a los invasores hasta Kitezh la Grande. El ejército de Kitezh se enfrenta a ellos pero es derrotado y Vsevolod, su comandante, muere en el combate. Atendiendo a las plegarias de Fevronia, se levanta una niebla muy espesa y la ciudad se hace invisible para los enemigos, oculta en las aguas del lago, mientras que sus campanas no dejan de sonar. Los tártaros, presas del pánico, huyen, y Fevronia, perdida en el bosque, es guiada por la imagen de Vsevolod hasta la nueva Kitezh, situada en otro mundo, seguramente el paraíso: “Aquí no hay lágrimas ni dolor sino dulzura y dicha, dicha eterna”. Estas son las palabras cantadas por el coro con las que termina la ópera.
Del antiguo blog de maac.

Fevronia, una inocente campesina, logra salvar su ciudad del ataque de los tártaros. Pidió un deseo y se cumplió: Kitezh se hizo invisible para los ojos del mundo. Pero hay una puerta secreta para acceder a ella. Rimsky-Korsakov compuso un auténtico monumento al alma eslava –como el reivindicado por Tolstoi– hecho música. En el eterno debate entre Occidente y Oriente, el compositor optó claramente por el segundo universo y sus ancestrales leyendas y misterios. Una partitura que recoge con ambición wagneriana el acervo de la tradición musical rusa, tanto la popular como la religiosa, con el pueblo (el coro) como verdadero protagonista central. Sorprendente es la estrecha relación que existe entre esta ópera y el Liceu. Aquí se representó la primera puesta en escena fuera de las fronteras rusas, y durante una década (1926-1936) fue el indiscutible título favorito del público barcelonés.
De la web del Liceo

La penúltima de las dieciséis [óperas] que compuso [Rimsky-Korsakov], La leyenda de la ciudad invisible de Kitej y la doncella Fevroniya (en su novelesco título completo), estrenada en San Petersburgo en febrero de 1907, es una de las que mejor nos permite conocer la vertiente fantástica de su música y el influjo del Simbolismo, en mi opinión decisivo para entender esa peculiar fusión ‘rimskiana’ de lo místico y lo sensual. La obra arranca con un primer acto de intenso diálogo lírico entre sus protagonistas, la rústica y visionaria doncella Fevroniya y el príncipe Vsevolod. Es una parte conversacional que hace pensar en Wagner, cuya huella se deja notar más en el texto literario del libretista Vladimir Belsky que en la partitura. El coro va cobrando importancia a medida que avanza la acción, en un segundo acto lleno de colorido local y apuntes expresionistas encarnados por el crucial personaje grotesco del «filósofo ebrio» Grishka Kuterma, tan «gogoliano». Es magistral el modo en que se amalgaman, sobre todo a partir del tercer acto, los sucesos verídicos de las batallas contra los invasores tártaros y el perfil legendario de la ciudad invisible, Kitej la Grande, que aparece y desaparece al toque de las campanas, momentos de gran belleza en la obra. Imposible olvidar, junto al de Gogol, el sello de Pushkin, escritor muy determinante en la obra vocal y sinfónica de los principales compositores rusos del grupo de «Los Cinco». La verdad histórica, el realismo de toques costumbristas y la fábula cristalizan con gran potencia dramática en los dos cuadros, separados por un intermedio orquestal, del acto cuarto de La leyenda de la ciudad invisible de Kitege. Es el brillante desenlace de un trágico cuento de hadas con apariciones espectrales y portentosas aves del paraíso, en el que la opulenta musicalidad de Rimsky-Korsakov plasma la languidez amorosa tan característica del decadentismo finisecular, sin por ello renunciar al molde melódico del folklore y de la liturgia que siempre inspiraron al compositor.
Vicente Molina Foix, escritor,  en el Libro de la Temporada 2013-2014 dels Amics del Liceu.

Hace poco menos de un siglo  Nikolai Rimsky -Korsakov, el decano de los compositores rusos, completó su obra maestra operística, “La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh”. Gran culminación de su carrera, la obra, de 1904, combina dos leyendas, dos juegos de caracteres y dos realidades, unas profanas y otras sagradas. Es un homenaje a los poderes curativos de la música, una dosis concentrada de belleza para tiempos no muy bellos. Y si no es la ópera que acaba con todas las óperas, se trata de una obra cuya relevancia no ha hecho más que aumentar desde su tardío estreno en San Petersburgo en 1907.
A las primeras audiencias, la ópera les pareció enigmática: una obra religiosa de un aparente ateo (Rimsky-Korsakov era en el fondo un panteísta) que sitúa el cielo y el infierno aquí en la tierra. Los rusos la consideran hoy premonitoria por haber anticipado la represión de la Iglesia ortodoxa durante la era comunista. Sus imágenes de los campanarios desapareciendo y reapareciendo traen a la mente la Catedral de Cristo Salvador en el centro de Moscú, que Stalin dinamitó en 1931, pero que recientemente ha sido reconstruida.
(…)
La leyenda del título es un relato del siglo XIII sobre el conflicto entre rusos feudales y tártaro-mongoles a orillas de un pequeño lago en el interior de Rusia. El lago Svetly Yar, al este del río Volga, al que dan dos ciudades, la profana Kitezh la Pequeña y la sagrada Kitezh la Grande. Kitezh la Pequeña es saqueada por los tártaros, pero Kitezh la Grande se salva milagrosamente al quedar oculta a su vista por una niebla dorada. Incapaces de ver la ciudad, pero oyendo las campanas de sus iglesias, los tártaros huyen horrorizados.
Grishka, un ciudadano de Kitezh la Pequeña que ha ayudado a los tártaros a lograr su conquista, decide escapar del constante repicar de las campanas ahogándose en el lago, pero cambia de opinión cuando ve el reflejo de Kitezh la Grande en su superficie. A día de hoy, hay rusos que creen que los conversos pueden vislumbrar las torres de la ciudad hundida sobresaliendo del lago y escuchar el tañido de las campanas que surge de las profundidades.
Consciente de las limitaciones dramáticas de la leyenda, Rimsky-Korsakov y su libretista, Vladimir Belsky, la entrelazaron con una hagiografía del siglo XVI sobre una doncella bendecida con maravillosos poderes curativos, que después de curar a un monarca de las heridas infligidas por una serpiente, acepta dejar su hogar en el bosque para ir a vivir con él en su reino. Ambos gobiernan de acuerdo con las leyes de la Iglesia Ortodoxa. Cuando mueren, son enterrados en los lados opuestos de la muralla que protege el reino. Sin embargo, años más tarde, se les descubre yaciendo juntos en una tumba de la Catedral de la Santísima Virgen.
La fusión de los cuentos llevó tiempo y Rimsky -Korsakov tuvo muchas discrepancias con Belsky, quien insistía en trufar el libreto de referencias a la filosofía Nietzscheana y Dostoievskiana, al Libro de las Revelaciones y a un tipo de pensamientos místicos que el conservador y serio compositor despreciaba como decadente abracadabra. Después de varias revisiones, surgió en el libreto una hija de la naturaleza, Fevroniya, que reza para lograr un milagro que  salve a la ciudad santa de los invasores infieles. Como recompensa a su altruismo, es escoltada hasta el paraíso, donde se casa con el fantasma de un príncipe que murió valientemente en batalla.
Las referencias literarias de Belsky se mantuvieron, y fueron emparejadas, una a una, con las musicales. “Kitezh” se convirtió en una verdadera enciclopedia de la historia de la ópera, cuyo verdadero milagro reside en su síntesis utópica del folclore de Europa del Este y de la escritura occidental. Un intento de demostrar la inherente universalidad, en vez de de la inherente nacionalidad, de la música rusa.
Se ha hablado mucho de sus alusiones a Wagner: El bosque del primer acto recuerda “Siegfried”, el gobernador de Kitezh la Grande, el Príncipe Yuri, al rey Marke de “Tristán e Isolda”; la música que acompaña a la desaparición de la ciudad santa en la niebla y el coro nupcial en el más allá derivan de “Parsifal”.
Rimsky-Korsakov dedicaba a menudo a Wagner, su rival alemán, sutiles críticas, llevando a que los Wagnerianos replicasen que él sufría “la ansiedad de la influencia”. La tendenciosa implicación era que ningún  compositor ruso podría igualar la tiránica influencia del teutón. En un ensayo tardío, Rimsky-Korsakov comparó la música de Wagner a un edificio “consistente en una única escalera, que va desde la entrada hasta la salida”. En “Kitezh”, Rimsky -Korsakov nos invita en cambio a pasar una noche en la mansión de la historia de la música.
Rimsky -Korsakov también polemizó contra su compatriota Alexander Scriabin, un devoto de Wagner que había sucumbido a la doctrina mística y quien, en 1907, había comenzado a soñar con un espectáculo que no sólo sobrepasase la fascinación de Wagner sino que también precipitase un Apocalipsis. No había problemas de ego allí. Rimsky-Korsakov señaló secamente que el lenguaje musical de Scriabin era paradójico, el equivalente en composición musical a la raíz cuadrada de -1. La tarea de la música no era acabar con nuestras vidas, sino mejorarlas. Aunque una experiencia auditiva era capaz de asomarnos a un más allá celestial, no podía en realidad llevarnos allí.
El final de “Kitezh” es radicalmente contenido: una representación de lo milagroso que reconoce la insuficiencia de todas esas representaciones. Cuando acaba el tercer acto, la trama se ha terminado. Gran Kitezh se ha transfigurado; los tártaros han regresado a la caja de Pandora. Así, no hay acción explícita, no hay clímax embriagador en el cuarto acto.
En el paraíso, nos dice Rimsky-Korsakov, no pasa gran cosa; nada, en todo caso, que podemos aprehender desde nuestra actual perspectiva actual. El tiempo cronológico termina, dejando rituales para llenar el vacío. Pájaros del paraíso escoltan a Fevroniya y a su prometido por un camino de oro a la Ciudad Esmeralda. Celebran la Eucaristía y luego, su boda post-mortem.
(…)
Musicalmente, si no visualmente, “Kitezh” presenta un secular en vez de un sagrado paraíso. Para Rimsky-Korsakov, el logro de la trascendencia -la trascendencia aquí en la tierra- implicaba romper las barreras entre las religiones, culturas y naciones, de acuerdo con las enseñanzas ecuménicas y panteístas que admiraba. En una respuesta a lo que él considera como un decadente embrutecimiento de su propia vibrante cultura (¿qué podría pensar de la nuestra?), Rimsky -Korsakov rechaza pirotecnias apocalípticas en favor de una meditación introspectiva.
Los mundos sonoros de la ópera se superponen en el Acto IV, lo que nos permite escucharlos juntos. Las referencias históricas se vuelven transparentes – o invisibles. Los carillones de campana que saturan la partitura son nada menos que un símbolo de la reverberación de la música antigua en la nueva. El tiempo Eclesiástico, el ritmo contemplativo de las liturgias occidentales y orientales, es sustituido por un eterno presente. El cielo, al parecer, puede esperar.
A pesar de su elaboración, la ópera ofrece una sencilla moraleja: nada muere nuca. Todos somos inmortales, en la medida en que nuestros pensamientos y energías viven en el recuerdo de los que nos suceden. En “Kitezh”, por invertir una frase recientemente en boga, Rimsky -Korsakov nos da la bienvenida al jardín, no de lo desierto, sino de lo real.
En una ciudad invisible, una mansión de la Historia de la música – Simon Morrison
 

-♦-

Un corto de animación en dos dimensiones sobre La batalla de Kerzhenets en la que Vsevolod perdió la vida luchando contra los tártaros, realizado con iconos y frescos medievales rusos.

Las campanas del alma (título original, Campanas desde la profundidad: Fé y superstición en Rusia), es un documental de 1993, escrito y dirigido por Werner Herzog. Su segunda parte trata  de la leyenda de la ciudad de Kitezh.

Pero yo no perdería mucho el tiempo:

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EL POST

A pesar de las lamentables deserciones después del tercer acto, uno de los espectáculos más redondos que habrá visto el Liceo. Podrá discutirse la idea de Tcherniakov, pero no como la realiza, ni como él y Pons han servido la maravillosa música rusa de Rimski-Kórsakov. Una partitura increíble, sobre todo para los hartos de Sheherezades y Caprichos españoles en las cartas de ajuste, una orquesta impensable hace nada (y la crisis da más valor aún al trabajo del maestro Pons), unos cuadros preciosos, ocupando todo el espacio con luz y color, una puesta en escena cuidadísima, con una precisa construcción de los personajes, incluido el coro, que como tal se mueve y actúa, y unos cantantes a un nivel conjunto más que sobrado. Mejor los dos primeros actos; mejor resueltos por Tcherniakov y quizás también por un Rimski-Korsakov algo premioso, aunque a los últimos pertenezcan algunos de los momentos musicales y visuales más memorables, como el coro a capella del tercero y la aparición del “cielo” al final. Del primero, inolvidables los animalitos en las escaleras, y del segundo, el movimiento de masas, que eso es lo que hay en el escenario. Pero decir mejor esto que aquello o resaltar este o aquel momento es injusto con una representación grandiosa que nos ha empapado de eso que llamamos alma rusa. En noches así, me parece indecente que el Liceo no esté hasta los topes.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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10 respuestas a La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh y la doncella Fevroniya

  1. maac dijo:

    Contaba con visitar el Liceu con ocasión de esta ópera (me muero de ganas por verla representada) pero lamentablemente no va a poder ser.

    • José Luis dijo:

      Lamentablemente. Ya he visto lo que decías de ella, y aunque no creo que superen a Gerviev y la orquesta del Marinskii, dicen que la producción es muy buena. A ver si arrasa y repiten como pasó hace un siglo.

      Me alegro de volver a verte, tan ictérico como siempre.

  2. Leonor dijo:

    ¿Cómo perdérmela? ¡Me tiene fascinada! ¡Gracias!

  3. Es fin de semana, y me haré tiempo para ver los videos que colgaste. ¡Gracias!

    • José Luis dijo:

      Yo empezaría por los dos “wunderbar” del otro post, que son eso, wunderbar. De aquí, la pelicula de Herzog la he puesto como curiosidad y el corto está bien, pero lo que vale la pena es la ópera, aunque tendrás que instalarte cómodamente…😉

  4. rexval dijo:

    Cuanto siento no haber estado allí. No conocía la ópera ni de nombre. La música es preciosa, fascinante e inconfundiblemente rusa, basado en el folklore nacional y en el canto de la iglesia ortodoxa rusa, tan diferente de la occidental. La obra, según dicen, recuerda al “Peleas” de Debussy y el “Parsifal” de Wagner, pero con características bien propias.

    Lógicamente, se encuadra en la corriente del “nacionalismo musical ruso”, en concreto en la “ópera nacional rusa” del grupo de Los Cinco. Suena a eso: a música rusa. Esto que es obvio no falta quien te lo dispute y niegue por una especie de alergia al término “nacionalismo” a pesar de que así consta en los libros libros de Hª de la Música. Las manías no las quitan los médicos.

    Llena de melodía, preciosa y muy relajante, al menos en este youtuybe. Solo le cambiaría la escenografía y vestuario. prefiero la habitual del Mariinski.

    Salut. Regí.

    • José Luis dijo:

      No recordé a Peleas (ni a Melisande🙂 ) aunque naturalmente sí el Parsifal. Aún estás a tiempo, y de verdad que justifica cualquier esfuerzo que se haga. Música por un tubo, con la orquesta sonando como pocas veces y muy buenas voces. Y música rusa, con esa dulzura y con el sentido de colectividad que saben transmitir como pocos. Pero es que encima, la escena es extraordinaria, de lo más bonito, pensado y cuidado que he visto. Es un espectáculo magnífico, como muy pocos.

  5. Josep Olivé dijo:

    Vengo de IFL, así que ojo (sobre todo mucho ojo…) al dato porque me tienes que permitir un corta y pega porque voy a apagar el ordenata pero ya antes de que entre otra vez Regi…(no porque no quiera sino porque seguro que me quedo a leerlo..:-)… Que quede claro que me refiero exclusivamente a la parte musical porque aunque por radio se viera la escena pues como si no…. :-)…De todas maneras tu descripción escénica me da alas y mucha ilusión de que mis expectativas se vena satisfechas…

    Vaig escoltar completament la funció d’ahir per Catalunya Música i amb la distància emocional que comporta no estar-hi en directe puc dir que musicalment em va agradar força. La veritat és que van ser tantes les expectetives creades per la lectura de les preparacions i dels comentaris llegits aquets dies que m’esperava més, princialment en l’últim acte. Aviam, em va agradar molt…el que dic és que esperava més del final. El primer si que em va semblar absolutament meravellós, com tambè algunes escenes (musicals) del tercer. El so que arriba des de Catalunya Músia és molt bo però mai pot igualar l’emoció de escoltar-ho i veure l’escena en directe, aixi que em reservo fins el 30 aviam si hi puc anar i es confrmen les meves expectatives. No serà perquè comentaris més que fonamentats i que jo habitualment segueixo no m’ho hagin posat fàcil. El que si vaig trobar l’orquestra molt fina, molt implicada, molt a gust, amb millor prestació que una representació de Cagliari escoltada per youtube tambè ahir pel mati, i és que fer cinc funcions d’una obra tant poc interpretada i d’aquestes característiques amb un bon director després de fer-ne mil i una d’una tan coneguda amb un director discretet (per ser suau) ha de ser com un bàlsam miraculós pels músics. Respecte del cor sempre he cregut que les aportacions d’Intermezzo han estat reixides arreu. Ja que la cosa està com està doncs no em sembla mala solució.

    • José Luis dijo:

      Disfrutarás muchísimo, porque el directo y la escena van a hacer el resto. Nunca había visto lucir tanto ni con tanto sentido la iluminación, el vestuario, el atrezzo y la escena. Y la direccion de actores es buenísima. Es cierto, para mí, que la música del último acto no avanza mucho, y la escena, tampoco ayuda demasiado en ese sentido aunque tiene momentos absolutamente maravillosos. Para mí, los dos primeros actos son los mejores globalmente, pero si esos son 10, los otros son un 9,5, y hay quien opina justo lo contrario… no discutiremos

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