El canto de las sirenas (VII) – L’Orfeo, favola in musica de Monteverdi (3)

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El más intenso goce, el que convoca todas las fuerza de la naturaleza, donde bosques y prados ríen alrededor (“ride il bosco e ride il prato”), se gira de pronto en el escenario más doloroso. De repente cae sobre todos los presentes, justo en el tiempo de máxima afirmación triunfal, la sombra de una inesperada figura: la mensajera, heraldo de desgracias al parecer irreparables. Más adelante llorará amargamente su condición: ser la causante, infeliz, inocente, de haber trocado un escenario de felicidad en otro de extremo infortunio.

Esa inflexión trágica esta anunciada por un silencio expresivo, denso, que pulveriza el hermoso racimo de canciones, de arias en sólo, en dúo, en coro (…), una variedad de estilos y modos que expresan un amor feliz, un destino gozoso y triunfante que queda de pronto fulminada en la modulación al tono menor, y en una única y sobrecogedora disonancia no preparada. Ya sólo subsiste la quejumbrosa voz de la embajadora del dolor extremo; la mensajera amiga que deberá relatar la muerte de la bella esposa de Orfeo (…)

Ese tránsito brusco, traumático, que conduce de un clímax de emoción gozosa a un abismo de sufrimiento, se inicial con el célebre (…)  “Ahí caso acerbo” (….) que, al final del acto, en uno de los momentos más intensos de la ópera, será recogido por el coro de ninfas y pastores.

Orfeo se anticipa a la mala nueva (…), con una sentida exclamación: “Ohimè, che odo?” . Sigue entonces el inexorable y fatídico pronunciamiento de la mensajera: “ La bella Euridice… la tua diletta sposa –silencio– è morta”.

La mensajera expone a continuación el detallado relato de la escena bucólica en medio de la cual comparece (…) la serpiente, mordiendo el pie de Eurídice y transmitiéndole un veneno mortal de fulminante eficacia. El pastor segundo repite el enunciado inicial de la mensajera (“Ahí, caso acerbo…”).

Y la música encuentra el estilo justo y adecuado  -en sombrío balanceo, en modulación hacia la altura de la queja y de la expresión del dolor- en ese recitativo arioso de la mensajera que, posteriormente, es abordado en forma coral, enriqueciéndolo sustancialmente con la pluralidad de las voces de los pastores y de las ninfas.

En el Libro Cuarto, Monteverdi juega en un bello madrigal con las pronunciaciones del ohimè, que el sufrimiento amoroso multiplica (en miles y miles de ohimè), en lugar de liberar un solo y definitivo ohimè si ese sufrimiento cesa (por la muerte del alma enamorada, que es la muerte sin más (…) Orfeo sólo se permite pronunciar dos ohimè. El primero es de alarma (…), el segundo es la comprobación del terrible suceso. (…) El tercer pastor describe así a Orfeo: parece una muda piedra (“rassembra l’infelice / un muto sasso”). No puede sentir un dolor demasiado intenso: “que per troppo dolor / non puo dolersi”. El radical dramatismo de la acción se advierte en los silencios que engarzan entre sí las intervenciones, o en esas imposibilidades de respuesta de un Orfeo petrificado por el sufrimiento.

Finalmente Orfeo despierta y se ve capaz de reacción. La intensidad dramática de la conjunción de música y relato se va ciñendo con la mayor justeza al curso de la acción. Exclama al fin Orfeo, invocando a su esposa querida: “Tu sei morta, mia vita, e dio respiro?” ¿Cómo puedo vivir si ella, que era mi vida, ha muerto?. Y entonces adquiere conciencia de su único recurso: la lira. La lira que acompaña sus versos. La lira que arranca voces lastimeras a sus palabras, y que ahora debe modular de la alegría solar de un destino que se presagiaba gozoso (“Rosa del ciel…”), hacia el género de la demanda, de la imprecación, de la petición.

Se trata de poner a prueba el gran poder de los versos y de los sones de la canción y de la lira de Orfeo (…) en el más hostil elemento, en el escenario más adverso. (…)  Orfeo debe llegar sin temor, hasta conseguir que su cántico atraviese ese aire enrarecido del Hades y logre conmover el corazón de los monarcas del infierno, Proserpina, Plutón. O recupera Eurídice en su katábasis, (descenso, viaje del héroe al inframundo) o quisiera postular su ingreso en el propio infierno, para poder unirse, convertido en sombra, con la sombra de Eurídice, secuestrada en esa región perdida para la vida y la esperanza. “Si mis versos tienen algún poder / no temeré descender a los más profundos abismos / para lograr enternecer el corazón del rey de las sombras…”

Orfeo parte y el coro retoma el lamento de la mensajera, “Ahí caso acerbo”, quien, Nottola infausta, lechuza funesta que ha transmitido la fatal noticia anuncia su deseo de retirarse para siempre a  un antro solitario y oscuro. Los pastores vuelven de nuevo al lamento, y tras un  ritornello, finaliza el segundo acto.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto y en este azul lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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