Descubriendo América (IX) – Adagio de la Sinfonía nº 2 de Rachmaninov

Para recuperar la confianza perdida por la mala acogida de su Primera sinfonía, Rachmaninov precisó de la ayuda de un psicólogo llamado Nikolai Dahl, a quien dedicaría su Segundo concierto para piano, una obra convertida así en prueba a favor de la eficacia de un tratamiento que incluyó la hipnosis. Posteriormente, dejó la dirección de la Opera Imperial y el tumulto de la Rusia pre-revolucionaria y se trasladó a Dresde, donde encontró el tiempo y la tranquilidad necesaria para un nuevo intento en el terreno de la música sinfónica. Valió la pena, porque allí compuso, además del poema La isla de la muerte, la Segunda Sinfonía, con la que obtuvo un inmediato y duradero éxito. En ella se encuentra un emocionante Adagio que puede incluirse entre las páginas más inolvidables de la historia de la música, aunque, naturalmente, para no olvidarlo, primero haya que conocerlo o redescubrirlo en interpretaciones tan sensacionales como ésta de Eivind Gullberg Jensen al frente de la Nederlands Radio Philharmonisch Orkest de Amsterdam.

Si se quiere comprobar hasta qué punto la música es mucho más que una melodía, puede escucharse lo que hizo con la de este Adagio el cantante Eric Carmen, una canción titulada Never Gonna Fall In Love Again (en la que de paso fusilaba el arreglo de Alone Again de Gilbert O’Sullivan), que, entre otros, también interpretó Miguel Bosé.

parecido-razonable

Volviendo a territorio amigo y  a lo razonable, si a alguien le ha parecido que la influencia del maestro es innegable y que algunos compases del tema del Adagio se encaminaban a otro lugar, a mí también.


Tchaikovsky. Sinfonía nº 5, segundo movimiento. Berliner Philharmoniker. Claudio Abbado.

Y si se quiere añadir otro antecedente a la música de Morricone, vuélvase a escuchar la maravillosa aparición del clarinete en el Adagio de Rachmaninov. Cualquier excusa es buena, y después de Miguelito, puede que no haya sido suficiente con la pequeña dosis de Tchaikovsky.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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