El barbero (1)

Barbiere_di_Siviglia_frontespizioAunque la silbaran en su estreno, la opera buffa más famosa de la historia justifica la eternidad de Gioachino Rossini. La obra explica la historia del viejo cascarrabias Bartolo que quiere alejar a Rosina de todo pretendiente excepto uno: él mismo. Es un arquetipo del mundo antiguo que pugna con el moderno, encarnado por el conde de Almaviva, con la ayuda del barbero Fígaro. Al final triunfará el amor a pesar de todo y todos, como en toda opera buffa. La música vital y sofisticada, compuesta en menos de dos semanas, eleva a quintaesencia el personaje y la trama creados por Beaumarchais en Le barbier de Séville (1775) que Cesare Sterbini adaptó para el libreto de esta ópera.

La acción se sitúa en la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVIII. Beaumarchais había obtenido un gran éxito con la trilogía iniciada por Le barbier de Séville y seguida con Le mariage de Fígaro (1784) y La mère ocupable (1792), donde los mismos personajes son sorprendidos en diferentes momentos de sus vidas. La popularidad de estas obras dio lugar -entre muchas otras- a dos de las óperas más decisivas de la historia del género, Le nozze di Fígaro de Mozart y ésta. La música juguetona de Rossini subraya genialmente la comicidad de las situaciones, pero relega la fuerte crítica que hacía grande el texto de Beaumarchais y que todavía se mantenía mucho o poco en Mozart.

La obertura que Rossini destinó a Il barbiere di Siviglia había formado parte de otras dos óperas del compositor, Aureliano in Palmira (1813) y Elisabetta regina d’Inghilterra (1815), con algunas modificaciones en lo referente a la instrumentación. A menudo se destaca con sorpresa que Rossini fuese capaz de trasladar una página destinada a crear un clima expresivo severo y serio a un contexto radicalmente opuesto.

ACTO I

Cuadro I

Nos encontramos ante la casa de Don Bartolo, en una placita de Sevilla. Llegan Fiorello, criado del conde de Almaviva, y unos músicos contratados para acompañar al amo en la serenata que se propone dar. Almaviva ha venido de incógnito a Sevilla atraído por el amor que siente por Rosina, la joven y bella pupila de Don Bartolo, y le canta sus sentimientos en la refinada cavatina «Ecco ridente in cielo» (Hela aquí, risueña en el cielo) Pero Rosina no aparece. El conde manda a Fiorello pagar a los músicos, que se marchan desordenada y ruidosamente («Mille grazie, mio Signore»), provocando su enfado.

Se escucha el tararear de Fígaro, el barbero fanfarrón, que aparece en escena lleno de vitalidad, alegría y autosatisfacción, cantando la famosa aria de entrada «Largo al factotum della città…» (Abrid paso al factótum de la ciudad), en la que se jacta de sus múltiples habilidades profesionales y de su insustituible función como protector de toda intriga amorosa existente en la ciudad.

Fígaro y el conde de Almaviva se encuentran y se reconocen, pues el barbero había sido su servidor, y ahora se ofrece para ayudarle a conseguir a Rosina. De pronto, sale Rosina al balcón con un papel en la mano, que deja caer aparentando un descuido para que lo recoja el conde, antes de que Don Bartolo la haga volver a entrar. El papel, que Rosina hace pasar ante su tutor por una copia del aria «L’inutil precauzione» es en realidad una carta, y entre ella y las explicaciones de Fígaro, Almaviva se entera de que Rosina está poco menos que secuestrada por el viejo y avaro Don Bartolo, que pretende casarse con ella para hacerse con su herencia. Rosina aparece de nuevo tras los cristales, y el conde le dirige otra canción presentándose como un pobre estudiante, de nombre Lindoro, pues espera que ella le ame por sí mismo y no por sus títulos o su dinero. Es la famosa y elegante «Se il mio nome saper voi bramate» (Si queréis saber mi nombre), a la que Rosina apenas puede responder porque es bruscamente apartada de la ventana

Estimulado por la promesa de una buena remuneración, Fígaro propone al conde una estrategia para poder llegar a Rosina. Es un dúo esplendido, «All’idea di quel metallo portentoso, onnipossente…», (La sola idea de ese metal, poderoso, omnipotente), en el que el barbero confiesa con cinismo los efectos maravillosos que el oro posee sobre su inventiva y decide que la mejor estratagema es que el conde se disfrace de militar, que exija alojarse en casa de Don Bartolo (en esa época los militares de paso tenían derecho a alojamiento en las casas notables) y que simule encontrarse ebrio para que el tutor no desconfíe. La pasión amorosa y la pasión por el oro marcan el final del dúo que cierra este cuadro.

Cuadro II

En el interior de la casa de Don Bartolo, Rosina canta la conocida «Una voce poco fa» mientras escribe una nueva nota, mostrándose tan simpática como firmemente decidida a casarse con Lindoro, y muy capaz de lograrlo.

Después de una discusión entre Rosina y Don Bartolo a propósito de Fígaro, llega Don Basilio, viejo sacerdote confidente de Don Bartolo y profesor de música de la chica, que advierte al tutor de la presencia del conde de Almaviva en la ciudad y le propone desacreditar al pretendiente por medio de una calumnia que él mismo pondrá en circulación. Se trata de la famosa aria «La calunnia è un venticello».

Pero Don Bartolo insiste en que la solución es realizar de inmediato un contrato de matrimonio y se va con el capellán. Fígaro, sale del escondite desde el que ha escuchado todo, e informa a Rosina de las intenciones del tutor. Haciéndose los dos los ingénuos, Figaro le desvela lo que ella ya sabe a propósito del amor que le profesa Lindoro, «Dunque io son… tu non m’inganni?» (Así pues, ¿soy yo?…¿No me engañas?) y le pide que le escriba una carta que ella ya tiene escrita..

Marcha Fígaro y se cruza con Bartolo, que empieza a interrogar a Rosina sospechando acertadamente que estaba escribiendo una nueva carta. Cuando acaban las amonestaciones y ambos se van, unos fuertes golpes en la puerta marcan la llegada del conde de Almaviva disfrazado de militar fingiendo un avanzado estado de embriaguez. «Ehi, di casa, buona gente» inicia el final del primer acto con la exigencia de alojamiento y la burla despiadada del conde, que juega a confundir el nombre de Bartolo (Palurdo, Bertoldo) en un divertido dúo que se convierte en trío con la llegada de Rosina y el disimulado reconocimiento de los amantes. Mientras Bartolo trata de encontrar un documento que le exime de la obligación de alojar militares, el conde trata de hacer llegar una carta a Rosina, y cuando el tutor finalmente la descubre, Rosina se la cambia como un prestidigitador por la lista de la colada.

Entran en escena Berta, una criada, Don Basilio, que pretende dar la lección de música, y finalmente Fígaro, que completa el brillante y endiablado sexteto final. La aparición de la guardia, atraída por el escándalo, aumenta el efecto cómico de la situación cuando todos intentan explicar a la vez sus razones. El oficial reconoce al conde de Almaviva y la guardia se cuadra ante el aristócrata, provocando el estupor de los protagonistas y dando lugar a la divertida reflexión colectiva final, «Fredda ed immobile come una statua, fiato non restami da respirar», punteada por los golpes de martillo de una estrepitosa fragua que retumban en la cabeza de los presentes.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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2 respuestas a El barbero (1)

  1. josep dijo:

    Magnifica introducció a una de les meves òperes de capçalera. Per a mi el duet «All’idea di quel metallo…” es un dels moments més màgics, una autèntica joia que a més, amb les interpretacions de Prey i Alva esdevé magistral i històrica.
    Una abraçada

    • José Luis dijo:

      Gràcies Josep, el dissabte la veurem junts a uns quants centenars de quilòmetres de distància. Tens raó, el duet és magnífic, i la parella, magistral. Prey m’agrada sempre molt.

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