¿Música seria?

Salon de los espejos, Herrenchiemsee

A Mozart le encantaba que la gente aplaudiese en medio de un movimiento, yo no tengo ningún inconveniente en que la gente aplauda en las pausas entre movimientos. No es lo mismo si estás tocando la Novena de Mahler, es un ambiente diferente al de la Sinfonía ‘Júpiter’ o a las de Haydn, que tenían auténticas bromas.

Odio los conciertos que son como ir a una iglesia o al templo de la música clásica, donde el público tiene que estar callado. He ido a conciertos donde parece que a los que están sobre el escenario les acaban de momificar. Y el público no tiene ninguna posibilidad. Creo que la gente debe ir a los conciertos y pasar un buen rato.

Nicholas McGegan, director historicista.

…dentro de unos días, 30 de estos alumnos de último año de la DeWitt Clinton van a asistir, por primera vez en sus vidas, a una función de ópera: Las bodas de Fígaro, en Lincoln Center, montada por profesores y estudiantes de la Juilliard School. Me escuchan en silencio, muy formales, sentados cada uno detrás de su pupitre, cada uno y cada una con una historia inscrita en la cara joven y severa. La profesora me ha contado algunas. Uno de los más brillantes ha pasado varios años viviendo con su familia en un albergue de indigentes. Es tan bueno y tiene tanta vocación que lo han aceptado en Princeton y ha recibido una beca de la Fundación Gates.

Les hablo de la época en que la ópera fue compuesta, y del vínculo entre la vida de Mozart y el argumento, la posición subordinada de los músicos en la servidumbre de los aristócratas, la rebeldía del compositor joven que ya no soporta la autoridad despótica de quienes no tienen más mérito que su nacimiento y su título. Lo que quería disfrutar Mozart, igual que Fígaro y que los personajes sometidos de la ópera, sirvientes y mujeres, es lo mismo que consignó justo por aquellos años Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia: la vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad.

Voy con ellos unos días después al teatro de la Juilliard School. Algunos nunca han estado en un teatro, ni en un cine: la profesora, al darles las entradas, les informa que en cada una de ellas está la fila y el número del asiento. El pelotón de adolescentes de caras oscuras o hispánicas y ropas coloridas de barrio contrasta mucho con el público habitual de la ópera.

Quienes se les parecen son los músicos en el foso de la orquesta y los cantantes sobre el escenario: muy jóvenes, muy concentrados, con caras de cualquier sitio del mundo. Susanna es china; Fígaro, sudafricano negro.

Creo que nunca he disfrutado tanto en una ópera. La limitación de medios del montaje acentúa la fuerza poética, la liviandad ilusionada y burlesca de una comedia de enredo en la que la música es tan exquisita que parece, como dijo Haydn, que uno estuviera escuchándola en sueños. Se nota mucho, y con alivio, la ausencia de un director estrella dedicado a llamar la atención sobre sí mismo. Los figurines están delicadamente inspirados en Chardin y en los cartones para tapices de Goya. La pura energía física y el descaro de los personajes populares están en el trabajo entregado de los cantantes y de los músicos, y su onda expansiva llega a las filas del público y sobre todo a esta esquina de la sala en la que me siento rodeado por los estudiantes del Bronx. Ríen a carcajadas y aplauden con fervor partidista a los buenos. Cuando se encienden las luces en el intermedio veo sus caras brillantes de incredulidad, de alegría, la alegría contagiada de Mozart. Recuerdan algunas de las cosas que habíamos hablado durante la clase; se preguntan qué pasará a continuación; nos apretamos para salir juntos en una foto de móvil. Suenan los timbres de llamada y hay que volver a la sala. Una chica me dice muy seria y muy feliz que no olvidará nunca este día.

Antonio Muñoz Molina. Música en el Bronx. Babelia. El Pais, 2 de Mayo de 2015.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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2 respuestas a ¿Música seria?

  1. lluisemili dijo:

    No em sembla igual riure amb Les Noces de Figaro que victorejar o aplaudir a mig moviment d’una simfonia, encara que sigui del mateix Mozart.

    Llegeixo “Odio los conciertos que son como ir a una iglesia o al templo de la música clásica, donde el público tiene que estar callado”. Jo no. I em molesta que no es respecta el silenci. Només es pot escriure això quan trencar la norma és trencador i es vol êpater.

    Si no respectar la convenció es converteix en la nova norma amb mi que no hi comptin.

    Els catòlics van substituir el gregorià per les guitarres per guanyar quota de pantalla. I ara no tenen ni gregorià ni pantalla.

    Prou de demagògia populista per favor.

    • José Luis dijo:

      Qualsevol diria que estem cremats per demagògies populistes…

      Estem força d’acord. He traduït “quiet” de la pitjor forma possible, intencionadament. Però crec que McGegan és més en contra de l’actitud massa seriosa que a favor de cap soroll inoportú. Aquest divendres, al Delibes es va aplaudir molt després del primer moviment del concert per violí de Brahms, i no em va fer cap mal. Va ser culpa de Brahms i de Vilde Frang, la violinista que vau veure a la Sinfonia concertante de Mozart, com comento aquí. La norma es podria saltar si tothom tingues bon sentit (el meu, naturalment) de fer-ho només quan convé. Com que no és així, ja em sembla bé que es mantinguin tal com estan, però ja no m’emprenyo si algú aplaudeix quan, de fet, convé, per exemple, per relaxar la tensió. Recordem les pauses prescrites per Mahler.

      Ni gregorià, ni pantalla, i em penso que ja ni kumbaia😀

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