El canto de las sirenas (XXII) – La frase de Haydn

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Casi todas las anécdotas relativas a la vida y el carácter de Joseph Haydn son decepcionantes. Parecen ajustarse a aspectos pedantes, pintorescos y anecdóticos de un siglo ilustrado que abundó en liviandades inocuas que hoy producen extrañeza y fastidio.

Sólo al final de su vida todo se acelera. El mundo en que Haydn se encuentra comienza a moverse a un ritmo vertiginoso de rotación y traslación, justamente cuando Haydn se libera de la tutela Ancien Régime derivada de su contrato con el príncipe Esterházy, una vez que muere su protector y gran melómano, Nicolás I el Magnífico, e inicia sus correrías burguesas por las salas de concierto londinenses, impulsado y acompañado por el violinista empresario Salomon, su representante.

Libre al fin de la servidumbre feudal, Salomon le proporcionó las alas necesarias para su vuelo final, el que sobreviene en un memorable estallido de creatividad. Tras las sinfonías parisinas (82-87), o las dedicadas a Johann Tost (88 y 89), o al conde D’Ogny (90 a 92), siguen las doce sinfonías londinenses, los cuartetos que se prolongan desde ese mismo período hasta los últimos días lúcidos del compositor. Y por último sus dos grandes oratorios y sus seis misas finales.

Sólo entonces parece vislumbrarse un atisbo de sustancia legendaria en el menos novelesco de los músicos. Resplandece de pronto, única y fugaz, cual brillante cometa, la frase, la única frase, la que quizá compensa tanto silencio, y tanta quincalla anecdótica de vida y obra, o tanta abundancia de minucias deprimentes.

La frase -la única frase- es, desde luego, memorable. Ha sido con suma frecuencia citada. (…) Dice así la frase:

Mi príncipe se hallaba satisfecho con mi trabajo; lo aplaudía; como director de una orquesta yo podía efectuar experimentos [Versuche], podía observar lo que causaba impresión y lo que producía una resonancia débil, con lo que podía añadir, mejorar, cortar, asumir riesgos. Me hallaba aislado del mundo [ich war von der Welt abgesondert], nadie en mi proximidad me podía provocar inseguridad ni me podía atormentar, y yo debí (o no tuve más remedio que) llegar a ser original.

“Y yo no tuve más remedio que llegar a ser original”. No es posible recoger todos los matices, a la vez de necesidad y de imperativo del müssen alemán (deber ser o deber hacer, no tener más remedio que ser o hacer). (…) Hay que, se debe, no hay más remedio que (….)

“No tuve más remedio que ser original”, porque ese estar separado, aislado del mundo, que parece anticipar la hermosa canción en la que Gustav Mahler confesaba su gran aspiración, la que sólo veía cumplida y realizada en su única temporada de un mes o dos meses en el campo, en soledad o en compañía de los seres amados, eso era en Haydn su vida diaria, cotidiana, su medio vital y su único hábitat ¡durante cuarenta años!

Luego “no tuve más remedio que acabar siendo original, o que llegar a serlo”. La soledad lo hacía posible. La habilidad y la maestría –en añadir, cortar, asumir riesgos, realizar experimentos- eran la señal, la prueba (….)

Quizá toda existencia grande puede sintetizarse en una sola frase. Quizá esa estupenda y única frase compensa tantos silencios y tantas restricciones mentales. O tan escasa materia epistolar digna de ser memorizada para una completa biografía.

Esa frase resplandece para siempre en el firmamento en donde habita la más procuradora de energía y de gozosa expresión de todas las creaciones musicales: la propia de un músico que en el goce que provoca y en la energía dinámica que imprime a su música halla su más grande hazaña. O que con la mayor concentración lacónica de un estilo que es de natural dramático y narrativo como ninguno logra desplegar una de las más fecundas y generosas donaciones de argumentos musicales -a través de sinfonías, cuartetos, tríos con piano, misas y oratorios- de la historia de la música occidental.

Como dice de él Schönberg: “De Haydn aprendí cómo adquirir un ritmo de pensamiento vertiginoso, y a condensar en un mínimo de tiempo un máximo de acontecimientos”.

Marc Vignal añade, en comentario a esta frase de Schönberg: “Haydn poseía como pocos compositores la facultad de dar en pocas medidas una impresión de vasto desarrollo dramático, a lo que corresponde sin duda la nerviosidad de escritura de sus manuscritos autógrafos, tan limpios por lo demás, y la tensión intelectual que visualmente traducen”.

Variaciones en Fa menor (Sonata) Hob. XVII6.

Andante con Variaciones en Fa menor, Hob. XVII.6 (Un piccolo divertimento). Mikhail Pletnev

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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9 respuestas a El canto de las sirenas (XXII) – La frase de Haydn

  1. Tendré que hacerme con ese libro…

  2. Josep Olivé dijo:

    Ese día mi jefe se hallaba satisfecho con mi trabajo; lo aplaudía; como empleado de una empresa yo podía efectuar experimentos, podía observar lo que causaba impresión y lo que producía una resonancia débil, con lo que podía añadir, mejorar, cortar, asumir riesgos. Llegué a casa, me aislé del mundo, nadie en mi proximidad me podía provocar inseguridad ni me podía atormentar, y yo debí (o no tuve más remedio que) conectarme a “Ancha es mi casa”.🙂

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