Unas estupendas notas sobre la Quinta de Beethoven

Beethoven

Esta es la sinfonía que, al lado de la imagen de Beethoven, agitado y despeinado, ha acabado representando la grandeza de la música. Quizás estamos hablando solamente de los segundos iniciales, de igual forma que sólo podemos recordar vivamente y con precisión la sonrisa de la Mona Lisa, o las primeras diez palabras del monólogo de Hamlet. Es difícil saber cómo tan pocas notas, tan sencillamente enlazadas, han podido llegar a ser tan populares; ciertamente hay quienes sostienen que no es esta la sinfonía más grande de Beethoven, como la Mona Lisa no es tampoco el mejor cuadro de Leonardo; el propio Beethoven prefería su Heroica a la Quinta Sinfonía. Y, sin embargo, no es mucho más famosa de lo que merece, pues no se puede encontrar fácilmente otra composición que en su alcance expresivo y poder estructural represente mejor lo que es la música.

La Quinta Sinfonía de Beethoven se ha dirigido a lo largo del los años de forma enérgica y directa a muchos oyentes, entendidos y no entendidos; cada cual escucha y entiende a su manera. Probablemente todos podamos encontrarnos representados aquí, en alguno de los personajes de Howard’s End de E.M. Forster:

Quizá usted es como Mrs. Munt y tamborilee subrepticiamente cuando empieza la melodía, por supuesto no tanto como para molestar a los demás; o como Helen, que puede ver héroes y naufragios en las oleadas de la música; o como Margaret, que sólo puede ver música; o como Tibby, que está profundamente versada en contrapunto, y tiene la partitura abierta sobre sus rodillas; o como su prima, Fräulein Mosebach, que recuerda todo el tiempo que Beethoven es “echt Deutsch”; o como el novio de Fräulein Mosebach, que no puede recordar nada más que a Fräulein Mosebach: en cualquier caso, la pasión de su vida se vuelve más viva, y debe admitirse que, por dos chelines, ese ruido es barato.

Es por eso que todavía vamos a los conciertos (aunque ya no se pueda comprar una butaca a Mrs. Munt por dos chelines), y, tanto si vemos naufragios como séptimas dominantes, bien podemos estar de acuerdo, si nos atrapa una interpretación cautivadora “que la Quinta Sinfonía de Beethoven es el ruido más sublime que jamás ha penetrado en el oído del hombre”.

Durante un tiempo quedó un tanto eclipsada por la Novena Sinfonía, que parecía señalar el camino para el resto del siglo XIX y alentar a generaciones de compositores a pensar de otro modo de las sinfonías o de la música en general. Pero la Quinta nunca perdió realmente su atractivo. Robert Schumann, cuyas predicciones musicales se han hecho realidad a menudo, escribió que “esta sinfonía ejerce invariablemente su poder sobre los hombres de todas las edades como esos grandes fenómenos de la naturaleza… Esta sinfonía, también, se escuchará en los siglos futuros, más aún, mientras existan la música y el mundo. “

Una familiaridad limitada a un puñado de piezas de la cosecha de cada siglo, que en buena medida ha amortiguado en nuestros oídos gran parte de la salvaje energía de la obra. Y el conocimiento de muchas obras que no podrían haber sido escritas sin ésta como ejemplo, nos impide apreciar la novedad de los audaces trazos de Beethoven: la referencia cruzada entre la famosa apertura y la llamada en fortissimo de las trompas en el scherzo,

la forma en que el scherzo pasa directamente -y dramáticamente– al final,

y el recuerdo del scherzo que aparece inesperadamente en ese final, forjando todo ello en un diseño unificado los cuatro movimientos de la sinfonía.

No hay manera de saber lo que pensó la primera audiencia. Para empezar, ese concierto, dado en el Theater an der Wien, el 22 de diciembre de 1808, fue tan excesivamente largo (incluso para los estándares del siglo XIX) y estuvo tan lleno de nueva e importante música que realmente nadie podía asimilarlo todo. JF Reichardt, que compartió un palco con el príncipe Lobkovitz, escribió más tarde: “Estuvimos sentados desde las 6:30 hasta las 10:30 pasando un frío terrible, y aprendimos por experiencia que uno puede hartarse incluso de las cosas buenas.”

Reichardt y Lobkovitz se quedaron hasta el final, con su paciencia a menudo puesta a prueba, no por la música -ambos eran más entendidos que la mayoría- sino por la interpretación, que fue áspera e indolente. Esa noche, seguramente parte de la audiencia se sentía abrumada por lo que estaba escuchando, aunque muchos no dejarían de moverse y dormitar, desconcertados, o tal vez incluso aburridos. La música de Beethoven no era todavía la más popular jamás escrita, e incluso una figura tan grande como Goethe sobreviviría a Beethoven sin llegar a aceptar al compositor que era claramente su igual. Todavía en 1830, Mendelssohn intentó una última vez interesar al viejo poeta en la música de Beethoven, tocando con entusiasmo en el piano el primer movimiento de la Quinta Sinfonía. “Pero eso no emociona,” respondió Goethe, “no es más que asombroso, grandioso.”

Tomemos la célebre apertura, que en una ocasión de la que seguramente se arrepintió, Beethoven comparó con el destino llamando a la puerta. Es audaz y sencilla, y por lo tanto, como muchos de los mottos de nuestra cultura, susceptible de ser sometida a todo tipo de tratamientos populares, ninguno de los cuales es capaz de aminorar el poder de la original. Beethoven escribió ocho notas, cuatro más cuatro; el primer ta-ta-ta-TUM desciende de Sol a Mi bemol, el segundo, de Fa a Re.

Ante la fuerza de esos martillazos, puede resultar sorprendente que sólo toquen cuerdas y clarinetes. Y escuchando sólo esas ocho notas, todavía no podemos decir con certeza si se trata de Mi bemol mayor o Do menor. Tan pronto como sigue Beethoven, escuchamos esos urgentes golpes como parte de una música sombría y resuelta, en Do menor. Pero cuando se repite la exposición, y empezamos de nuevo desde arriba con los acordes en Mi bemol mayor resonando todavía en nuestros oídos, los mismos patrones ta-ta-ta-TUM suenan como si pertenecieran a Mi bemol mayor. Esa ambigüedad y tensión están en el corazón de esta furiosa música -al igual que la lucha para romper desde el Do menor, en que este movimiento se asienta, a la brillantez del Do mayor- y nos llevará hasta el final de la sinfonía.

Si se entienden y recuerdan esos cuatro compases, gran parte de lo que sucede durante los siguientes treinta minutos parece a la vez familiar y lógico. Podemos escuchar el destino llamando a la puerta en casi todos los compases del primer movimiento. La contundente llamada de las trompas que introduce el segundo tema, por ejemplo, imita tanto el ritmo como la forma del inicio de la sinfonía.

(También podemos apreciar la semejanza con el comienzo del Cuarto Concierto para piano y, de hecho, se pueden encontrar ideas para ambas obras en los mismos cuadernos de notas, esos ricos territorios de caza donde a menudo relampaguean destellos de brillantez que surgen de un desorden igualado solamente por el lamentable estado de las habitaciones del compositor.)

Aunque el primer movimiento es propulsado por la energía y urgencia de esas primeras notas, su progreso es periódicamente interrumpido por los ecos de las dos largas notas mantenidas en los primeros compases; en la recapitulación, una pequeña, pero enormemente expresiva cadenza del oboe, congela completamente la acción (5:35). La extensa coda es particularmente satisfactoria, no sólo porque concluye de forma efectiva un movimiento dramático y poderoso, sino porque descubre aún nuevas profundidades de drama y fuerza en un momento en que esto parece impensable (7:24).

El Andante con moto es un pariente lejano de aquel tema y variaciones que a menudo aparecían como movimiento lento en las sinfonías clásicas. Pero a diferencia del modelo convencional, presenta dos temas diferentes (0:00 y 1:04), los varía por separado, y luego hace que se desvanezcan (8:30) en una improvisación libre que cubre una amplia gama de ideas, cada una de las cuales brota casi espontáneamente de la anterior. La secuencia de acontecimientos es tan impredecible, y el tono meditativo tan seductor, que, en el movimiento menos asertivo de la sinfonía, Beethoven mantiene nuestra atención hasta la última frase.

“Ahora viene el movimiento maravilloso”, susurra Helen Schlegel a la señora Munt en Howard’s End, “primero los duendes, y luego un trío de elefantes bailando.” Los duendes entran furtivamente, avanzando poco a poco en las cuerdas graves, topando enseguida con las trompas que, con su propia versión del Destino (0:25) los dejan en la entrada (1:58). Beethoven fue el primero en señalar la semejanza del scherzo con el inicio del movimiento final de la gran sinfonía en sol menor de Mozart: Lo copió en una página al lado de esbozos de su Quinta. Pero mientras que allí el efecto es decidido y triunfante, aquí está oscurecido por preguntas entrecortadas.

Dios bendiga a Tibby, con su partitura firmemente plantada en sus rodillas, por implorar a Helen que se olvidase de sus duendes y sus elefantes y se preparase para el pasaje de transición en los tambores, porque es famoso con tanta justicia como el más famoso de los pasajes de la historia de la música, y el repentino y apagado golpeo del timbal (4:46) es la primera señal de que algo trascendental está a punto de suceder.

Lo que ocurre, por supuesto, es que el scherzo no acaba nunca sino que construye sobre ese ominoso golpeo una explosión de brillante Do mayor (0:17). Los compositores han tratado desde entonces imitar ese efecto, no sólo el unir los movimientos, que en eso se ha copiado mucho con éxito, sino el emerger de manera tan dramática de la oscuridad a la luz. Los cuadernos de notas nos dicen que estos cincuenta compases le costaron a Beethoven un esfuerzo considerable, y, lo más sorprendente, que ni siquiera eran parte del plan original. Berlioz opinaba que esta transición era tan impresionante que sería imposible superarla nunca. Beethoven, entendiendo perfectamente el desafío -y también el de mantener la victoria del Do mayor una vez que se ha logrado- añade trombones (utilizados en la música sinfónica por primera vez), el piccolo y el contrafagot a la primera explosión de Do mayor y avanza hacia su golpe de genio final.

Ese momento llega en pleno regocijo general, cuando aparece quedamente el fantasma del scherzo (6:13), interrumpiendo el Do mayor con inesperados recuerdos del Do menor y dejando a la vez a todos callados y conmocionados por unos momentos. Beethoven restaura rápidamente el orden, y la música comienza de nuevo como si nada hubiera sucedido.

Pero Beethoven todavía se siente obligado a acabar con cincuenta y cuatro compases del más puro Do mayor para resolver cualquier duda y recordarnos la conquista, no la lucha. “Pero los duendes estaban allí”, nos recuerda Forster. “Podían volver. Él lo había dicho con toda valentía, y por eso se puede confiar en Beethoven cuando dice otras cosas”.

Phillip Huscher, autor de las notas de los programas de la Orquesta Sinfónica de Chicago.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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11 respuestas a Unas estupendas notas sobre la Quinta de Beethoven

  1. Pingback: Beethoven: Sinfonía nº 5 | Conciertos en el Auditorio Miguel Delibes

  2. Josep Olivé dijo:

    Ese concierto, el del día 22 de diciembre de 1808, en el Theater an der Wien, és el que ha dado a luz más obras célebres en la história de la música. Y todas del mismo compositor. Y la mayoría son de absoluto repertorio, de las más grabadas y reproducidas en cualquier formato, así como formarían el once ideal de una inmensidad de melómanos. ¿Cabe concebir tal explosión/locura creadora estrenada en un solo concierto?¿Cabe concebir que prácticamente todas las obras estrenadas en ese día continúen siendo de las más programadas, grabadas y queridas por el público?¿Cabe concebir que prácticamente la mayoría de ellas no ha sufrido épocas de desinterés sino que han persistido indefectiblemente en el repertorio de cualquier sala de conciertos u orquesta que se precie?

    Magnífico apunte éste de la quinta. Con la tercera Beethoven ya nos dijo que rompía con el pasado. Con la quinta, con el prodigioso desarrollo (y variaciones) del motivo del destino, y con la explosión del acorde de Do Mayor tras el scherzo (fin del tercer movimiento, inicio sin pausa del cuarto), alumbra, en plan big bang, todo el sinfonismo del futuro. Claro, nuestros oidos han escuchado a Berlioz, a Mahler, a Xostakovtix, a Bruckner, a Strauss, a Wagner…por nombrar compositores que expandieron las orquestas en volumen y sonidos (sea en el formato sinfónico, programático u operístico) y puede que ello reduzca el impacto global que a nuestro sentido musical pueda ofrecer la quinta. Pero aún así lo ejerce. Vaya si lo ejerce. Y cabría hacer el ejerccio de olvidarnos de todo lo oido posteriormente al 22 de diciembre de 1808, de trasladarnos en el tunel del tiempo hasta esa tarde-noche. Colapsado y aturdido aquí uno que quedaría, incapaz de entender ni de ser consciente de lo que ese día significó para la historia de la música. Sólo hubo un concierto como ese. No creo que haya nunca más otro igual.

    • José Luis dijo:

      Sobre veladas históricas, dentro de unos dias pondré una cosa que creo que te va a gustar mucho.

      Las notas de este señor, Phillip Huscher, me parecen siempre modélicas. Lo que explica es interesante y asequible, cosa que pocas veces se logra. Ya solo falta combinarlo con tus comentarios. Por cierto, el tal Huscher firma como “program annotator” ¿Sabes cómo se les llama en español?

      • Josep Olivé dijo:

        Pues ni idea. Igual no hay equivalente literal…auele suceder.
        Nota muy al margen: no fué con esta sinfonia que tuve una de las “derrapadas” más inolvidables en tu blog? Buf. Fué impresionante. Ya ves, cada vez que oigo la quinta la “mancho” con ese recuerdo…🙂

  3. josep dijo:

    M’encanta el Beethoven simfònic. En el cas de la cinquena simfonia (prefereixo la setena o la novena), em posa la pell de gallina cada vegada que escolto aquest enllaç entre el tercer i el quart moviment. Per moltes vegades que l’escolti, no puc deixar d’emocionar-me quan esclata.
    Una abraçada

    • José Luis dijo:

      El segon de la setena, el tercer de la novena… però és impossible deixar enrere la Eroica, o aquesta transició de què parles… Beethoven, el fill del pare.

      Una abraçada, Josep

  4. gloria aparicio dijo:

    Quantíssima veritat en les vostres paraules, i no es pot deixar a banda la Eroica…..Beethoven sempre emociona ,això si, personalment amb ell sòc molt exigent , no m’está bé una mediocre interpretació i es que per a mí encara i no tenir prous coneixements tècnic-musicals, penso que de la seva Mùsica no es pot perdre ni una nota, i menys encara un dels seus meravellossos silencis, Jo vaig començar a estimar a Beethoven molt joveneta al escoltar les seves meravellosses Sonates per a piano ……i d’aqui, les Sinfonies, cambra, etc….. La seva Mùsica em fa viatjar per tots els estats d’ànim possibles del esser humá al mateix temps que t’envolta de la flaira de la Natura…….i ara em ve el record de la Sisena i ja m’hi trobo…….

    • José Luis dijo:

      Sí, em sembla que aquestes simfonies, que hem escoltat tant i en interpretacions magnífiques, resisteixen pitjor interpretacions mediocres.

      Au, vés a collir floretes al costat del riu

  5. gloria aparicio dijo:

    He oblidat de donar-vos les gràcies per aquets comentaris tant descriptius e interessants, junt amb els bombonets adjunts, es un plaer escoltar i aprendre, Gràcies J.Luis, una abraçada.

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