Nada del otro mundo

Pablo Neruda

UN INFORME OFICIAL

El Ministerio del Interior chileno reconoce por primera vez que es muy posible que Pablo Neruda fuera asesinado. El Premio Nobel de Literatura no falleció a consecuencia del cáncer de próstata que sufría. A él lo fallecieron. Un señor vestido de blanco entró en la clínica Santa María y le aplicó en el vientre una inyección. Casualmente iba a viajar a México pocas horas después para encabezar un Gobierno en el exilio y Pinochet no podía arriesgarse. Había que matar a un ruiseñor, aunque se pareciera más a un ave más grande, pero la exhumación del cadáver no encontró restos del veneno. Ahora dicen los tardíos investigadores del crimen que resulta «claramente posible y altamente probable» la intervención de terceros. El gran poeta murió seis horas después de la visita del misterioso practicante. Hay aceleradores de la Historia, aunque a veces se disfracen de bacterias conocidas como estafilococo dorado.

No me pregunten
Tengo el corazón pesado
con tantas cosas que conozco,
es como si llevara piedras
desmesuradas en un saco,
o la lluvia hubiera caído,
sin descansar, en mi memoria.
No me pregunten por aquello.
No sé de lo que están hablando.
No supe yo lo que pasó.
Los otros tampoco sabían
y así anduve de niebla en niebla
pensando que nada pasaba,
buscando frutas en las calles,
pensamientos en las praderas
y el resultado es el siguiente:
que todos tenían razón
y yo dormía mientras tanto.
Por eso agreguen a mi pecho
no sólo piedras sino sombra,
no sólo sombra sino sangre.
Así son las cosas, muchacho,
y así también no son las cosas,
porque, a pesar de todo, vivo,
y mi salud es excelente,
me crecen el alma y las uñas,
ando por las peluquerías,
voy y vengo de las fronteras,
reclamo y marco posiciones,
pero si quieren saber más
se confunden mis derroteros
y si oyen ladrar la tristeza
cerca de mi casa, es mentira:
el tiempo claro es el amor,
el tiempo perdido es el llanto.
Así, pues, de lo que recuerdo
y de lo que no tengo memoria,
de lo que sé y de lo que supe,
de lo que perdí en el camino
entre tantas cosas perdidas,
de los muertos que no me oyeron
y que tal vez quisieron verme,
mejor no me pregunten nada:
toquen aquí, sobre el chaleco,
y verán cómo me palpita
un saco de piedras oscuras.

¿Qué podía haber largado Neruda desde México? Aunque estuviera en las últimas su capacidad para el dicterio continuaba siendo de primera clase, sólo comparable a la que usó siempre y repartió generosamente para el amor. «El mundo tiene que cambiar», me decía en su casa de Valparaíso, después de bebernos una botella de inteligente vino. A ningún poeta contemporáneo he admirado más, ni con más motivos. Le recuerdo cómo era en aquel invierno austral del año 1964. Era como un gran pez, grande y afectuoso, con algo recónditamente tímido y doliente. Antes de invitarme a comer en su casa, preguntó qué años tenía yo cuando la Guerra Civil española, que él no la llamaba civil sino de otra manera. «El mundo tiene que cambiar», repetía. «Federico era mi hermano». «Miguel era mi hijo». «Me los mataron». Y de pronto, me hizo una pregunta. «¿Qué puede pensarse de un país que mata a sus poetas?» No dije nada, como es natural. Siempre he respetado a mis clásicos, pero ahora podía preguntárselo a él. ¿Qué puede pensarse de cualquier país que mata a sus poetas? No son cosa del otro mundo, pero quieren mejorar éste.

Manuel Alcántara. El Norte de Castilla, 11/11/2015

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
Esta entrada fue publicada en Poesía y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s