La catadura del Gordo (Vicente Verdú)

El gordo

Sin restar su importancia a las principales fiestas que se celebran en estas fechas, no hay, sin embargo, ninguna que alcance la complejidad y significación del Gordo (y del Niño). La Nochebuena es religiosa y la Nochevieja profana. Pero el día del Gordo es profano y sagrado a la vez. El azar es eminentemente divino pero el azar es pecado cuando el Diablo lo remeda. De ahí la vehemente e histórica condena de la Iglesia de los juegos de azar.

Los emperadores chinos hacían entender su omnipotencia comportándose ante sus súbditos como seres azarosos. Enviaban una legión a decapitar a todos los habitantes de una aldea que no había cometido insumisión alguna y días más tarde colmaban de bienes a otra localidad que tampoco se había destacado por su adhesión. Esta arbitrariedad les hacía igual a los fenómenos naturales, inundaciones, catástrofes o ubérrimas cosechas sobrevenidas sin ninguna sinrazón ocupaba el vacío de toda responsabilidad de modo que no necesitaban justificarse porque justamente su legitimación provenía de su inefable injustificación. Su reino imperaba gracias a la fuerza del azar que se confunde tanto con el destino y su incuestionable fatalidad.

El Gordo es el artefacto navideño dotado de esa infernal poder. Pero, por si le faltaba poco, es el colmo de lo más profano puesto que sólo opera con el dinero sin mezcla, el dinero desnudo en su genuina e inocente (el Niño) obscenidad.

Porque la esencia del Gordo (y del Niño, versión hipócrita de aquél) se basa en la codicia sin mediaciones, la fe en el azar sin competencia divina, la negación de la ecuación causa-efecto y, por ende, la destrucción de la secuencia sacrificio y recompensa, abnegación y placer.

Todo pertenece en el sorteo del Gordo (cantado hipócritamente por niños) al paganismo rebelde pero, además, su contigüidad con unas fiestas muy sagradas multiplica su efecto de profanación: el Gordo junto al natalicio de Cristo, el Niño junto al milagro de los Magos. En la Nochebuena los cuerpos se estilizan en la reunión familiar y en la Nochevieja se saturan de sexo y carnalidad.

En los dos supuestos el sorteo se halla al acecho con su esfinge material. Bajo su influencia no hay proceso concatenado sino irracional. No hay tampoco donación carnal o espiritual sino una deslumbrante expectativa puesto que la fe en el dinero que “nos cae” multiplicaría el poder tan sólo gracias a la satánica lluvia de azar. Fiesta no colectiva sino individual, pero fiesta no individual sino colectiva en la medida en que todos se reconocen perseguidores del mismo objetivo: el capital o y su capacidad para ser otro con su logro.

Bastaría el deseo de transformarse en otro mejor gracias a las facultades omnímodas del dinero (no de la bondad, el rezo o la sexualidad) para convertir el 22 de diciembre (y su réplica de enero) en la festividad más atea.

Pero es además, por si faltaba poco, la metáfora candente del becerro de oro que se opuso frontalmente a las Tablas de la Ley. Días pues intercalados, salvajes e irredentos, décimos del diablo frente a los diezmos de Dios. Enaltecimiento de la suerte frente a la muerte, ruptura de la concatenación, burla a la condenación.

El Gordo cae como una bomba sobre el corazón del sistema teologal. El Gordo es obra del Diablo y el Niño todavía más, aunque residualmente.

Quien quiera, por tanto, seguir creyendo que en la actualidad el Gordo de Navidad y el sorteo del Niño en el nuevo año como simple complemento de las fiestas no ha meditado todavía sobre la catadura de su soberana significación.

Vicente Verdú. Corrientes y desahogos. El País, 27/12/2014

 

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Las apariencias engañan... o no.
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