El canto de las sirenas (XXIV) – De aquella otra frase, estos prejuicios

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     Querido Beethoven!

Va usted a Viena para realizar un deseo expresado hace ya tiempo. El genio de Mozart todavía está de luto y llora la muerte de su discípulo. Encuentra un refugio, aunque no su plenitud, en el inagotable Haydn. A través de él desea todavía unirse a alguien. Con su incesante aplicación, reciba de las manos de Haydn el espíritu de Mozart.

Bonn, 29 de octubre de 1792.                                                         Su sincero amigo, Waldstein

Una frase que ha dañado sobremanera la reputación de Haydn es la que se atribuye al conde Waldstein al aconsejar a Ludwig van Beethoven que Haydn fuese su maestro. Le dijo a Beethoven que de este modo “se le entregaría el espíritu de Mozart en las manos de Haydn”. Ese comentario decía de forma implícita que Joseph Haydn carecía de espíritu, o que era tan sólo un vehículo, un go between: simple cauce que facilitaba la migración del espíritu, que podía así transferirse de Mozart a Beethoven. Pocas frases ha habido más dañinas para la valoración de un artista.

La estima de la obra de Haydn no ofrecía paliativos para ese siglo romántico antitético con todo lo que este músico pudiese representar. Sus estupendas misas se rechazaban porque se las juzgaba excesivamente alegres y rumbosas, como si el drama de la cruz no admitiese efusiones de ritmos al tres por cuatro cercanos al minuetto o al Ländler (anticipos del vals vienés).

Quoniam tu solus sanctus. Misa de Santa Cecilia, Hob 22/5. Lucy Crowe. Les Musiciens du Louvre, Marc Minkowski

Una mezcla de prejuicios protestantes procedentes del norte de Alemania y de la devotio moderna del nazarenismo romántico -tendente a un atrabiliario retorno a un gregoriano fantaseado, o a su recreación contrarreformista- fue responsable del desgarramiento de vestiduras que se promovió contra las creaciones religiosas del último Haydn.

Puede advertirse una misma combinación de incomprensión y desidia, desde el romanticismo en adelante, con La Creación y con Las Estaciones, como si toda la sustancia espiritual de esos oratorios se evaporase en los múltiples detalles pintorescos que salpican su impecable argumentación musical y dramática, y que son el necesario condimento (pero no la sustancia preponderante). Todo ese ingente trabajo musical, formal, al servicio de ideas dramáticas y existenciales poderosas, queda arruinado con el veredicto implacable de Tonmalerei, pintura tonal, que en términos despectivos sirvió de suficiente y definitivo soporte al juicio sumario que recayó sobre esas obras magistrales.

La Primavera (Las Estaciones). Ida Falk Winland, Yves Saelens, Birger Radde. Octopus Symphony Chorus. Le Concert d’Anvers, Bart Van Reyn

Se aceptaba la Sinfonía Pastoral de Beethoven como patrón musical que Hector Berlioz ecovaba y emulaba en la escena idílica y campestre de su Sinfonía Fantástica, al tiempo que se rechazaba sin paliativos el fresco y sincero acercamiento al mundo rural perceptible en esos oratorios de Haydn, y que atraviesa como un vendaval de espíritu popular todas sus últimas sinfonías. Desde Berlioz y Schumann esa incomprensión respecto a ambos oratorios ha arraigado entre muchos de los que gozan de las sinfonías y de los cuartetos haydnianos.

Quizá no ha llegado aún la hora de la recuperación cabal de este músico. Esa hora habría podido ser el neoclasicismo ambiental del período de entreguerras; pero era demasiado nostálgico de aspectos tópicos de la galantería dieciochesca para poder comprender y gozar el abierto rusticismo haydniano como una variante del “retorno a la naturaleza” de Jean-Jacques Rousseau, un poco al modo del “majismo” goyesco tan bien analizado por Ortega y Gasset.

El neoclasicismo se encontró con el Mozart elegante y aristocrático, tanto en su versión Richard Strauss (El Caballero de la Rosa), como bastante tiempo después, en la forma de Ígor Stravinski (La Carrera del Libertino), pero no con la simbiosis de sabiduría musical y afición por aires y tonadillas populares que se descubre sobre todo en el último Haydn.

Finale spiritoso.  Sinfonía nº 104. Orquestra Vigo 430, Alejandro Garrido.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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4 respuestas a El canto de las sirenas (XXIV) – De aquella otra frase, estos prejuicios

  1. Ângels dijo:

    Para amigos como estos, !no hacen falta enemigos! . U.A.y adióoooooo. 😦

  2. Josep Olivé dijo:

    Ya comenté, largamente, en una entrada anterior dedicada a Haydn, mi parecer acerca del olvido de su obra. Pero bueno, pienso que Eugenio Trias, de vez en cuando, toma las curvas un poco como derrapando. En primer lugar, ya tenemos, hace años, una auténtica “renaissance” musical de Haydn. Se interpretan abundantemente sus sinfonías (pero claro, tiene tantas!). Su precioso concierto para piano en Re es de repertorio de cualquier pianista de prestigio, y sus cuartetos se interpretan con regularidad en todas las salas de cámara. Su oratoprio “La creación” puede ser escuchado en cualquier sala de conciertos y forma parte regular de su programación. No tanto “Las estaciones” o “La siete palabras…”, pero sin duda que también forman parte del repertorio. Esta académicamente demostrado que se trata del padre de la forma sinfónica y del cuarteto. Tan solo no se representan sus óperas, siendo “Il mondo de la luna” la única que podemos escuchar por estos mundos. ¿Y qué decir de sus sonatas para piano? ¡Se ejecutan más que nunca! Un monstruo como Richter las tuvo de cabecera en su última época. Que un artista como éste, en su madurez más reflexiva y trascendente, opte por ofrecer en sus conciertos (y grabar) sonatas de Haydn ya nos debería decir alguna cosa en positivo. Y en segundo lugar, no alcanzo a entender el tono peyorativo de la frase atribuida a Waldstein. Cuando a alguien que muestra una inteligencia innata, alguien al que se le intuye un talento prodigioso, se le indica quién puede ser su maestro, no debería entenderse como una formidable consideración de las cualidades del maestro?

    • José Luis dijo:

      No culpes a Trías, porque me parece que es al extractar su texto cuando la insistencia en el olvido a Haydn resulta excesiva. Y, a pesar de que coincido contigo en que ahora ya no es lo mismo, un empujoncito a sus sinfonías aún vendría bien.

      En lo otro no acabo de entenderte. Trías deja claro que Waldstein considera a Haydn un mero transmisor del genio de Mozart, no un maestro con valores propios

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