Mandatos (y victorias aplastantes)

50 60

…los políticos catalanes han sido pioneros en el uso y abuso de una palabra que solía estar ausente de la política de nuestro país y que delata como peligroso y autoritario a quien se vale de ella, del mismo modo que la fórmula “compañeros y compañeras”, “españoles y españolas”, etc, delata sin excepción a un farsante. La palabra es “mandato”. “Hemos recibido el mandato claro y democrático”, se han hartado de repetir Mas, Junqueras y compañía … para referirse a ese 47% que era todo menos claro y democrático. Pues bien, el detestable vocablo está ya en boca de todos, con notable predilección por parte de Iglesias y Sánchez. ¿Y quién emite ese “mandato”? El pueblo, claro está, que todo lo santifica. Precisamente en las elecciones democráticas no hay “mandatos” homogéneos, término dictador y temible donde los haya. La gente suele votar lo que le parece menos malo, nada más; con mediano o nulo entusiasmo, con el ánimo dividido y con fisuras, aprobando algunas medidas y desaprobando otras, dispuesta a vigilar a los gobernantes elegidos. La utilización de esa palabra es una burda forma de dotarse de manos libres y decir: “Lo que queremos hacer, el pueblo nos lo ha mandado; sólo somos el instrumento de una voluntad superior que, eso sí, nos toca a nosotros interpretar; luego haremos lo que nos venga en gana, porque en realidad nos limitamos a cumplir órdenes de la mayoría o de nuestra minoría particular (que es la que cuenta), tanto da”. En el caso de la CUP y de Podemos la cosa va aún más lejos: son asambleístas o proponen hacer referéndums continuos (bien teledirigidos, claro está), para reafirmar y reclamar ese “mandato” cada dos por tres. Uno se pregunta para qué quieren entonces gobernar, ya que esto siempre ha consistido en tomar decisiones, a veces impopulares si hace falta, y en tener mayor visión que el común de los ciudadanos, a los que no se puede “consultar” sin cesar. No les quepa duda: la apelación al “mandato” no es sino el anuncio de que quien emplea el término va a mandar “sin complejos”, como gustaba de decir Aznar por “sin escrúpulos”, con imposición y arbitrariedad.
Javier Marías. Mandato y arrepentimiento. El Pais semanal, 10/1/2016

Y moriremos de tanta mentira. Aunque haya quien proclame victorias con un 47% y hasta un 20% de los votos, “y lo asombroso es que aquí cuelan y convencen las mayores inverosimilitudes, las mayores negaciones de la aritmética y de la realidad”, cuando dos posturas empatan, es que la sociedad está dividida. Pero basta con que uno de cada diez votantes cambie de opinión y el 50-50 pase a 60-40, para que se hable unánimemente de victoria aplastante y se obtengan mayorías absolutas que gobiernan sin que nadie les tosa. Alguien ha de mandar y hay que ir en uno u otro sentido, pero que no nos mientan hablando de mandatos divinos ni humanos, ni con ese 60% que ya quisieran. Un indeciso habría decidido, eso es todo. Y hasta la próxima.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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2 respuestas a Mandatos (y victorias aplastantes)

  1. Josep Olivé dijo:

    Hay más aún. Quienes están por ejecutar el “mandato democrático” fueron precisamente quienes proclamaron como plebiscitarias unas elecciones. Por tanto, es el resultado consecuencia del plebiscito lo que, en todo caso, debería considerarse como “mandato”, digo yo. Pero no, como se perdió (los números no se pueden manipular, las palabras sí) entonces vale mayoria parlamentaria. Pero entonces, si es mayoria parlamentaria y no plebiscitaria no es de recibo crear o modificar leyes sin amplios consensos que van más allá de una mayoría absoluta que nadie alcanzó. Pero bueno, Más ya lo ha dicho bien claro: “Hemos corregido en los despachos lo que no nos dieron las urnas”. Si es capaz de decir esta barbaridad que no hará con los “mandatos”. Javier Marías lúcido.

    • José Luis dijo:

      Sigo más irritado por los medios que por los fines. Y no sólo en Cataluña. Se nos llena la boca de la palabra democracia, y en vez de fortalecerla la debilitamos. Allanando el camino a lo que puede venir tras el próximo desencanto.

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