Hiriendo el amor propio de Tchaikovsky

Burt Simpson Pianista.gif

Toqué el primer movimiento. ¡Ni una sola palabra, ni un solo comentario! ¡Si supieras qué estúpida e intolerable resulta la situación de alguien que cocina un plato para un amigo y ve cómo se lo come en silencio! Ah, una palabra, una crítica amable, pero ¡por amor de Dios, al menos una palabra de simpatía, ya que no de alabanza!. Rubinstein estaba fraguando su ataque y Hubert aguardaba a ver lo que pasaba y a que hubiera una razón para inclinarse hacia uno u otro lado. Yo no quería de ningún modo opiniones referentes al aspecto artístico. Necesitaba observaciones sobre la técnica pianística. El elocuente silencio de R era muy significativo. Parecía estar diciendo: “Amigo mío, ¿cómo puedo hablar de detalles cuando el todo me disgusta?” Me armé de paciencia y toqué hasta el final. De nuevo silencio. Me puse de pie y pregunté: “¿Y bien?” Entonces, surgió un torrente de la boca de Nikolay Grigoryevich, suave al principio, luego creciendo más y más hasta convertirse en el sonido de un Júpiter Tonante. Resultó que mi concierto no valía nada y era imposible de interpretar; tenía pasajes tan fragmentados, tan torpes, tan mal escritos que era imposible arreglarlos; la obra en sí era mala, vulgar; en algunos sitios había copiado de otros compositores; sólo había dos o tres páginas que valía la pena preservar; el resto debía ser desechado o completamente reescrito. “Aquí, por ejemplo, esto, ¿qué es todo eso?” (caricaturizando mi música en el piano) “¿Y esto? ¿Cómo podría nadie …”, etc., etc. Lo peor de todo, que no puedo reproducir, es el tono en que pronunciaba esto. En una palabra, un testigo imparcial en aquel lugar, podría haber pensado que yo era un maníaco, un insensato aficionado que había venido a presentar su basura a un músico eminente. Hubert había advertido mi obstinado silencio, y se hallaba asombrado y sorprendido de que estuviesen propinando tal bronca a alguien que ya había escrito muchas obras y había dado un curso de composición libre en el Conservatorio, de que tan despectivo juicio cayera sobre él sin apelación -un juicio como usted no pronunciaría ante un alumno con el más mínimo talento que hubiese descuidado alguno de sus deberes- y se puso a explicar el juicio de NG, sin rectificarle en lo más mínimo sino solo suavizando lo que Su Excelencia había expresado con tan poca ceremonia.
Yo no estaba sólo asombrado, sino también indignado por toda la escena. Ya no soy un niño buscando ayuda para componer, y ya no necesito lecciones de nadie, sobre todo cuando se dan de forma tan ruda y hostil. Necesito y necesitaré siempre crítica constructiva, pero allí no había nada parecido a una crítica constructiva. Fue una reprobación resueltamente indiscriminada que logró herirme en lo más vivo. Salí de la habitación sin decir palabra y me fui escaleras arriba. En mi estado de agitación y furia no podía decir ni una palabra. Inmediatamente R. me siguió, y viendo lo molesto que estaba, me llevó a una de las salas más alejadas. Allí repitió que mi concierto era imposible, señalando los muchos lugares en los que tendría que ser completamente revisado, y dijo que si en un breve plazo de tiempo lo reescribía de acuerdo a sus demandas, entonces me haría el honor de tocar la cosa en un recital suyo. “No voy a cambiar una sola nota”, le contesté, “¡Voy a publicar la obra tal y como está!” Y eso hice.

“R” y “NG” eran Nikolay Grigoryevich Rubinstein, compositor y pianista famoso (menos que su hermano Antón y nada que ver con el polaco y posterior Arthur Rubinstein), amigo a pesar de todo de Tchaikovsky y quien debía estrenar el concierto. Hubert era Nikolay Hubert, otro músico profesor y amigo que sucedería a Nikolay Rubenstein como director del conservatorio de Moscú. Y fue ese conservatorio el lugar en el que tuvo lugar la escena recordada por Tchaikovsky años después en la carta remitida a su mecenas Nadezhda von Meck. Para entonces, el concierto ya había sido triunfalmente estrenado por Hans von Bülow en Boston y los mejores pianistas europeos lo incorporaban a su repertorio. Pero ni entonces ni mucho menos tras el rapapolvo de Rubinstein, podía Tchaikovsky imaginar que su obra iba a convertirse, para bien y para mal, en el paradigma del romanticismo, que el tema introductorio serviría para un acaramelado bailable (Freddy Martin en Calle 44)

para enfatizar la indiferencia ante un teatral falso suicidio (Harold y Maude)

o para rematar una peculiar biografía suya (Monty Phyton).

Aunque, a veces, el concierto también se escucha dónde y como es debido, y Tchaikovsky puede descansar en paz.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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3 respuestas a Hiriendo el amor propio de Tchaikovsky

  1. Pingback: Tchaikovsky: Concierto para piano y orquesta nº 1 | Conciertos en el Auditorio Miguel Delibes

  2. Josep Olivé dijo:

    Muy conocida la “bronca”. Al principio me he hecho un lio con el texto, pensando que R y NG eran dos personas distintas, cuando yo estaba convencido que la severa, desmesurada y desagradable crítica venía de (y solo de) R. Y efectivamente así és, ya que R és también NGR. ¿Digo bien, no? Suerte que tu mismo me lo has aclarado. Pero bueno, yo creo que algo de razón tenía la letra R. Porque siempre me ha parecido que en su primer movimiento este concierto es muy disperso, no sigue una línea discursiva lógica, ideas hay bastantes, muchas, pero mal conectadas. Me recuerda al segundo de Listz en cuanto al desbarajuste temático. Ahora bien, qué ocurre? Pues que el potencial romántico del tema inicial es impresionante y engancha de qué manera, pero fíjate como se va diluyendo a lo largo del movimiento y como otros temas parecen inconexos y sin apenas reexposiciones. Por qué es tan célebre? Por su enorme espectacularidad, y porque su tema principal es genial e impactante. Pero también lo es el Emperador y caramba, que nivelazo en la forma concertante! Por lo que respecta al segundo movimiento es la joya de la corona. Joya absoluta. La transición del tema de la flauta al delicado inicio del piano es la joya diamantina del concierto. Y el tercer movimiento claro, la explosión romántica. Conclusión, me gustan muchísimo estos dos movimientos y le doy algo de razón a la letra R por lo que respecta al primero, aunque hay que ver como se “pasó”, pobre Tchaikovsky, y eso que se lo dedicó…o dedicaba. Es tan brutal la fama de este concierto que deja en el olvido más injusto a su segundo concierto en sol mayor. Por último, de auténtico reclinatorio el youtube con Pletnev. Impresionante! Que fantástico que és éste pianista!

    • José Luis dijo:

      Comentario con categoria de post. Muy de acuerdo ya con la valoración del segundo movimiento, pero no recuerdo haber oido nunca en directo este concierto, veremos que sucede. Y, no es que me vaya a poner yo de patrón oro, pero imáginate la razón que tienes con lo del segundo: Creo que no lo he escuchado nunca.🙄

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