A propósito de aquel sonado estreno de La consagración de la primavera

Stravinsky Riot

El público lanzando sombreros y programas contra el escenario, Dhiagilev encendiendo y apagando las luces por si eso servía para detener la pelea que enfrentaba también a la audiencia, Nijinsky marcando desde las bambalinas los pasos a sus bailarines, incapaces de seguir a la orquesta en medio del estruendo,  y Monteux dirigiendo impertérrito hasta el final, mientras Stravinsky, enfurecido, se preguntaba por las razones por las que podía rechazarse su música sin haberla escuchado apenas.

El escándalo en el estreno de La consagración de la primavera es uno de los ejemplos más utilizados para criticar el conservadurismo del público. Pero para servir a ese fin, se omiten datos importantes. Cierto que Stravinsky escuchó risas y burlas desde los primeros compases del preludio, pero la sala no empezó a entrar en ebullición hasta que empezó el baile. Y cuando la obra se presentó un año después en concierto, el compositor salió a hombros. Puede que la coreografía de Nijinsky fuese aun más rompedora, desconcertante Rite Springy expuesta al ridículo que la música de Stravinsky, y, de hecho, fue el principal objeto de las chanzas del público, que llegó a pedir a gritos la presencia de un dentista para atender a esas vírgenes que apoyaban la mejilla en la palma de la mano. O puede que la música suscite menos fanatismos que la danza, o que su público esté mejor dispuesto ante las novedades. En cualquier caso, si hubo pelea entre la audiencia, fue porque no todos  rechazaban la obra (aunque, todo hay que decirlo, Dhiagilev, escaldado con el Preludio a la siesta de un fauno, había contratado una claque, tan entusiasta que solo sirvió para enardecer los ánimos.)

Stravinsky riot 3

Pocos años después, Disney se interesaba por la obra, y en 1940, niños y menos niños de todo el mundo, se sobrecogían ante la cacería de aquel dinosaurio y con la música que acompañaba su ferocidad.

Y nadie por aquí pateó la escena ni los niños pensamos que esa música fuera mala, aunque sólo las coplas y algunas zarzuelas hubiesen educado nuestros oídos.

Todo lo cual sirve para apuntalar la confianza en la propia capacidad de discernimiento ante los argumentos históricos, ante el recurso a aquella carta en que los padres romanos se quejaban ya de sus adolescentes para cuestionar cualquier crítica a su comportamiento, al caso de Galileo para defender la homeopatía y otras zarandajas, o al de La consagración de la primavera para colar cualquier novedad que, no por serlo, ha de ser necesariamente buena.

Tampoco es que sea tan importante hacer coincidir las calificaciones con los propios gustos, pero hay que reivindicar el valor de la opinión de los aficionados que controlan razonablemente los prejuicios y se muestran interesados en explorar nuevos caminos. Otra cosa es que los compositores tiren demasiado de la cuerda y el público quede descolgado. Y por eso, cuando el público dice no, todavía hay que oír a los profesionales.

En el ensayo general de La consagración de la Primavera,  con Debussy y Ravel entre los invitados, no se formó el menor revuelo. Tampoco es muy probable que esta semana lo haya en Valladolid, cuando  el maestro Eliahu Inbal dirija a la OSCyL interpretando esta sensacional obra.

Stravinsky Riot 2

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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