El Canto de las Sirenas (XXX) – Tres excepcionales introducciones de Haydn

Todas las introducciones lentas compuestas por Haydn durante su segundo viaje a Londres son excepcionales. Culminan con la evocación, en cansina marcha fú­nebre, no exenta de larvada ironía, de un Dies irae, dies illa perfectamente reconocible, pero solapado y camuflado: el que inaugura, tras el sorprendente redoble de tambores, la Sinfonía n.° 103, en un tono tétrico y atosigante que, sin em­bargo, es exorcizado al sobrevenir, con su carácter saltarín, el allegro vivace que le sigue; ya en los inicios del desarrollo parece de nuevo asomar ese amenazante comienzo, que ter­minará irrumpiendo de manera insospechada, suscitando de ese modo una conexión entre la introducción y el allegro de gran importancia para el futuro de las formas sinfónicas.


¿Una premonición, quizá, de aquel oratorio final que dejó Haydn sin escribir, y que debía cerrar el ciclo con el que cul­minó su labor sinfónica y camerística, comentando el relato entero de la religión cristiana, desde la Creación hasta el Apocalipsis? Tal oratorio, que no pudo llevar a cabo, debía ser El Juicio Final.

Otro caso sería el de la sinfonía El reloj.  Esta sinfonía responde (por una vez) a su denominación, siempre que se sepa comprender toda la complejidad que destila el símbolo del reloj, o se piense no sólo en sus formas más domésticas y próximas, o familiares, sino también en sus modalidades monumentales, y sobre todo en la inexorabilidad con la que va marcando, con las horas, el destino (sin que se pierda nunca de vista, y ése es su lado humorístico, su carácter mecánico, y hasta obsesivo y machacón), idea que,  comentada a lo largo de toda la sinfonía, es plasmada en su máxima rotundidad en el juego de contras­tes tímbricos y orquestales del segundo movimiento.

Pero, como si anticipase la sabia comunidad de humor y angustia dilatada que supo gestionar en el arte cinematográfico Alfred Hitchcock, el humor de buena ley de este movimiento se infiltra en una página de verdadero suspense: el adagio introductorio, con una indeterminación tonal y me­lódica que parece augurar escenarios inquietantes,  el augurio de un relato de Edgar Allan Poe (El pozo y el péndulo, quizás; o ese Diablo en el campanario que Claude Debussy quiso con­vertir en ópera, sin llevar a efecto su intención).

Pura indeterminación tonal y temática; apenas se puede re­conocer la melodía; no hay tema. Parece una página post-wagneriana. Nada que ver con lo que terminará siendo su pieza más célebre dentro de estos magníficos prólogos, o in­troitos: la célebre «representación del caos» del oratorio La Creación. En éste se advierte la puja y porfía por existir de fuerzas matriciales, potenciales,

a punto de poseer palabra y voz a través del impresionante susurro del coro inicial, relativo al fíat lux, y que culmina con el más escenográfico y dramatúrgico recurso que puede imaginarse: el tutti orquestal en el que se pronuncia, en elevadísima tonalidad, la palabra Licht, Luz, una vez que ésta ha sido creada.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.

Acerca de José Luis

Las apariencias engañan... o no.
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