De grabaciones descatalogadas (4) – Lieder de Mozart por Fischer-Dieskau y Barenboim

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Fischer-Dieskau rondaba el medio siglo pero Barenboim solo tenía treinta años y ya llevaba unos cuantos trabajando con el barítono alemán cuando, en 1972, grabaron esta colección con la mitad de los 30 lieder atribuidos a Mozart. Ciertamente no es éste el género por el que el músico de Salzburgo pasaría a la posteridad, pero además de algunas incuestionables joyas y de su siempre reconocible genio, no puede negarse que su aportación también allanó el camino que llevaría a Schubert. En este sentido opina el musicólogo que firma los comentarios del disco, Philippe Andriot:

Mozart, que jamás pretende alterar la apariencia exterior de la música, que nunca pretende hacer “otra cosa”, ¿tiene conciencia de la importancia de sus pasos? ¿Sabe que está insuflando su genio a una forma todavía balbuceante, pero que, cuando él haya desparecido, adquirirá la extraordinaria importancia reconocida por las siguientes generaciones, hasta llegar a ser la expresión quintaesenciada del romanticismo? Alfred Einstein hace la pregunta: ¿los lieder de Mozart son “lieder alemanes propiamente dichos?” ¿Se encuentra en ellos esa misteriosa comunión entre un texto poético y una música que lo transfigura traduciendo su alma más profunda, tal como Schubert la conocerá? Cuestión delicada a la que hay que cuidarse de responder demasiado deprisa. Es evidente que Mozart apenas encuentra en su camino grandes poetas: exceptuando solamente uno (un encuentro fortuito!), generalmente no da vida más que a textos menores, poco dignos de su respeto, con los que, de ese modo, se siente absolutamente libre y sin ataduras. Todavía cerca de Gluck y de Haydn, atento al savoir-faire de los alemanes del norte, pero también profundamente influido por los italianos, no busca limitarse a un estilo “alemán” y su lied será en ocasiones italianizante e incluso a veces un poco francés. Por último el piano, con escasas excepciones, estará todavía netamente constreñido por los hábitos del aria de concierto; los sortilegios románticos todavía no habrán liberado las pujanzas expresionistas encerradas en sus cuerdas.

El “encuentro fortuito” al que se refiere el comentarista es el de Das veilchen (La violeta), un poema de Goethe que Mozart halló en una recopilación en la que era atribuido a un poeta alemán apellidado Gleim. Esta es una canción muy bonita que para muchos preludia a Schubert, pero que en la versión de este disco resulta muy sosa e inferior a las que aparecieron hace años por aquí. De modo que mi selección no empieza por ella, sino por una brevísima vieja conocida, Gesellenreise (El viaje de los compañeros), un canto masónico que Mozart compuso muy poco después de adherirse a esa institución para acompañar el rito del ascenso al segundo grado y que no suele faltar en las grabaciones dedicadas a su música masónica

Gesellenreise (El viaje de los compañeros)
Joseph von Ratschky
Die ihr einem neuen Grade / Vosotros que a un nuevo grado
Der Erkenntnis nun euch naht, / Os estáis acercando ahora,
Wandert fest auf eurem Pfade, / Seguid firmemente vuestro camino,
Wißt, es ist der Weisheit Pfad. / Sabedlo, es el camino de la sabiduría.
Nur der unverdroßne Mann / Sólo el hombre perseverante
Mag dem Quell des Lichts sich nah’n. / Puede acercarse a la fuente de la luz

A propósito de la siguiente, el citado musicólogo escribe esto:

El año 1787, el de Don Giovanni, es uno de los períodos cruciales de la evolución psicológica de Mozart. Es uno de esos raros momentos en los que los acontecimientos de su vida, habitualmente sin resonancia directa en su obra, modifican su inspiración y llenan la expresión de un cierto romanticismo. En el punto culminante de esta crisis, la presencia de la muerte, certificada por Don Giovanni, pero también por páginas mucho más modestas, parece la influencia dominante. Casi contemporáneo del sombrío Quinteto en sol menor, el Lied der Trennung (Canto de la separación), en Fa menor, nos entrega un dolor que llega a la angustia. El estilo es considerablemente expandido, la melodía alcanza una anchura impresionante, y cuando la tercera estrofa pasa a mayor, se percibe un estallido en el estrecho marco del lied estrófico. Este dolor rechaza ser mediocremente humano y adquiere una dimensión que transfigura totalmente la sentimentalidad del poema.

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Es interesante la adaptación  que, aprovechando su potencial dramático, ha hecho el saxofonista Raphäel Imbert de esta canción, llevándola a territorios de Weill y Brecht.

Pero para Alexander  Ulybyshev, el noble ruso  biógrafo y enamorado de Mozart, “la perla, el diamante, la joya inestimable de la colección” es  Abendenmpfindung (Sensaciones del atardecer), cuya música parece evocar “el retorno que el hombre emprende hacia sí mismo al ver los objetos desvanecerse poco a poco en las sombras del crepúsculo, imagen de esas otras sombras en las que la vida debe desaparecer igualmente”,

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maravilloso también y quizás más cálido en esta interpretación del tenor Christoph Pregardien, el gran Evangelista de tantas pasiones de Bach.

Y por acabar con algo más alegremente mozartiano, la composición que cierra el disco, An Chloë (Para Cloe), el irresistible canto de un enamorado feliz, más próximo desde luego a las óperas de Mozart (a Fígaro le iría muy bien) que a los lieder románticos,

 An Chloë (Para Cloe)
Johann Georg Jacobi
Wenn die Lieb’ aus deinen blauen,
hellen, offnen Augen sieht,
und vor Lust hinein zu schauen
mir’s im Herzen klopft und glüht;
und ich halte dich und küße
deine Rosenwangen warm,
liebes Mädchen, und ich schließe
zitternd dich in meinem Arm,
Mädchen, Mädchen, und ich drücke
dich an meinen Busen fest,
der im letzten Augenblicke
sterbend nur dich von sich läßt;
den berauschten Blick umschattet
eine düstre Wolke mir,
und ich sitze dann ermattet,
aber selig neben dir.
Cuando el amor en tus azules
y transparentes ojos brilla,
y el placer de sumergir en ellos mi mirada
hace latir y consumirse mi corazón;
y te abrazo y beso
tus cálidas y sonrosadas mejillas,
amada niña, mientras te estrecho
temblorosa entre mis brazos,
niña, niña mía, y te aprieto
fuertemente contra mi pecho,
que sólo en el último instante,
muriendo, se separaría de ti;
mi fascinada mirada se ensombrece
por un oscuro nubarrón,
y entonces tomo asiento, exhausto,
pero feliz a tu lado.

y que canta también estupendamente la soprano Sumi Jo:

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Las apariencias no engañan
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