El canto de las sirenas (XXXV) – La otra cara de Haydn

Haydn Jano

Joseph Haydn, como muchos de sus contemporáneos, posee una naturaleza jánica. Muy anclado en su mundo, un mun­do al parecer sólido, inconmovible, con grandes raíces an­cestrales, muy Ancien Régime, experimenta de pronto la gran llamada que genera el Acontecimiento. Debe resaltarse el ace­lerador objetivo que para toda una generación debió de ser el eco de lo que sucedía en Francia, y antes ya en Nueva In­glaterra. De pronto, las vidas de los protagonistas del siglo se aceleran; se vuelven vidas termodinámicas.

Se habite en la extrema y aislada ciudad de Kónigsberg, o en la Viena finisecular; se viva en el acomodo a un régimen de existencia extraordinariamente reglamentado a las condi­ciones de soltería del gran filósofo prusiano, o en la discipli­na del mundo neofeudal y despótico del príncipe magnífico Nicolás I Esterházy (o en la desventurada y aleatoria exis­tencia de freelance emancipado en que malvivía Wolfgang Amadeus Mozart), el Evento les pilló a todos en condiciones de cambio y ruptura en sus propios estilos de creación: gran aventura crítica kantiana, estallido creador haydniano «años ochenta», Spätstil o estilo tardío de los tres últimos años de Mozart.

Joseph Haydn no fue insensible a ese clamor, y a ese de­sencaje histórico. De pronto su vida se acelera, dibujando un perfil ambiguo, jánico, que finalmente prevalecerá, y que también descubrimos en los mejores de sus contemporáneos. Sobre todo en Kant, que coincide generacionalmente de for­ma ajustadísima con Haydn, desde el comienzo hasta el fi­nal. Pues no debe olvidarse que Mozart era de una generación posterior, bastante más joven: más próximo a lo que terminaría por configurar la gran generación de los «napoleónidas» (Fichte, Schelling, Hegel, Beethoven).

El problema de Haydn consistió en que el romanticismo triunfante, desde Berlioz y Schumann, percibió en Mozart, en Beethoven, o en Schubert, a sus héroes particulares, o has­ta sus santos: víctimas del Ancien Régime, o doblegadores del destino de servidumbre que éste imponía. En todos ellos veía esa generación particularmente mitómana y propensa a la entronización de héroes y de santos, o a la fabulación hagiográfica, aquellos prometeos o titanes que habían sido capa­ces de revolucionar sus respectivos ámbitos de creación.

Todos ellos habían logrado consumar sin titubeo ni do­blez el verdadero «giro copernicano»: el que conduce del dog­matismo al criticismo, del objeto al sujeto, de la cosa al yo, de la regla a la creación original. Y en todos ellos era el dolor, y la expresión conmovida de los aspectos demoníacos y trági­cos de la existencia, lo que daba prueba expiatoria y sacrificial de la calidad artística de sus revolucionarias proezas.

Esa generación advirtió esos caracteres en Mozart (…), en Franz Schubert, al que se le iba descubriendo a medida que se reencontraba su ingente producción perdida, diseminada por los cajones de familia­res y amigos. Y desde luego en el Beethoven del estilo heroi­co. Pero no se pudo, supo o quiso advertir nada que pudiese parecer interesante -en esos términos señalados- en Joseph Haydn, que (…) quedó fijado por esa generación romántica en ese mundo que él también -de ahí su natural jánico- supuso es­table, guiado por el curso de las edades de la vida, por el rit­mo en microcosmos de los tres grandes momentos del día -mañana, mediodía, atardecer- o por los cuatro grandes «cuadrantes» del curso estacional. 

El extraordinario dinamismo de su obra, especialmente el que estalla a partir de las sinfonías de París, o de los cuarte­tos finales, o en los oratorios y misas del último período, y que da forma musical a una de las más verdaderas de todas las ideas filosóficas, la idea del ser como energía, eso no fue capaz de conmover a una generación cuya idée fixe consistió en concebir la resonancia de la naturaleza en el sentimiento del sujeto como tema fundamental, o que sólo comprendió ese despliegue de energía radiante al servicio del beethoveniano estilo heroico, siempre bajo la forma de la oposición temática y de la contraposición «dialéctica» de temas heroi­cos y líricos.

______________________________________________________________

Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.
Anuncios

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
Esta entrada fue publicada en El canto de las sirenas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s