Unos deliciosos cafés

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Frescura, simpatía, gracia, agudeza, sensibilidad, y también mucho que decir, no sólo de música. Todo eso es lo que hace de Los cafés de la orquesta una agradabilísima y muy interesante lectura que hubiese enorgullecido al mismo autor de Les soirées de l’orchestre,  el modelo estructural de este Segundo premio de narrativa Fray Luis de León de 2016 con el que Enrique García Revilla, empeñado en reivindicar la obra de Berlioz, sigue también su estela literaria.

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Catorce cafés en torno a los que conversan y se turnan en sucesivas narraciones los músicos de una orquesta sinfónica, como podría ser la de Burgos a la que pertenece el autor, y que, por ejemplo, postulan una hermosa y nada desdeñable hipótesis acerca del enigma de las Variaciones de Elgar y opinan luego sobre las distintas versiones acerca de la muerte de Tchaikovsky, o se ríen con la divertida historia de un divo tan presuntuoso como nefasto mientras van retratando también al público, porque, con mucho cariño y muy buen humor, no dejan títere con cabeza, ni siquiera entre ellos mismos. Aunque también rinden homenaje a sus maestros y a tantos anónimos profesionales y aficionados que han sabido vivir y transmitir el gozo y la emoción de la música. Pero no todo es música en el mundo de los músicos. A propósito y tras unos comentarios sobre la música contemporánea, nos encontramos una imaginativa historia futurista. Y una desternillante pero muy certera crítica a las reuniones de equipo, y, en el último café, una poética historia sugerida por la Canción del amor dolido de Falla, tras la que el autor se despide con un epílogo, Quasi una cadenza, dedicado a sus compañeros de orquesta.

Mención aparte para los tres cafés consumidos con “El asesinato del tosedor de conciertos”, una delirante y genial sátira en la que, mezclando, como hace en toda la obra, nombres ficticios con otros muy reales y bien conocidos por más de uno de los visitantes de esta casa, y demostrando unos amplios (e inquietantes) conocimientos criminológicos, analiza muy agudamente los sentimientos que despiertan las toses y los variados ruidos y comportamientos del público que exasperan a los aficionados, no siempre libres de esa misma u otras culpas. Un divertidísimo thriller policíaco narrado con enorme habilidad, del que vale la pena anticipar unos párrafos.

Estamos en un auditorio. Al lado del melómano protagonista y victima de la historia, dispuesto a gozar de una Quinta de Tchaikovsky con Gergiev, ha ido a sentarse la crítico musical de una revista especializada, abundantemente perfumada para la ocasión. Empieza la música, y el futuro terrorista de la tos empieza a emocionarse…

…sus ojos ya estaban cubiertos de lágrimas silenciosas y su percepción del mundo extramusical había dejado de funcionar cuando, antes de acabar el primer movimiento, un encadenamiento de ruiditos le descabalgó de su ensimismamiento. La musicóloga del perfume apuntaba con un bolígrafo en una pequeña libreta de la que pasaba hojas sin preocuparse del ruido que estas producían. A su vez, la punta del maldito bolígrafo, que tenía una ligera holgura, golpeaba descaradamente el papel con el consiguiente ruido. Pero el peor de todos, el que había devuelto al héroe al ruidoso planeta Tierra, era el que aquella individua producía con el pulsador del mecanismo de apertura de su endemoniado instrumento de tortura. Ruido, ruido y más ruido. Pulsaba, escribía, pulsaba, volvía a pulsar, página viene, página va.

    -¿Pero es que no eres capaz de sentir algo, indigna arpía? -pensó Joaquín- ¡Deja de escribir y escucha, inútil!

    El resto de la sinfonía, otros cuarenta y cinco minutos, fue un calvario infame para él. Cada vez que aquella gorgona apretaba el pulsador sin recato, el odio crecía exponencialmente en su interior. Los solos de trompa y del viento madera del segundo movimiento pasaron como unos deslavados cantos de sirena a los que se odia por no poder unirse a ellos. Si durante unos minutos no se producía ningún click su ánimo parecía atemperarse, pero “click”, siempre, “click”, sin remedio, volvía a aparecer, “click-clack”, resonando en su cerebro como si el maligno estuviese forjando a martillazos en su cerebelo la espada con la que asesinar a la insustancial mujer que había tenido la mala fortuna de ir a sentarse a su lado aquella noche.

    Joaquín H. iba a cometer un asesinato, que a partir del tempo di valse del tercer movimiento, podía considerarse premeditado. Esperaría a uno de los fortísimos del movimiento final para hincar su propia estilográfica, previamente desenfundada, en la garganta de aquel ser despreciable. Caviló la posibilidad de escapar dejando allí el cadáver para que alguien lo encontrase. Podría escabullirse al final de la obra puesto que nunca nadie reparaba en su aspecto, absolutamente ordinario, y jamás había intercambiado más de dos palabras con otros oyentes. En seguida, desechó la posibilidad de la huida. Aquella bruja gritaría o encontraría la forma de morir haciendo algún tipo de ruido. Contempló su propia imagen en una prisión en la que, sin duda, podría hacerse con varios discos y multitud de libros. Comprendió que nunca había sido más feliz que escuchando música en privado y que la audición en directo jamás podía ser perfecta por la cantidad de ruidos molestos que emitían esos degenerados humanos. Antes de comenzar el cuarto movimiento, entre click y click, su plan recibió un espaldarazo definitivo. La musicófaga, exhibiendo su malestar ante las numerosas toses que salpicaban la atmósfera, se acomodó en su butaca con un movimiento de cuerpo y cabellos con el que hizo airear su exagerada fragancia. Comenzó entonces Joaquín a murmurar los más violentos insultos que permite la lengua española.

    -Al infierno con ella. Soportaré la prisión.

    Llegado el fortissimo en el que había decidido pasar a la acción, se dio cuenta (“ya que lo hacemos, lo hacemos bien”) de que podría llegar a disfrutar del asesinato si éste llevaba una banda sonora adecuada: el final triunfal de la sinfonía….

Esperar unos minutos…

Durante el silencio general que sigue a este fortissimo del último movimiento, como es habitual, una parte del público se lanzó a aplaudir creyendo que la obra había finalizado. La apestosa clickeadora, indignadísima, masculló con la evidente intención de ser escuchada:

    -¡Jo, de verdad! ¡Ay, por favor! ¡Qué público! ¡Qué horror! ¡Esto sólo pasa en España! ¡Qué vergüenza! ¡Qué gente viene a los conciertos!

    La deslenguada perseveraba en su retahíla cuando Gergiev, perfectamente consciente de la escasa gravedad del delito cometido por una fracción minoritaria del auditorio, ya acometía la sección final que, sobre el ruido de la sala, adquiría un matiz aún más apoteósico. Lógicamente, la moritura no alcanzaba a comprender este tipo de detalles, que, en ocasiones, contribuyen, incluso, a humanizar el arte.

    -Me la cargo. Ahora ya no dudo.

    Con el corazón desbocado esperaba el momento. Como siempre que estaba nervioso, se frotaba los ojos compulsivamente. Se dispuso a ejecutar el plan en dos ocasiones, pero en ambas pensó que mejor sería esperar, pues aún quedaba abierta una posibilidad para escapar tras el crimen.

    Visualizó la escena y se complació en ella. La víctima permanecía rígida e inmóvil tras el concierto. Nadie reparó en el asesinato.

    Evidentemente, aquella noche no murió nadie en el Auditorio Nacional. Joaquín H, boticario, no era un asesino. La obra finalizó y la ovación atronó en la sala. La superviviente aplaudía.

    -¡Bravo! -graznaba-. Hay que hacer saber a Gergiev que el público de Madrid entiende -decía para ser oída-. ¡Bravó!

Cualquiera comprenderá que contar con la amistad de Enrique y disfrutar de su bonhomía, me compense con creces de la cara con que me mira la gente cada vez que, cuando coincidimos en un concierto, me saluda de lejos llamándome comisario.

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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5 respuestas a Unos deliciosos cafés

  1. lluisemili dijo:

    Felicidades al burgalés presunto autor del texto azul y al dueño de la casa ancha seleccionador y reproductor.

    No puede faltar la nota lenguajística: “bonhomia” está en nómina en la RAE y yo creia que se trataba de un vernaculismo.

    • José Luis dijo:

      Sé de uno que debiera tomar ejemplo; del trabajo, no de la bonhomía.

      Si no fuera gato viejo y escaldado, te señalaría que lenguajística, además de malsonante, no está en el RAE, y me ganaría la colleja que debes tener preparada. Pero como lo soy, me callo.

  2. gloria aparicio dijo:

    Pués has conseguido que la boca se me hiciera agua con el fragmento que nos acabas de adelantar, parece que promete , al menos tengo claro que voy a empatizar de lo lindo con ese personaje de Joaquin H.,a lo largo de mi vida pocos son los conciertos en los que no haya sentido ganas de fulminar a algún vecino de asiento, aunque nunca habia pensado en el mètodo del bolígrafo la verdad,, eso será porque me horroriza la sangre, yo habia pensado mejor en ofrecerle un rico bombón ( en la media parte, claro…) inyectado con algún sommífero potente, advirtiendole que llevaba “licor” claro…. , pero me frenaba la idea de los “ronquidos ” hubiera sido peor el remedio que la enfermedad , asi que viéndome tan cobarde decidí escuchar Música solo en mi hogar, dulce hogar…..y asi sigo…..

    • José Luis dijo:

      Pues ya puedes ir localizando el libro, que te lo vas a pasar de miedo. La lástima es que Enrique no te haya conocido, porque con estos comentarios, te hubiera sacado en la historia, una de las sospechosas principales…

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