El canto de las sirenas (XXXVI) – El Gran Relato de Haydn: De la Creación al Juicio Final

capilla-sixtina

Haydn tuvo en el meta-relato de las edades de la vida, de los momentos del día y del curso de las estaciones el referente objetivo de su reflexión musical. No tuvo necesidad de crearse y construirse ésta, como tuvo que hacer por necesidad Gustav Mahler, que, al haber quedado el Gran Relato pulveriza­do por toda la labor corrosiva de un siglo de crítica filosófica radical y de agnosticismo generalizado, se vio en la necesidad de crearse un mundo de ideas que diese sustancia y tema a su música y debió ser, además de músico, filósofo. Joseph Haydn no tuvo necesidad de ello, pues pudo dis­poner aún del relato entero: desde la Creación hasta el Juicio Final, pasando por la expresión dolorida de las últimas pala­bras del Salvador en el Getsemaní y en el Calvario.

Antes de morir proyectaba concluir en forma de trilogía su creación de oratorios escribiendo El Juicio Final, que ce­rraría el ciclo iniciado con La Creación. Seguramente en él prolongaría el melancólico final de Las estaciones, en el que Simón, uno de los tres protagonistas del oratorio, el de ma­yor edad, descubre el sentido simbólico del invierno como preparativo liminar y limítrofe de una vida que renace en una prometida primavera del espíritu de carácter escatológico: al traspasar las puertas del cielo.

El oratorio Las estaciones prolonga el relato argumental iniciado en La Creación. Y El Juicio Final hubiera debido completar el ciclo entero, culminando de este modo el argu­mento musical completo: el que hubiese dado sentido pleno a la trayectoria y vida de Joseph Haydn. De ahí su desespe­ración final: se sentía un «clavecín viviente»* al que se le ace­leraba o se le remansaba el pulso según si fuese un allegro o un largo lo que le invadía la cabeza: la música se había apo­derado de su existencia física y de sus ritmos respiratorios y cardíacos. Pero le faltaban fuerzas para concretar en el pen­tagrama ideas que se le materializaban en el propio cuerpo.

Y El Juicio Final quedó de este modo materializado en la existencia corporal del compositor, encarnado de forma trá­gicamente esotérica, imposible de objetivar y comunicar; quedó atrapada su posible creación en ese cuerpo sin fuerzas: en el sustento corpóreo del más jovial de todos los músicos; el más pletórico de energía radiante.

* «Sufro enor­memente cuando la memoria me falta […]. Necesito estar ocupado. Las ideas musicales me persiguen, es una verdadera tortura; y no logro de­sembarazarme de ellas; están delante de mí como un muro. Si es un allegro el que me persigue, mi pulso se acelera y no puedo dormir; si es un adagio, siento que se vuelve lento. Mi imaginación me teclea como si fuese un clavecín […]. Soy verdaderamente un clavecín viviente…».

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.
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Las apariencias no engañan
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