La paloma de Picasso

paloma-de-picasso En un libro reciente, Marina Picasso recuerda las visitas a su abuelo en compañía de su hermano. Eran visitas presididas por las advertencias de los mayores acerca de cómo tenían que comportarse para no molestarle, mientras veían como su cabra podía moverse a su antojo e incluso dejar hileras de cagarrutas sobre sus dibujos sin que éste llegara a protestar. “Cuando me muera -dijo una vez Picasso- será como un naufragio, y cuando un gran navío se va a pique, mucha gente a su alrededor es aspirada por el torbellino”. Y, en efecto, las desgracias se sucedieron sobre sus familiares y amantes. Dora Maar, murió en la miseria en medio de las telas de Picasso que se negaba a vender; María Thérèse Walter, la musa inconsolable, se ahorcó del techo de su garaje; y Jacqueline, la compañera de los últimos días, se disparó una bala en la sien. También se suicidó su nieto Pablo, bebiéndose una botella de lejía. No es infrecuente que la vida de los grandes creadores esté presidida por la amoralidad, ni que la entrega a su arte sea causa de desdicha para los que viven a su alrededor. ¿Merece entonces la pena ese arte? “Para dibujar una paloma, escribió Picasso, primero hay que retorcerle el pescuezo.” Si es así, deberíamos quedarnos con la paloma real. ¿Pero podemos vivir sin la paloma soñada?
Gustavo Martín Garzo – El cuarto de al lado

¡No despreciéis el arte magistral!
Ya veis cómo os han ensalzado
al escuchar el canto que anhelaban.
No es vuestra noble cuna,
ni vuestros blasones, lanza y espada,
lo que hace que un maestro
os tome por yerno,
sino que seáis un poeta:
¡a eso podéis agradecer vuestra dicha!
Por ello, pensad ahora con gratitud:
¿cómo puede carecer de valor un arte
que ofrece y entrega tal premio?
Nuestros maestros lo han cultivado
y manteniéndose fieles a su sentido,
lo han conservado auténtico.
Y si no se ha conservado tan noble,
en el transcurso de los siglos,
como cuando príncipes y corte
a él se consagraban,
a pesar del embate del tiempo
se ha conservado alemán y verdadero:
y si no hubiera sido así,
¡Ved cuán honrado aún subsiste!
¿Qué más queréis de los maestros?
¡Tened cuidado, se ciernen
sobre nosotros grandes males!
Si el pueblo y el imperio alemanes,
decayeran bajo una extraña Majestad,
ningún príncipe velaría por su pueblo:
y modos de extranjera trivialidad
brotarían en la alemana tierra.
Nunca nadie sabría lo que es alemán
si no alentase del honor
de los maestros alemanes.
Os digo, pues, de nuevo:
¡Honrad a los maestros alemanes,
y conjuraréis a los buenos espíritus!
¡Y si os mostráis fiel a su influjo,
aunque se esfume como el humo
el Sacro Imperio Romano Germánico,
siempre existirá floreciente
el Sacro Reino del Arte Alemán!
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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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