H de Hugo von Hofmannsthal -y de Herman Hesse- (De la A a la Z, 26 cosas -y más- que quizás no sabes de Richard Strauss)


El libretista de Richard Strauss chocó a menudo con el compositor, pero sin embargo, Strauss lo reverenciaba.  Desde Electra hasta Arabella, pasando por El caballero de la rosa, Ariadna en Naxos, La mujer sin sombra y La Helena egipcia, todos los libretos de estas óperas pertenecen al aristocrático y erudito escritor que era Hofmanstal, ya una figura en los círculos literarios vieneses cuando conoció a Strauss. Espiritual,  sensible, nervioso y sutil, era la antítesis del práctico y mundano Strauss, de modo que no es raro que saltasen chispas en su colaboración. Pero cuando murió, las palabras del compositor fueron contundentes: “Nunca ningún músico dispuso de una ayuda y un apoyo como el suyo” “Nadie podrá nunca reemplazarle, ni en mí ni en la música”. Hoffmanstal falleció de un ataque de corazón en 1929, a los 55 y cinco años, cuando se disponía a encabezar la comitiva fúnebre de su hijo Frank, que se había suicidado dos días antes. No pudo leer el telegrama de felicitación que le había enviado Strauss en ese ínterin felicitándole por su trabajo en Arabella, el último ejemplo de “la dúctil belleza de su poesía, la fluida precisión de sus diálogos y las alusiones simbólicas que dan a cada obra una dimensión más allá de su realidad escénica y se absorben en una vívida delineación del personaje y su personalidad” (The New Grove Dictionary of Music and Musicians)

Y así, en su primer libreto original, se inventa una tradición, la presentación de la rosa, para una mágica escena que lleva también al título de la preciosa ópera que, también por su texto, es Der Rosenkavalier

o, en su póstuma Arabella, disfrutamos del famoso dúo Und du wirst mein Gebieter sein, (Y serás mi maestro), más una nueva muestra de la calidad de Strauss que de la suya, pero, en cualquier caso, absolutamente maravilloso:

Vale también mucho la pena disfrutar de los párrafos  que suscitó el recuerdo de Hoffmannstal a Stephan Zweig a  en sus Memorias de un europeo:

Pero había, por encima de todo, una figura que nos fascinaba, seducía, embriagaba y entusiasmaba, el portentoso y único fenómeno de Hugo von Hofmannsthal, en quien nuestra juventud vio realizadas no sólo sus aspiraciones más elevadas, sino también una perfección poética absoluta que se encarnaba en la persona de alguien que tenía casi su misma edad.

La figura del joven Hofmannsthal es y será recordada como uno de los grandes prodigios de la perfección precoz; a esta edad, exceptuando a Keats y a Rimbaud, no conozco en toda la literatura universal ningún otro ejemplo de tal infalibilidad en el dominio de la lengua, de semejante envergadura del ideal de la inspiración y de tal saturación de la sustancia poética hasta en la frase más accidental, como el de este genio grandioso, que ya a sus dieciséis y diecisiete años, con sus versos indelebles y una prosa insuperable hasta hoy, quedó inscrito en los anales eternos de la lengua alemana. Sus insospechados inicios y su simultánea perfección constituyen un fenómeno que difícilmente puede repetirse en una misma generación. Por eso las primeras personas que tuvieron conocimiento de su obra quedaron maravilladas ante aquella increíble aparición, casi como si se tratase de un hecho sobrenatural. Hermann Bahr me habló en muchas ocasiones de su atónito asombro el día en que había recibido un artículo para su revista, fechado en la propia Viena y firmado por un tal “Loris”, nombre que desconocía (a los estudiantes de bachillerato les estaba prohibido firmar con su propio nombre); entre las colaboraciones que recibía desde todos los confines del mundo jamás se había encontrado con una que derramase, por así decir, con mano fácil tanta riqueza y que lo hiciese con una lengua tan noble y alada. ¿Quién era el tal “Loris”? ¿Quién era el desconocido?, se preguntaba. Un hombre mayor, seguro, que ha ido destilando en silencio sus conocimientos a lo largo de los años y en misteriosa clausura ha cultivado la esencia más sublime de la lengua hasta convertirla en una magia casi voluptuosa. ¡Y semejante sabio, un poeta de tan altas dotes, vivía en la misma ciudad y él jamás había tenido noticia de su existencia! Bahr escribió en seguida al desconocido, citándolo para una entrevista en un café: el famoso Café Griensteidl, el cuartel general de la literatura joven. De pronto se acercó a su mesa, con pasos livianos al tiempo que apresurados, un bachiller delgado, aún imberbe y vestido con pantalón corto, hizo una reverencia en señal de saludo y, con una voz aguda que aún no había mudado del todo, dijo en tono seco y decidido: “Hofmannsthal. Yo soy Loris.” Aun al cabo de años, siempre que Bahr hablaba de su estupefacción, se notaba lo impresionado que estaba. En un primer momento se resistió a creerlo. ¡Un bachiller que poseyese tal dominio del arte, tal clarividencia, una visión tan profunda y un conocimiento tan impresionante de la vida antes de vivirla! Arthur Schnitzler me contó casi lo mismo. En aquella época todavía era médico, puesto que, de momento, sus primeros éxitos literarios no parecían poderle garantizar, ni mucho menos, medios de vida dignos, pero ya se le consideraba el líder de la “Joven Viena” y los más jóvenes acudían a él en busca de opiniones y consejos. En casa de unos conocidos accidentales conoció a un muchachito delgado, bachiller por más señas, cuya inteligencia ágil le llamó la atención, y cuando dicho estudiante le pidió el favor de poderle leer una pequeña pieza de teatro en verso, lo invitó gustoso a su piso de soltero, aunque, a decir verdad, sin hacerse demasiadas ilusiones: un opúsculo de estudiante, pensó, sentimental o pseudoclásico. Invitó a la velada a unos cuantos amigos; Hofmannsthal se presentó allí con su pantalón corto y, un poco nervioso y cohibido, empezó a leer. “Al cabo de unos minutos me contó Schnitzler, de pronto nos vimos escuchándolo con el oído aguzado y, casi asustados, intercambiamos miradas de admiración. Versos tan perfectos, de tan impecable plasticidad, tan impregnados de música, no se los habíamos oído a ningún contemporáneo; creíamos que era imposible después de Goethe. Pero lo más prodigioso de aquella maestría inigualable (y que ningún otro alemán ha conseguido desde entonces) radicaba en un conocimiento del mundo que, tratándose de un muchacho que pasaba los días sentado en un banco de escuela, tan sólo podía venir de una intuición mágica.” Cuando Hofmannsthal acabó, todos se quedaron mudos. “Tuve la impresión, me dijo Schnitzler, de haber conocido a un genio por primera vez en mi vida y nunca más, en ninguna otra ocasión, me he vuelto a sentir tan subyugado.” Quien a los dieciséis años empezaba de esta manera (o, más que empezar, ya desde el mismo principio alcanzaba la perfección) tenía que llegar a convertirse en hermano de Goethe y de Shakespeare. Y, en efecto, la perfección parecía volverse cada vez más perfecta: después de aquella primera pieza en verso, Ayer, apareció el grandioso fragmento de la Muerte de Ticiano, en el cual el alemán alcanzaba cotas de sonoridad italiana; aparecieron nuevos poemas, cada una de las cuales constituía todo un acontecimiento para nosotros y que yo todavía hoy, después de décadas, recuerdo enteramente de memoria, verso por verso; aparecieron dramas cortos y aquellos ensayos que, en un espacio maravillosamente económico, reducido a unas pocas páginas, contenían, mágicamente comprimidos, la riqueza del saber, un consumado conocimiento del arte y una amplia visión del mundo; todo cuanto escribió aquel bachiller y universitario era como el cristal iluminado desde dentro: oscuro al tiempo que incandescente. El verso, la prosa, en sus manos todo resultaba moldeable como la cera aromática del monte de Hímeto; por un milagro irrepetible, cada poesía tenía su medida justa, nunca excesiva ni tampoco demasiado escuálida; se notaba que algo inconsciente e incomprensible lo debía de guiar secretamente por esos caminos hasta los parajes jamás pisados.

A duras penas consigo transmitir la fascinación que este fenómeno producía en nosotros, que habíamos sido educados para rastrear y percibir valores. Al fin y al cabo, ¿qué puede resultar más embriagador para una generación joven que saber que a su lado, en su propio seno, vive de carne y hueso un poeta puro, sublime, poeta que nadie concebía sino bajo las formas legendarias de un Hölderlin, un Keats y un Leopardi, inaccesible y ya convertido en un sueño y una visión? Por eso mismo guardo tan nítido el recuerdo del día en que por vez primera vi a Hofmannsthal en persona. Tenía yo entonces dieciséis años, y puesto que seguíamos paso a paso, dicho sea sin faltar a la verdad, todo lo que hacía ese mentor ideal nuestro, me impresionó sobremanera una breve noticia escondida en el periódico, que anunciaba una conferencia suya sobre Goethe en el “Club científico” (inconcebible para nosotros que un genio de tal catadura hablase en un marco tan modesto; en nuestra adoración estudiantil, hubiésemos dado por supuesto que la sala más grande de Viena se habría llenado a rebosar si un Hofmannsthal accedía a aparecer en público). Pero gracias a aquel suceso tuve la oportunidad de volver a darme cuenta de hasta qué punto nosotros, los insignificantes alumnos de bachillerato, aventajábamos al gran público y a la crítica oficial en nuestras valoraciones, en nuestro instinto para lo imperecedero, instinto que se demostró infalible, y no tan sólo en este caso; en la estrecha sala se había reunido un auditorio compuesto por diez o doce docenas de personas en total: no había hecho falta, por lo tanto, que, llevado por mi impaciencia, apareciese allí media hora antes con el fin de asegurarme un asiento. Esperamos un rato y, luego, un joven delgado en cuyo aspecto nada llamaba la atención pasó de pronto en medio de las filas en dirección a la tarima y se puso a hablar tan de repente y con tanto ímpetu que apenas me dio tiempo de observarlo a conciencia. Con su bigote suave, no acabado de formarse todavía, y su figura elástica, Hofmannsthal parecía aún más joven de lo que ya me había imaginado. Su rostro, de perfil marcado y de tez oscura: un tanto italiano, aparecía tenso a causa de los nervios, y aumentaba tal impresión la inquietud que se reflejaba en sus ojos aterciopelados, muy miopes; más que ponerse, se diría que se lanzó a hablar, como lo hace un nadador a las aguas que le son familiares, y cuanto más hablaba, más libres se volvían sus gestos y más afianzada aparecía su figura; en cuanto se hallaba en medio del elemento espiritual (lo subrayé más tarde en muchas conversaciones privadas), su embarazo inicial daba paso a una liviandad y una viveza extraordinarias, como suele suceder a los hombres inspirados. Tan sólo en las primeras frases me daba cuenta de que no tenía una voz bonita: tirando a estridente y a veces muy próxima a falsete; pero sus palabras no tardaban en elevarnos hasta tales alturas de libertad que ya no nos percatábamos del timbre de su voz y, a menudo, ni tan sólo de su cara. Hablaba sin manuscrito, sin apuntes, a lo mejor incluso sin una minuciosa preparación previa, y, sin embargo, cada una de sus frases tenía ese halo de perfección que nace con naturalidad del sentido mágico de la forma. Las antítesis más osadas se desplegaban ante el público, cegadoras, para acabar diluyéndose en formulaciones claras al tiempo que sorprendentes. A todos nos asaltó la subyugante impresión de que lo que nos ofrecía no eran más que migajas arrancadas casualmente de un acervo mucho más grande, de que él, tan alado como estaba y tan elevado a esferas superiores, podía seguir hablando durante horas enteras sin empobrecer el discurso ni rebajar su nivel. También en años posteriores, durante el curso de conversaciones privadas, seguí experimentando la fuerza mágica de ese “inventor del canto fluido y del diálogo ágil y chispeante”, como lo definió, elogioso, Stefan George. Inquieto, distraído, sensible, expuesto a los cambios atmosféricos, a menudo gruñón y nervioso en el trato personal, no resultaba fácil acercársele. Sin embargo, en el momento en que algo atraía su interés, se convertía en una llamarada; en un solo vuelo, cual fulgurante cohete encendido, elevaba el debate hasta su propia esfera, un universo que no estaba sino a su alcance. Exceptuando acaso a Valéry, poeta de pensamiento cristalino y más mesurado, y al impetuoso Keyserling, nunca he vivido la experiencia de una conversación de tan alto vuelo intelectual como la suya. En aquellos momentos de auténtica inspiración, su memoria demoníacamente despierta lo tenía presente todo, se puede decir que de una manera casi física: los libros que había leído, los cuadros y los paisajes que había visto; una metáfora enlazaba con la siguiente con la misma naturalidad con que se enlazan las dos manos; las perspectivas se alzaban cual decorados inesperados que surgían de un horizonte que ya se creía cerrado. En aquella conferencia sentí por primera vez y volví a experimentar la misma sensación en conversaciones privadas ulteriores ese flatus, el hálito vivificante y embelesador de lo inconmensurable, de lo que no se puede abarcar con la sola razón.

En cierto sentido, Hofmannsthal jamás superó ese milagro único en que se había convertido entre sus dieciséis y veinticuatro años. No es que admire menos muchas de sus obras posteriores, los espléndidos artículos, el fragmento de Andreas, ese tronco de la tal vez más bella novela en lengua alemana, y algunas partes de sus dramas; sin embargo, con esa complicidad suya tan estrecha con el teatro real y los intereses de su época, con esa conciencia suya tan clara y lo ambicioso de sus proyectos, perdió una parte de su excelencia intuitiva, de la inspiración pura de aquellas primeras poesías de adolescente y, con ello, también de la embriaguez y el éxtasis de nuestra juventud. Con el saber mágico propio de la edad joven, presentimos que tamaño milagro de nuestra juventud era único y que no se volvería a repetir en nuestra vida.

Balzac ha descrito de manera incomparable cómo el ejemplo de Napoleón había electrizado a toda una generación en Francia. El deslumbrante ascenso del pequeño teniente Bonaparte al trono imperial del mundo, para él significó no tan sólo el triunfo de una persona, sino también la victoria de la idea de la juventud. El hecho de que no fuera necesario haber nacido príncipe o noble para alcanzar el poder a temprana edad, de que se pudiera proceder de una familia modesta, cuando no pobre, y, sin embargo, llegar a ser general a los veinticuatro años, soberano de Francia a los treinta y, poco después, del mundo entero, ese éxito sin igual arrancó a centenares de personas de sus pequeños oficios y sus pequeñas ciudades de provincia: el teniente Bonaparte calentó la cabeza a toda una generación de jóvenes. Los impelió hacia una ambición más elevada; creó a los generales de su gran ejército al igual que a los héroes y los arribistas de la Comédie humaine. Siempre que un solo joven alcanza, tras el primer impulso, algo que hasta entonces parecía inalcanzable, sea en el campo que sea, con el mero éxito de su empresa alienta a toda la juventud que lo rodea o lo sigue. En este sentido, Hofmannsthal y Rilke significaron para nosotros, los jóvenes, para nuestras aún inmaduras energías, un impulso extraordinario. Aun sin esperar que ninguno de nosotros pudiese repetir el milagro de Hofmannsthal, nos fortalecía su mera existencia física, la cual, se puede decir así, demostraba óptica y fehacientemente que el poeta era posible también en nuestra época, en nuestra ciudad, en nuestro entorno. Al fin y al cabo, su padre, un director de banco, procedía del mismo estamento judío burgués que todos nosotros; el genio se había formado en una casa parecida a la nuestra, con iguales muebles y la misma moral de clase; había ido al mismo instituto estéril, había estudiado con los mismos manuales y se había sentado durante ocho años en los mismos bancos de madera, mostrando la misma impaciencia y la misma pasión por los valores del espíritu que nosotros; y he aquí que, mientras aún desgastaba los pantalones contra aquellos bancos y se veía obligado a patear el gimnasio de un lado a otro, ya había conseguido superar, con su salto al infinito, la estrechez del espacio de la ciudad y la familia. A través de Hofmannsthal quedó demostrado, en cierta manera ad-óculos, que, en principio, era posible crear poesía, y poesía perfecta, también a nuestra edad, aun en la atmósfera carcelaria de un instituto austríaco. Incluso era posible (¡qué seducción tan inmensa para un espíritu adolescente!) verse publicado, elogiado y famoso, mientras en casa y en la escuela aún se nos consideraba como seres insignificantes, seres sin acabar.

Y desde luego, tenemos las otras dos H de su amigo Herman Hesse, uno de los muchos escritores a cuyos poemas puso música Strauss, autor de tres de sus fabulosas Cuatro últimas canciones, Frühling (Primavera), September (Septiembre) y esta Beim Schlafengehen (Al irme a dormir) que canta ahora exquisitamente ahora Kiri Te Kanawa.

Beim Schlafengehen
Al irme a dormir
Nun der Tag mich müd gemacht,
Ahora que el día me ha fatigado,
soll mein sehnliches Verlangen
debe mi ardiente deseo
freundlich die gestirnte Nacht
acoger amigablemente la noche estrellada
wie ein müdes Kind empfangen.
como la recibiría un niño agotado.
Hände, laßt von allem Tun,
Manos, cesad toda actividad,
Stirn, vergiß du alles Denken,
Cabeza, olvida todo pensamiento,
alle meine Sinne nun
Todos mis sentidos ahora
wollen sich in Schlummer senken.
quieren sumergirse en el sueño.
Und die Seele unbewacht
Y el alma, sin vigilancia,
will in freien Flügen schweben,
quiere remontarse volando libre
um im Zauberkreis der Nacht
en el círculo mágico de la noche,
tief und tausendfach zu leben
para vivir mil veces más intensamente.
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El texto introductorio resaltado en azul pertenece a “26 things you may not know about Richard Strauss”, un trabajo de Chris Shipman en la web de la Royal Opera House.
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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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