W de waltzer- y de Wagner- (De la A a la Z, 26 cosas -y más- que quizás no sabes de Richard Strauss)

Richard Strauss compartió con Johann Strauss II su afición por el triple tiempo del vals (waltzer en alemán). Por lo demás, Strauss es un apellido corriente en Alemania y sus familias no estaban ni lejanamente emparentadas. Y el vals apareció en momentos muy importantes de sus tres principales óperas:

La danza de los siete velos de Salomé, que tantos aprietos causa,

el baile triunfal de la conclusión de Elektra

y desde luego, el arrebatador vals de El caballero de la rosa, una ópera recorrida y animada por la música y el espíritu del baile vienés.

No era Richard Strauss el único músico que valoraba el trabajo de su colega. También Brahms admiraba los valses del que fue su amigo personal (y que le dedicó el Seid umschlungen Millionen inspirado en la Oda a la alegría de Schiller), y también Wagner, a quien le gustaba particularmente el celebrado Wein, Weib und Gesang, Vino, mujeres y canciones. Pero esta sería la menor de las coincidencias por las que en un repaso alfabético de Richard Strauss no puede faltar la W de Wagner. Aunque, al principio, fueron más bien divergencias:

Fue horroroso. La introducción es un largo redoble de tambor con bombardones y fagots gruñendo en los tonos más graves, que sonaba tan estúpido que me eché a reír. Ni rastro de melodías coherentes. Tan caótico que no puedes hacerte ni la menor idea. [Una de las cosas que cantaba Mime]  podría haber matado a un gato y el horror de las horribles disonancias, hacer tortillas de las rocas. Los violines se quedan exhaustos en trémolos eternos y los metales en los pasajes de violín; incluso la trompeta con sordina es usada por Wagner a fin de hacerlo todo tan horrible e infame como sea posible. Los oídos me zumbaban con esos abortos de armonías, si es que la palabra armonía no está absolutamente fuera de lugar; y el último acto es mortalmente aburrido… Toda esa mierda podría reducirse a cien compases, pues es siempre lo mismo y resulta igualmente tediosa… La única cosa que al menos pareció afinada fue la canción del pájaro del bosque.

Strauss tenía 15 años. Bastantes años después escribiría:

Me pregunto si esas tonterías de escolar imberbe que le dije al amigo Thuille no podrían dejarse de lado en el futuro. Todavía creo que gracias a las siete representaciones de Parsifal que dirigí recientemente en Bayreuth, podré merecer que me absuelvan para siempre de esas estúpidas transgresiones juveniles.

Pero mucho antes, cuando sólo habían pasado siete años de aquel abominable Sigfrido, Strauss ya proclamaba que Tristán era “la más magnífica ópera de Bel canto”. Y para entonces, ya había conocido personalmente a Wagner cuando su padre, como regalo de fin de carrera (haciendo de tripas corazón o pensando quizás en vacunarle -por sobreexposición- contra la música que él odiaba) le llevó a ver Parsifal en Bayreuth, ya había sido elegido por Hans von Bülow para ser director musical en Meiningen y ya había sido definitivamente persuadido por Alexander Ritter, uno de los “nuevos alemanes” que rodeaban a Wagner. Luego dirigiría numerosas óperas de Wagner y le seguiría admirando durante toda su vida, aunque, él mismo lo dijo, por lo que hubiese dado cualquier cosa, hubiera sido por escribir el Concierto para clarinete de Mozart. Pero la influencia de Wagner fue determinante en toda su obra, especialmente en la instrumentación y en el uso de leit-motivs, y no sólo en sus primeros años ni sólo en estos aspectos.  Por ejemplo, cerca de los cincuenta compuso Ariadna en Naxos, en cuya segunda parte se halla el aria Es Gibt ein Reich que, expresando un deseo similar, aproxima el lamento de esta Ariadna

al sueño de la Elsa de Lohengrin,

una de esas wagnerianas cimas insuperables que Strauss supo rodear.

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El texto introductorio resaltado en azul pertenece a “26 things you may not know about Richard Strauss”, un trabajo de Chris Shipman en la web de la Royal Opera House.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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