Z de Zweig -y de Zaratustra y de Zueignung- (De la A a la Z, 26 cosas -y más- que quizás no sabes de Richard Strauss)

“…toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad”

La colaboración operística del autor austriaco con Strauss fue uno de los últimos trabajos que hizo en Alemania, antes de huir a Brasil escapando de los nazis. Allí, Stefan Zweig y su esposa, desesperados ante el convencimiento de que el mundo iba a ser dominado por el nazismo, se suicidaron el 22 de Febrero de 1942.

Aunque su nombre fuera luego injustamente olvidado, Zweig fue en vida uno de los escritores más populares de Europa gracias a obras históricas como Momentos estelares de la humanidad, Fouché, el genio tenebroso o María Antonieta, y a novelas como Ardiente secreto, Carta de una desconocida o 24 horas en la vida de una mujer, que con la Novela de ajedrez y El mundo de ayer (Memorias de un europeo), ambas póstumas, justifican con creces el lugar en la historia de la literatura que hoy se le vuelve a conceder de forma unánime. Cuando Strauss, conocedor de su habilidad para moverse entre la ficción dramática y la historia,  pensó en él para sustituir al fallecido Hofmannsthal, el escritor estaba en la cumbre de su fama, y la inmediata sintonía y amistad que se estableció entre ambos fructificó rápidamente en La mujer silenciosa y en otros proyectos que también hubiesen llevado la firma de Zweig de no haberse tratado de un judío. En sus memorias explica lo sucedido con esa ópera en unas páginas de tan agradable e interesante lectura como todo el libro (y como toda su obra), en las que hallamos su valoración de la postura de Strauss en ese incidente en particular y ante el nazismo en general, pero también su análisis del músico:

He conocido a muchos artistas a lo largo de mi vida, pero a ninguno que supiera guardar una objetividad respecto de sí mismo tan abstracta y serena
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Strauss «manda», en palabras de Goethe, a sus ideas; para él arte significa saber y poder, y saber hacerlo todo, como lo atestigua su ingeniosa frase: « Quien quiere ser músico de verdad, también tiene que saber componer un menú». Lejos de asustarle, las dificultades más bien divierten a su maestría creadora. Recuerdo con placer cómo chispeaban sus ojillos azules cuando, refiriéndose a un pasaje, me dijo: « Aquí la cantante tropezará con una dificultad. ¡Que se esfuerce por superarla, pardiez!».
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En los raros momentos en que le brillan los ojos se nota que algo demoníaco se esconde dentro de ese hombre singular que al principio despierta una cierta desconfianza por su manera de trabajar estricta, metódica, sólida y artesanal, aparentemente falta de nervio; como también su rostro que al pronto parece vulgar, con sus mejillas gruesas e infantiles, la redondez un tanto ordinaria de las facciones y la frente indecisamente arqueada hacia atrás. Pero basta mirarle a los ojos, esos ojos claros, azules y radiantes, para darse cuenta de que tras esta máscara burguesa se esconde una fuerza mágica especial. Son quizá los ojos más vivos que he visto nunca en un músico, unos ojos no ciertamente demoníacos, pero sí de algún modo clarividentes, los ojos de un hombre que conoce a fondo su labor.

Varias obras de Zweig fueron llevadas a la pantalla, algunas más de una vez, como Amok, La impaciencia del corazón, Veinticuatro horas en la vida de una mujer o la magistral Carta de una desconocida de Max Ophuls. Pero, aunque la música de Strauss sólo ha tenido una intervención importante en el séptimo arte, ésta fue más sonada y reconocida que la de Zweig en esas películas. Se trata, naturalmente, de otra Z, la del poema sinfónico Así hablo Zaratustra, cuya fanfarria inicial, que Strauss había titulado “Amanecer” en sus notas, usó Stanley Kubrick con su habitual inteligencia para acompañar el amanecer del hombre en 2001, Una odisea del Espacio.

Queda aún una última letra, la Z de Zueignung, Dedicatoria, otra de las extraordinarias canciones sobre poemas de Hermann von Gilm del primer ciclo que en 1885 publicó Strauss, Acht Lieder aus Letzte Blätter, Ocho canciones de las Últimas páginas, al lado de Die Nacht y Allerseelen pero superior a todas ellas, una de sus mejores canciones y una propina habitual en muchos recitales en los que, como aquí, resulta muy adecuado concluir con las palabras repetidas en el último verso de cada estrofa,  Habe Dank, Te doy las gracias, que con el clímax alcanzado en la última, generan una emoción inigualable, especialmente si quien canta es alguien tan terriblemente cálida, poderosa y expresiva como Jessye Norman.

Zueignung

Ja, du weißt es, teure Seele,
daß ich, fern von dir, mich quäle,
Liebe macht die Herzen krank,
habe Dank!

Einst hielt ich, der Freiheit Zecher,
hold den Amethysten Becher,
und du segnetest den Trank,
habe Dank!

Und beschworst darin die Bösen,
bis ich, was ich nie gewesen,
heilig, heilig an's Herz dir sank,
habe Dank!

Dedicatoria

Sí, tú sabes, alma querida,
que lejos de ti me atormento,
el amor enferma el corazón,
¡Te doy gracias!

Una vez, ebrio de libertad,  
sostuve en alto la copa de amatista, 
y tú bendijiste la bebida.
¡Te doy gracias!

Y conjuraste así a los malignos,
hasta que yo, como nunca había sido,
santo, santo, caí sobre tu corazón.
¡Te doy gracias!

Finalmente, aunque haya acabado el abecedario de Strauss, después de un poema sinfónico y un lied, no puede faltar en esta última página una ópera, y ésta no puede ser sino Der Rosenkavalier y el fragmento no puede ser otro que el trío final, la música que George Solti dirigió en el funeral del compositor atendiendo a sus postreras voluntades  y que podemos escuchar en este video del acto, con unas impactantes imágenes de su esposa Pauline,  “totalmente rota” en palabras del director, que recuerda también como, “uno tras otro, los cantantes se echaron a llorar y tuvieron que abandonar el conjunto, aunque lograron recuperarse y acabamos todos juntos”. Siguen en el video escenas familiares con un nieto algo díscolo con el que el abuelo acaba rodando por la nieve, siempre con el fondo sonoro de ese trío que por sí sólo bastaría para que Richard Strauss hubiese pasado con mayúsculas a la historia de la música.

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El texto introductorio resaltado en azul pertenece a “26 things you may not know about Richard Strauss”, un trabajo de Chris Shipman en la web de la Royal Opera House.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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