Lugansky

Serán malos tiempos para la lírica, pero los aficionados a la música clásica en general nunca lo habíamos tenido mejor. Aún prescindiendo de las grabaciones, es difícil que nunca antes se haya podido tener acceso a concertistas del nivel de los que nos visitan de modo habitual. Quizás sean más numerosos que antes y seguro que tienen más facilidad de movimientos, pero lo cierto es que, sin grandes desplazamientos ni muchas veces grandes dispendios, cada año pueden caer tres o cuatro glorias de esas que dan recuerdos para toda una vida. Aquí, con Pires todavía muy presente, ha vuelto esta semana Nikolái  Luganski, que ya hace mucho que no es un descubrimiento, pero que tampoco se nombra todavía tanto como merece, quizás porque no se mueve en el mundo de los Lang Langs y las La la lands, y porque  su ajustadísima gestualidad, tan de agradecer, resulta poco mediática. Y quizás también porque, si le llaman El príncipe, también podría ser el príncipe mendigo, tal es la tranquilidad y discreción con la que recoge ovaciones como si fuera el  chico de los recados recogiendo una propina.

No está nada mal lo de El príncipe. Su elegancia y buen gusto, la amabilidad con que trata al piano incluso cuando lo ataca en los pasajes más violentos,  su seguridad, la convicción y el sentimiento con que interpreta, la fluidez de sus fraseos, la naturalidad que es capaz de extraer incluso de su querido Rachmaninov, su atenta coordinación con la orquesta, todo en él es la  perfección y la sencillez de la más auténtica aristocracia, sustentada en una técnica fabulosa, la que le hace impresionante tanto al pulsar cuatro solitarias blancas como cuando parece tocar el doble de notas que otros intérpretes. Y sin apelotonamientos, todas bien juntitas pero distintas.  Una experiencia brutal. Su maestra, La gran Taiana Nikolaieva, le señaló como “el siguiente”, el que recogería el relevo de Richter, de Ashkenazy y de Gilels, con permiso o junto a amigos como Pletnev y a Matsuev. De modo que, por si no lo sabían, cuando lo tengan a tiro, no duden ni un minuto. Y si toca Rachmaninov, ni medio.

Dos cortas pruebas del algodón…

…y una larga, recordando que lo bueno, si largo, dos veces largo 😀 .  Pero si es imposible, es imposible, y si es ese el desgraciado caso, la cadenza del primer movimiento, escuchando desde 7:41 por enmarcarla un poco, basta para caer (o mantenerse) genuflexo.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a Lugansky

  1. Josep Olivé dijo:

    De los grandes de la actualidad, que hay bastantes y no nos podemos quejar, y Lugansky, sin duda, figura entre ellos bien destacado. Le he escuchado en concierto ya varias ocasiones y recuerdo especialmente dos de ellas: el portentoso tercero de Rachmaninoff en Barcelona con la OBC y el espeluznante segundo de Prokófiev con la ONE. Y estuvo como he calificado las obras: o sea, portentoso en la primera, espeluznante en la segunda. Tal para cual.

    • José Luis dijo:

      Piano piano, y aparece JO 😀 Yo no había tenido el gusto, y ha sido mucho: El tercero de Rachmaninov, portentoso como dices, y al dia siguiente docena y media de sus preludios. Ni siquiera para recordar el orden (que no era el numérico) necesitó partitura. Y Circo 0 – Música 10.

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