El poder de la furia

Un niño se echa a llorar en la calle. Debe de ser muy pequeño y se entrega a ese llanto de forma incontenible, devastadora. Casi al instante, y en su punto más alto, se detiene. Esperas a que rompa a llorar de nuevo, imaginando uno de esos espasmos que afectan a los niños chicos cuando la cólera los domina. Sin embargo, no vuelve a hacerlo. Inquieto, llegas a levantarte de la mesa y a asomarte al balcón. Pero la calle está vacía. Tal vez el niño se ha desvanecido en el punto culminante de su furia.
Gustavo Martín Garzo – El cuarto de al lado

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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