Tres infartos, mucho sinvergüenza y un héroe

Hay quien no quiere distinguir entre la gota que desborda el vaso y el chorro que lo había llenado. Un votante sufre un infarto y pasa a encabezar la lista de víctimas de los cuerpos policiales que trataron de impedir la votación; un policía fallece durante unos altercados entre hinchas, también de un infarto, y es su muerte natural la que parece dar medida de la gravedad de los hechos; otro infarto acaba con la vida de un mantero y la culpa es la de los agentes que le perseguían, aunque, para rizar el rizo, ni siquiera eso era cierto. No sirve de nada precisar que no es lo mismo causar que precipitar o adelantar, no vende, no interesa. Pero si el mantero hubiese fallecido huyendo de la policía, aún estaría ardiendo Troya. Porque si se abraza sin pestañear la falsedad más obvia, cuando los asuntos son más complejos ya no hay la menor esperanza de que se acepte más verdad que el propio interés. Naturalmente, si el juez me condena, no hay justicia, no hace falta ni leer la sentencia. Y la fuga es un exilio, la cobardía es amor y digo es Diego.

Los demagogos y los mentirosos campan a sus anchas, pero la palabra demagogia queda corta y lo de mentirosos suena a cosa de niños: Lo que sobra son sinvergüenzas. Como los voceros que, casualmente, se quedan afónicos a media lectura de una de las pocas resoluciones que inicialmente es favorable a sus intereses.

 “…el estado ha sido instado a tomar todas las medidas necesarias para garantizar que el señor Jordi Sànchez i Picanyol puede ejercer sus derechos políticos de acuerdo con el artículo 25 del  convenio. Este requerimiento no implica que se haya acordado ninguna decisión final sobre la substancia del asunto en consideración”.

Y lo que falta son personas como el gendarme francés asesinado al intercambiarse por rehenes de un secuestro, en un gesto que no ha sorprendido a su madre, porque «era parte de su forma de ser, hacer su trabajo de la manera más noble posible». Pero la nobleza tampoco vende: Lo que se lleva ahora es la dignidad, es decir, el amor propio y a lo propio.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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