El canto de las sirenas (XLV) – El arquetipo de Don Juan

La grandeza turbadora de Don Giovanni, lo que hace de ella, quizás, una de las mejores óperas de la historia de este singular género musical, radica en el asombroso modo en que esa argumentación se produce: cuanto más se aproxima el género trágico, que sólo estalla en las escenas finales de la obra, más se intensifica a modo de instancia distanciadora, su carácter cómico (o propiamente buffo y giocoso). Intencionada o no, esa concordantia oppositorum es extraordinaria. Desmiente siglo y medio de controversia inútil sobre si es una ópera trágica o una comedia buffa, o un híbrido inestable entre uno y otro género, o la superación cabal de los dos.

Toda gran obra de arte inventa y funda un género propio y específico. Los géneros, y hasta la forma general misma (la ópera en este caso), nunca volverán a ser lo que eran en y desde la gestación fundacional de un acontecimiento artístico de primera magnitud. Eso es lo que sucede con el Don Giovanni de Mozart.

El humor desborda en las escenas del aterrorizado Leporello, en una ambientación de novela gótica, a la luz de la luna, pasada la medianoche. Un escenario asistido por estatuas de muertos que parecen vivos. De repente una de esas estatuas rompe su hierático silencio, mueve la cabeza para afirmar -o decir «SÍ» a la invitación a la cena de Don Giovanni-, y hasta inicia un parlamento tan lacónico como espeluznante. Una escena así sólo es verosímil gracias al contrapunto de humorismo desbordante que introduce en la escena la voz aterrorizada de Leporello (el tercer bajo de la ópera, junto a Don Giovanni y a la estatua del Comendador).

Pero la ópera de Da Ponte y W.A. Mozart es algo más. Es una obra de arte porque en ella se gesta, o se concede fisonomía definitiva, a un arquetipo viviente. La obra de Tirso de Molina y la de Molière prepararon el terreno para que surgieran como setas innumerables versiones relativas a Il Don Giovanni. El propio libreto de Lorenzo da Ponte fue un arreglo, con ribetes de plagio (una práctica perfectamente corriente en aquel tiempo), de una versión anterior. Pero la conjunción feliz de ese libreto y de la composición musical mozartiana produjo un efecto semejante a lo que Stendhal, en referencia al sentimiento amoroso, denomina cristalización.

De pronto el arquetipo se emancipó, cobró vida propia, se personalizó y personificó, generando a su alrededor la peculiar atmósfera ambiental que caracteriza toda verdadera obra de arte; que siempre constituye un mundo propio.

Crear arte es un acto cosmogónico. El arquetipo queda, desde  entonces, entronizado, convirtiendo las versiones previas en antecedentes y las posteriores en comentarios epigonales; o en remedos deficitarios incapaces de resistir el envite que esa versión sin par produce en el que pretende emularla o repetirla.

W.A. Mozart esculpe el paradigma para siempre. Desde Mozart podemos reconocernos o desconocernos en él. Pero el arquetipo está ahí, encarnado y vivo, obligándonos a tramar con él una relación vinculante y comprometida. Y es que la ópera de Mozart nos visita en la vigilia y en el sueño, y asume sobre nuestra conducta y nuestros valores un carácter retador. Ejerce sobre nosotros una instigación y un reto como el que produce, en las estribaciones finales de la ópera, la voz del uomo di sasso sobre el extrañado y perplejo Don Giovanni.

Acercarse al Don Giovanni,  significa  arriesgarse  a  reconocer  las  raíces más  oscuras,  o  los  pliegues más  escondidos,  de  nuestro  propio  deseo.  Como  viene  a decir  Spinoza  en  su Ética,  el  ser que  somos  se  ilumina  a  través de nuestro deseo:  somos  lo que deseamos.  Y  el Don  Giovanni de Mozart tiene el  inaudito poder  de  atizar  la  llama  viva  que  en  estremecida vibración  enciende brasas  y  leños  de  nuestra  vida  erótica,  o de  nuestro poder de desear.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.
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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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2 respuestas a El canto de las sirenas (XLV) – El arquetipo de Don Juan

  1. Josep Olivé dijo:

    Opera soberbia, colosal. Y un inspiradísimo Trías.

    • José Luis dijo:

      Pentiti o scellerato / No, vecchio infatuato. Casi me cuesta un disgusto con un vecino, con toda la razón de su parte, cuestión de volumen 😀 Sí, en este capítulo se le entiende y está muy bien lo que dice. Sólo he abreviado.

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