El canto de las sirenas (XLVI) – Don Giovanni y Tristán e Isolda

Don  Giovanni  es,  quizá,  junto  con  Tristán  e  Isolda  de Wagner,  la más  genial  incursión  en  el  éros  pasional.  El  que nos constituye, y a  la vez nos destituye y destruye. El que azuza  nuestro  querer  con  la  tea  encendida de  un  deseo  inextinguible.  Por esta  razón  ambas óperas hermanas y antagónicas rivalizan  con  escasa  competencia  en  la  capacidad  perturbadora  que provocan  sobre nuestros  sentimientos  y  formas de  vida.  Corroen  e  iluminan  a  un  tiempo  nuestros  hábitos morales.

No  es  casual  que  dos  de  las mejores óperas  versen  sobre la  pasión  y  el  compromiso  pasional  (en  ambos  casos  letal, mortal, definitivo). Constituyen la cara y la cruz de la misma moneda, o la  luz y  la  sombra de un mismo deseo  siempre vivo. Don Giovanni,  según propia  confesión, no  puede vivir sin su pasión, que es para él más necesaria que el aire que respira  y el  pan  que  come.  Y  Tristán e  Isolda, a  través del  filtro de amor,  sustituto del  filtro de muerte,  han hermanado para siempre  su  destino  pasional  compartido  por  encima  de  la vida  y de  la muerte.

Don  Giovanni,  en  la  ópera  mozartiana,  con  su  carácter carnavalesco  y  festivo,  atestiguado  por  el desorden  que  perpetra  desde  esa  declaración  de  principios  que  constituye  su célebre  «aria  del  champagne»  (denominación  popular  de «Fin ch’han del vino »), va deslizando ese escenario enmascarado  hacia  un  fondo  trágico  que  a  la  postre  le  implicará  en una  inaplazable cita con  su propio destino  letal, mortal.

En ambos casos, por  rumbos antitéticos, y a partir de elaboraciones  estéticas  radicalmente  distintas,  se  acaba  produciendo  el  compromiso  pasional,  o  la  pasión  que  alcanza  su engagement radical a vida y muerte, y que se manifiesta en su carácter  insistente,  repetitivo, recurrente. Una  pasión  que  se  apodera  del  sujeto,  Tristán,  Isolda, Don  Giovanni  (y  en  diferentes  y matizados  registros,  Doña Elvira  y  Doña  Anna),  y  que  de  tal  modo  lo  posee  que  éste queda  plenamente dominado y enajenado, o prendido en esa posesión  pasional;  o  prendado  del  ambiguo  atractivo  y  seducción que posee  siempre  La Pasión  (cuando  se comprende en su naturaleza  esencial,  radical,  capaz  de conceder  sentido e  imantación  a nuestra  identidad  y carácter;  Pasión en  letras mayúsculas).

El  seductor  ha  sido  previamente  seducido  por  su  propia pasión, por La Pasión:  la  que hace de Don Giovanni un Burlador de  todas las  leyes y  costumbres que regulan  los hábitos amorosos;  o  la  que  hace  de  Isolda  y  de Tristán  los  transgresores  nocturnos de  las  leyes matrimoniales que  rigen  las  ilusiones  diurnas,  según  la  inversión  de  valores  (de  Noche  y Día)  que  la  ópera  de Wagner escenifica.

Isolda  asciende  hacia  el  cielo,  al  final de  la  ópera,  en  olas letales de sublime voluptuosidad,  abismándose  en  el  Infinito (del  deseo;  de  la  pasión).  Don Giovanni  se  hunde  en  su  cita con el Comendador, envuelto en abismos de azufre y carbón encendido,  tragado  por  las  fauces  del  infierno,  que  abre  el suelo  terrenal para  deglutirlo con  sádica voracidad.

En  la  ópera wagneriana  los  protagonistas  se  concentran en  ese  único  e  infinito  amor que  les  atañe  e  identifica, y que trasciende y traspasa todas  las convenciones diurnas: un infinito cualitativo de  intensidad, en  lugar de expresar, como en el arquetipo  viviente  forjado  por  la  ópera de Mozart, un  infinito  extensivo  y  cuantitativo,  que  se  desparrama  horizontalmente  por  el  colectivo  entero de  todas  las mujeres,  tomadas  en  la  más  estricta  individualidad  y  en  la  más  rigurosa sucesión (…)  De ahí la necesidad de que se  lleve  puntilloso  registro notarial  de  esa  sucesión  aritmética de grandes números  (seicento e quaranta, duecento e trentuna,  cento,  novantuna, mille  e  tre). En  la  ópera  de Mozart, Don  Giovanni  se desparrama  en los  abismos  horizontales  de  la  extensión  y  la  cantidad,  sin dar tregua  a  su pasión, día y noche en  la  labor  (sin descanso, sin  dormir),  como  confiesa  con  sorda  protesta Leporello  en su  primera  aria,  harto  de  tanta  fatiga,  pero  fascinado de  su tarea  de  testigo  contable  de  las  fechorías  de  su  amo; 

siendo especialmente  relevante el  listado numérico de  esa  contabilidad,  como  lo  atestigua  la  célebre  aria  de  Leporello,  lista  en mano,  ante Doña  Elvira.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son citas literales del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, a menudo de la wikipedia.
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Las apariencias no engañan
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