La charca del mundo

Una amante de los anfibios ha conseguido convencer a las autoridades de su municipio para que construyan unas pequeñas rampas que permitan a las ranas salvar los bordillos de las calles para acudir a la charca donde deben aparearse. Las ranas se desorientan con los bordillos y son incapaces de encontrar el camino a esa charca cuando llega la estación del amor. Si una noticia así resulta conmovedora es porque no parece propia del mundo feroz y desnaturalizado en que vivimos. Y, sin embargo, basta con mirar con un poco de atención a nuestro alrededor para darse cuenta de hasta qué punto ese mismo mundo no sería posible sin tantos que se ocupan en allanar las dificultades, tender los puentes salvadores, preparar las palabras y los filtros que alimentan los sueños. La madre que viste a su recién nacido, el jardinero que corta la hierba, el conductor que detiene su autobús ante la viejecita de turno, el futbolista que entrega dichoso el balón a su compañero en el área para que remate la jugada, forman parte de esa legión silenciosa de los que disponen rampas amorosas que devuelven a la vida su deseable continuidad. Son ellos los guardianes discretos de nuestra felicidad en la charca del mundo

Gustavo Martín Garzo – El cuarto de al lado

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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