Cadenzas (1)

La palabra cadencia tiene bastantes acepciones, la primera y más común, “ritmo o repetición de sonidos o movimientos que se suceden con cierta regularidad”. Tampoco en italiano cadenza significa una sola cosa, ni siquiera musicalmente hablando. Pero el aficionado que quizá no sabe muy bien cómo definirla, reconoce la cadenza cuando, cerca del final de un movimiento, la  orquesta deja solo al solista, que para eso le pagan y le llaman así, y el artista se explaya con lo que parecen improvisaciones a propósito de lo que se venía escuchando, en un solo que la mayor parte de las veces está cargado de virtuosismo y, si los hados son propicios, de emoción.

Y eso eran en un principio las cadenzas: Improvisaciones ornamentales con que el solista lucía sus habilidades concluyendo la pieza y aprovechando la circunstancia para llevarse todos los aplausos. Un caramelo muy goloso, de modo que pronto fue el compositor quien escribía ya la “improvisación“, y nadie le tosía. O sí, con lo que una misma pieza puede tener distintas cadenzas, cada una con el nombre de su autor, sea el intérprete, como sucedía originalmente, sea un tercero.  Pero cualquiera puede escribir la suya. Otra cosa es que se la toquen, la cadenza.

Sin embargo, aunque la idea de la cadenza se asocia hoy a la música instrumental, las primeras fueron vocales, escritas por los propios cantantes de ópera para rematar un aria; lo cual sucede literalmente cuando una cadenza sólo busca la exhibición de las dotes del solista y no capturar el alma de la composición, que debiera ser su principal objetivo.

Con lo que, para inaugurar esta sección de cadenzas (y sin que sirva de precedente porque será la única) podemos escuchar una cadenza de ópera, la famosa “Cadenza de la flauta” de Lucía di Lammermoor, que hizo de la escena de la locura el punto álgido de la ópera de Donizetti. Probablemente fue compuesta por la profesora de canto Mathilde Marchessi para mayor honra y gloria de de su pupila,  la soprano Nelly Melba. Aquí la interpreta la gran Joan Sutherland.

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Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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