El niño del bosque

Pescadito te lleva a la cama para que te acuestes con él. Estáis viendo la televisión y el sueño empieza a rendirle. Cierra los ojos, los abre. Su rostro se vuelve más blanco, más leve y lejano. Por fín, se duerme. Se queda inmóvil, pensativo en cuerpo y alma. Le das un beso para despedirte. Y al hacerlo, besas a los árboles, a la hierba que brota, a las piedrecillas pulidas por las corrientes de los ríos.

Gustavo Martín Garzo – El cuarto de al lado

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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