EBNDCD – La melancolía de la capacidad

Johann Sebastian Bach. Una herencia obligatoria (Ein verpflichtendes Erbe, en el original) es una conferencia que Hindemith dio en 1950 para conmemorar el segundo centenario de la muerte del compositor. Hindemith empieza hablando de la necesidad de volver a insuflar vida al legado de Bach, prescindiendo de tópicos y sacralizaciones vacuas. De ahí ese verpflichtendes aplicado a su herencia, obligatoria en el sentido de vinculante, por la responsabilidad que impone a quienes le han seguido. Y luego se concentra en sus últimos diez años, entre 1740 y 1750, cuando de pronto su frenética producción compositiva decae y se tiñe de una súbita y extraña melancolía. Hasta ese momento había compuesto las dos Pasiones, unas ciento setenta cantatas sacras, el Magnificat, toda su música de cámara y orquestal, tres entregas del Clavierübung, la primera mitad de El clave bien temperado, todos los motetes, la mayoría de las cantatas profanas y buena parte de su obra para órgano. ¿Qué ocurrió para que Bach, a los cincuenta y cinco años, la misma edad que tenía Hindemith cuando se hacía esta pregunta, pareciera de pronto cansado y triste? En ese último periodo compuso pocas y significativas obras, como las Variaciones Goldberg, la Ofrenda musical y El arte de la fuga, casi un compendio de todo el arte musical. La respuesta de Hindemith estará ya para siempre asociada a mi escucha de esas obras.

En 1740, Bach, según Hindemith, ha llegado a los niveles más altos, técnica y espiritualmente, de los que es capaz un hombre y ya no puede hacer más. ¿Qué está ocurriendo? Dándole la vuelta a una expresión que Nietzsche aplicó severamente a Brahms, la de Melancholie des Unvermögens (melancolía de la incapacidad), Hindemith dice que a Bach le embargó de pronto una Melancholie des Vermögens, una melancolía de la capacidad.

Liberado de todas las obligaciones y eventualidades que comprometían su obra, Bach se queda a solas con su música, convertida ahora en especulación, en pensamiento puro: “Sólo le queda una posibilidad, aplicar los medios que está acostumbrado a utilizar para expandir un poco, para embellecer un poco, el paraje humilde, angosto y escarpado que ha conquistado en lo alto de la montaña. Con ello su arte se eleva y su poder deviene en reconocimiento visionario.”

Como Próspero al final de La tempestad, la obra en la que Shakespeare cifró todo su arte, Bach se despide con una visión suprema de perfección en la que ya no hay ninguna turbulencia humana y que constituye, para todos los que han venido después, a la vez un símbolo inalcanzable y un referente ineludible, un faro, en palabras de Hindemith, en el que el sonido es ya sólo un recipiente que alberga una intención nueva: hacernos mejores. Como Velázquez antes que Goya o John Donne antes que Wordsworth, Bach contempla desde su cima el paisaje en ruinas que viene después y en el que todavía vivimos nosotros.

Si bien una parte de los artistas modernos se instalan resignadamente en esa tierra quemada, hay otros, como el propio Hindemith, que intentan, una y otra vez, volver a abrazar aquella plenitud. O como Bruckner, sobre todo en sus dos últimas sinfonías, con esa nostalgia de la capacidad en cuyo último y mudo movimiento (*) seguimos juntos escuchando.

Andreu Jaume. Música clásica: Melancolía de la capacidad

(*) El compositor la dejó inacabada cuando murió, con tan sólo tres movimientos íntegros, de tal manera que cuando en el adagio oímos el acorde final que tocan al unísono las trompas, el silencio que sigue es el de la muerte y el de lo incompleto e incapaz, el signo indeleble de todo arte romántico, es decir, moderno. 

 

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Las apariencias no engañan
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