El canto de las sirenas (LI) – Don Giovanni, transmutación de sentimientos

El NO del disoluto Burlador al “Arrepiéntete” del comendador es tan rotundo e intenso que cuestiona nuestra segura o aproximada identificación con el punto de vista del vengador (…) que se desplaza de Doña Anna a Don Giovanni. (…) Y no es esa venganza querida por Doña Anna y apoyada por su novio oficial Don Ottavio lo que el espectador se encuentra al final de la ópera, sino un agente mecánico, un genuino deus ex machina, sólo que en versión gótica, prerromántica. Se trata de un ser de ultratumba, (…) un uomo di sasso que ya no nos provoca espontanea identificación en su carácter de agente vengador capaz de restituir una flagrante injusticia, porque hay una desproporción infinita entre el ultraje y los medios conjurados para su venganza. Esa infinitud desautoriza la mano justiciera. La justicia jamás puede ser infinita.

Se han roto las reglas de juego; la reparación se produce desde mas allá de los límites del mundo. Lo infinito y lo absoluto se avienen pesimamente con nuestro inextinguible, siempre legitimo, anhelo de justicia. (…) Ya nada tiene entonces sentido alguno: la sentencia de piedra nos sobrecoge por su radical inhumanidad, derivada de su carácter sobrehumano.

Parece de pronto irrumpir en escena el más arcaico y atávico Dios de justicia y venganza, el lado más iracundo en sus vendettas del viejo Yahve veterotestamentario, o de los momentos más sobrecogedores por su caracter regresivo del Ala coranico, cuando olvida su naturaleza clemente de Dios de la misericordia; o (…) el aspecto más áspero y menos humanista del Imperativo Categórico kantiano, como si (…) la Crítica de la razón práctica, hubiese sido interpretada por el mas acárrimo antikantiano, que solo hubiera visto en esa ley, secamente expresada, el anticipo mismo de la inflexible guillotina.

El Imperativo Categorico, en su version fiscal inflexible, parece encarnarse en piedra en la estatua del Comendador, (…) que solo admite como remedio el arrepentimiento, que el libre albedrio del Burlador deniega de forma rotunda y definitiva. Pero entonces este, erguido en condición heroica al desafiar a una potencia infinitamente superior que no se arredrara lo mas mínimo en aplastarle, modifica sustancialmente los sentimientos que provoca en el espectador.

De pronto, éste se descubre ahíto de ambigüedades, o traspasado por sentimientos encontrados. El ansia de venganza respecto a los atropellos perpetrados sobre las leyes escritas o no escritas que rigen la conducta humana, y sobre todo cuanto se refiere al sufrimiento ajeno, parece quedar en segundo plano ante el carácter infinito de la potencia vengadora, y de la desgarradura de cuerpo y alma que esta prepara más allá de todo limite de espacio y tiempo: para siempre. Nos olvidamos, pues, de la enormidad de las faltas de Don Giovanni ante la magnitud inconmensurable, inhumana de tan sobrehumana, del aplastante poder que se cierne sobre él, convertido de pronto en víctima propiciatoria, en chivo expiatorio, en héroe trágico.

(…) la negativa al arrepentimiento, paraliza de pronto, y desbarata en un suspiro, todo el juego de apariencias por donde hasta ese instante fue circulando la comedia giocosa y el lado regocijante del drama. Ahora el goce del espectador se vuelve catártico, segun advirtió el Estagirita: está mediado por la compasion solidaria, y por el temor aprensivo: sentimientos que de pronto son suscitados por un personaje que, en razon de sus acciones, cada vez mas cercanas a la inhumanidad mas vil, se hacia acreedor al mas rotundo correctivo por parte del agente vengador. (…)

La genialidad de Lorenzo da Ponte y de Mozart consiste en suscitar esa transmutación de sentimientos previstos por Aristóteles como definición de lo trágico (compasión, temor aprensivo) justo cuando más se nos ha agudizado el deseo de castigo y punición a que el dissoluto se ha ido haciendo acreedor: Tras las escenas del escarnio perpetrado sobre Doña Elvira a través de la permuta de ropajes entre amo y escudero.

A mayor razón para la venganza, más intensa se hace la expectativa de misericordia y piedad: eso es lo que la segunda aria de Doña Elvira nos descubre; y lo que da tal importancia al lugar argumental que ocupa en el desarrollo del drama. Y a la vez, cuanto más se aproxima lo trágico, más se intensifican los efectos distanciadores (de comedia buffa de pura cepa) por la vía de un humor macabro que en Leporello se encarna, de manera que resalte más y mejor, por contraste, el instante de verdadera suspensión en el que de pronto se ha terminado la broma, el juego carnavalesco de disfraces, la fiesta y la francachela: en el instante en que se escuchan (ta,ta, ta, ta) los pasos del convidado de piedra. Y sobre todo en el instante álgido en que Don Giovanni pide al escudero que disponga otro plato para el nuevo comensal, en plena ley de hospitalidad. Don Giovanni prepara así su ascensión al rango heroico, o de víctima propiciatoria, como todo héroe trágico griego, capaz de autoafirmarse en su acción a pesar del infinito poder que se cierne sobre él y que amenaza con aplastarlo; o que terminará aniquilándolo; o lo que es todavía peor: condenándolo a una eternidad.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

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Las apariencias no engañan
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