Mesías participativo

Lo malo de un Mesías participativo es que para participar hay selección previa y ensayos, y al público llano no le dejan cantar a voz en cuello ni siquiera cuando se bisa el Aleluya, con lo que solo nos queda sumarnos entre dientes al Wonderful, como el que aprovecha el fragor para toser o para abrir el caramelo, de un solo golpe, como debe ser: WON-derful.

Lo bueno, como en el directo de cualquier obra maestra, es lo mucho que se descubre todavía, por muy sobadas que se tengan las grabaciones;  detalles o hasta fragmentos completos que una buena interpretación y una atención concentrada hacen resaltar.

Pero lo mejor, por estupendos que sean los profesionales, es la aportación de los coros de aficionados, la verdad de su canto, expresada  ya desde su misma colorida y variada indumentaria. No podía escogerse una composición más adecuada para tal participación, porque, como señalaba Zweig en uno de sus geniales Momentos estelares de la humanidad, el Mesias de Haendel es una obra para la comunidad:

Sin darse cuenta ellos mismos, los oyentes desperdigados por los bancos fueron agrupándose, y poco a poco se reunieron todos en un oscuro bloque de admiradores, pues a cada uno de ellos se le antojaba que el ímpetu de aquella música desconocida era excesivo para resistirlo uno solo, como si en su aislamiento pudiera ser barrido y destrozado por ella. Cada vez se apretujaban más los oyentes en un solo cuerpo, como si quisieran escucharla formando también todos un solo corazón, como si una sola comunidad de creyentes se preparara a recibir el mensaje de fe, que, compuesto y expresado de un modo cambiante, les llegaba en recios sonidos emitidos por las pujantes voces. Cada uno de los oyentes carecía de fuerza suficiente para resistir aquel ímpetu, pero se sentía transportado y cautivado por él, y un escalofrío de emoción pasaba de unos a otros como a través de un solo cuerpo. Cuando resonó el «Aleluya» por primera vez, se puso en pie uno de ellos y todos le imitaron, como impulsados por un resorte. Tenían la impresión de que no podían seguir aferrándose a la tierra y, movidos por una poderosa fuerza, se ponían en pie para estar más cerca de Dios con sus voces e implorar su gracia. Al salir del ensayo fueron contando de puerta en puerta que habían oído una creación musical única en el mundo. Y la ciudad entera, con jubilosa expectación, se apresuró a escuchar aquella obra maestra.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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