El canto de las sirenas (LII) – Don Giovanni, más allá y más acá de lo trágico y de lo cómico


Ya los acordes iniciales de la obertura, y la alusión que se hace a la escena penúltima, entre el convidado de piedra y Don Giovanni, con las escalas ascendentes y descendentes que sugieren la emergencia de lo demoniaco [1:58], nos dan la pista esencial de la obra: no se trata de un dramma giocoso del mismo estilo del que será Cosí fan tutte.

Esta introducción solemne de la obertura marca un estilo trágico que va a comparecer en los momentos álgidos del relato: sobre todo en el instante de la revelación, o momento de la comprensión; cuando Doña Anna descubre tras la figura de Don Giovanni la identidad del enmascarado que pretendió forzarla en su intimidad. De pronto se hace la luz en la comedia de intriga. Caen al suelo las mascaras. Doña Anna ha descubierto al sujeto que se deslizo en su alcoba, y que lucho con su padre el Comendador, y le dio muerte. Relata entonces a Don Ottavio lo sucedido con todo detalle: aquello de lo cual solo conocíamos el resultado y el efecto (a través de la acción perseguidora de Doña Anna tratando de asir y agarrar a su presunto violador). Relata, pues, lo que no se nos pudo mostrar. Entonces, en ese instante de la comprensión, resuenan de nuevo los golpes en acorde del principio. Volvemos al comienzo. Al comienzo de la obra. Al inicio de la obertura.

Ese momento es esencial: verdadero término medio entre la premisa de acordes con que se inicia la obertura, y la consecuencia del mismo material musical que se escuchara, en versión más terrible y demoniaca, en el parlamento final entre la estatua parlante y Don Giovanni. La cesura provoca un giro en redondo, una mutación circular: se vuelve al punto de partida. Se reitera también el comienzo del drama escénico, solo que esta vez verbalizado. No solo es ahora visto en los efectos finales de una acción, sino que es relatado y narrado. Aquí Don Ottavio demuestra su papel imprescindible de interlocutor necesario de Doña Anna.

Volvemos al punto de partida en un giro en la espiral de la acción. Y ese origen repetido ya no podrá ser, en lo sucesivo, obviado ni omitido, por mucho que se intensifique más que nunca el papel de seductor de Don Giovanni, y sobre todo su carácter de anfitrión y propulsor de fiestas y francachelas, con todo su cortejo de comida y bebida, o de danzas variadas y de orquestas contrastadas.

El fondo trágico se revelará insistente. Irá fermentando a medida que la acción dramática vaya creciendo. Don Giovanni extremará sus recursos a partir del célebre pasaje en que lanza la soflama: «Viva la liberta!».

La genialidad de la partitura consiste en acumular recursos escénico-musicales a la francachela desde ese fondo imposible de soslayar y de ocultar: el que irrumpió en la obertura, y reincidió en el instante en que Doña Anna comprende la identidad del enmascarado que quiso forzarla; y que mató a su padre. Se trata del mismo golpe del destino que insistirá en la escena de la cena final de un modo definitivo, colmando en su articulada disonancia un fraseo musical irrepetible (que parece por momentos anticipar los momentos más sombríos de la Misa de Réquiem de Mozart).

Al intensificarse el desorden que Don Giovanni trae consigo, y su propuesta de libertad -«Vivan le femmine, viva il buon vino!»-, mas se aprieta y constriñe el nudo trágico. Lo festivo y lo buffo se entrelazan como los brazos de una espiral galáctica, sin llegar a juntarse nunca, en genuina conjunción/disyunción. Forman la paradójica “energía de ligadura” de las fuerzas disgregadoras, trágicas, que Don Giovanni conjura y trae a luz. Y con las que al fin, en su negativa al arrepentimiento, acaba comprometiéndose de una forma extraña: a través de lo que podría considerarse una heroicidad irónica y de carácter paradójico.

La ópera Don Giovanni exige una categoría sui generis, más allá y más acá de lo trágico y de lo cómico, o de comedia buffa y tragedia heroica. En las antípodas del emperador Tito y de su proverbial clemencia, o de toda la prosapia de príncipes magnánimos que logran vencer la avidez de la venganza (el pachá Selim, en El rapto del serrallo, Sarastro en La flauta mágica), Don Giovanni también es perturbador en referencia al género de comedia que había hallado quizás en Las bodas de Fígaro su locus clasicus, o su perfecta realización consumada como genero llevado a su propia perfección.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

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Las apariencias no engañan
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