Alexander Romanovsky (y algunas propinas)

Esta pasada semana se ha escuchado en el Delibes de Valladolid a un pianista excepcional, un ucraniano de 34 años llamado Alexander Romanovsky. No es ningún recién llegado, lleva once años con Decca, para la que ha grabado 5 discos como solista, y hace un par de años ya actuó en el Jovellanos de Gijón después de haberse presentado en Madrid con Ibermúsica. Aquí interpretó el Concierto nº 3 de Prokofiev, magistralmente fundido con una orquesta que aceptaba la propuesta de tratar de apabullarle como Solti a sus cantantes, y derrochando fuerza, elegancia y musicalidad. Valga de primera muestra este video con la brutal Sonata nº 7 “Precipitato” de Prokofiev, mucho más breve y aún más contundente que el concierto.

La primera propina fue el Preludio nº 23 op. 5 de Rachmaninov. Aunque sin imágenes, vale mucho la pena escuchárselo también al que algunos consideran último gran estandarte de la escuela rusa, aunque recibiera en Italia buena parte de su formación.

El segundo regalo, una gloriosa interpretación del Estudio nº 12 op.8 de Scriabin

…que es interesante comparar con la del incuestionable Vladimir Horowitz…

…del que se dice es heredero Romanovsky, lo que, en todo caso, será por algo más que por haber estudiado con un pupilo de la hermana del gran Horowitz.

Y la tercera y vencida fue una deliciosa frivolidad: The man I love, versión 100 por 100 jazzística digna de Tete Montoliu, a un nivel poco usual entre los pianistas clásicos, con permiso de André Previn. Y que ha tenido además la virtud de llevar al descubrimiento de un video de la mejor Ella Fitzgerald con una excepcional interpretación de la canción.

En el glorioso final, en 6:22, una de las habituales digresiones de Fitzgerald, el popularísimo… Puestos a desvariar ¿Recordamos a Glenn Miller?

Pero eso que sonaba al final [7:31] no era la firma de la banda? Más madera: En forma

De vuelta al presente, un poco más de Romanovsky, al que hay que agradecer también el pronunciable y recordable apellido. A los 15 años, después de escucharle unas Goldberg, la Accademica Filarmonica de Bologna decidió otorgarle el título de Académico de Honor, una distinción que a tan temprana edad solo habían concedido a Mozart y a Rossini. Dada la triste ausencia de registros asequibles de aquella audición, nos conformaremos escuchándole en su vena más pacífica, con el Nocturno en Do menor de Chopin

No lo olviden: Un ruso que estudió en Italia ha de llamarse Romanovsky. Y pídanle que les toque, además, un poquito de jazz. O de lo que quiera.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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