La inteligencia de las mujeres

Rechazaba la pasada semana Rosa Montero, “tamaña necedad”, el tópico de que “a las chicas se nos dan mal las ciencias”. Y lo hacía basándose en un argumento tan pobre como la existencia de científicas del sexo femenino, citando siete notables casos y dedicando buena parte de su artículo a detallar lo fascinante de sus trabajos, de exoesqueletos y telómeros, algo tan poco riguroso como sería responder con unos cuantos centenares de nombres de sesudos varones dedicados a los misterios de la física cuántica y abrumar al personal con sus ecuaciones. Pero al haber afirmado previamente que el hecho probado de que las niñas se crean menos capaces en ese terreno “parece provenir de una presión social estremecedora”, sugería además la conclusión de un silogismo inválido.

Naturalmente que ha habido y hay presión social. Pero, una cosa son los derechos y otra los hechos, es innegable que somos distintos, con y sin presión. Desde los cromosomas, 46 XX, 46 XY. Dos X, una duplicidad que, no sólo poéticamente, confiere fortaleza, y una Y asimétrica, una variedad que algo aportará. Y si el hombre está más dotado para unas cosas y la mujer para otras, evidente en el terreno físico, puede que también haya diferencias de techo en el terreno intelectual, previas al incuestionable (y lo que más debe importar, influenciable) papel del ambiente. Dice Montero “Parafraseando a Simone de Beauvoir, la mujer no nace, sino que se hace (y el hombre también, dicho sea de paso)”, pero la realidad es que ambos nacen y se hacen. Y puede ser que las mujeres sean genéticamente más inteligentes, y también que no haya diferencias… y también  que lo sean los hombres.

¿Y? ¿Qué competición es esta? ¿De qué inteligencia se habla? ¿Quién pasa de lo general a lo particular? ¿Qué consecuencias se derivan? ¿Alguien dejaría de tener que espabilarse con lo que tiene porque un estudio hubiese demostrado que los del otro sexo (o cualquier otro lo que sea) eran más inteligentes (o más lo que sea)? ¿Quién dice, después de haberlo pensado un poco, que sea un valor absoluto ser más inteligente en un determinado aspecto, más dotado que otros para el deporte, para el arte o para el pastoreo? Aunque, eso sí, si acaso, lo dirán más hombres que mujeres, porque la competitividad parece que va con el Y.

Al final, detrás de este empeño en hacer dogma una igualdad total obviamente inexistente, quizás se esconda un verdadero complejo de inferioridad, el que, según otro estudio citado por Montero, aparece a medida que las niñas crecen tendiendo a creer que los más inteligentes suelen ser hombres (no que los hombres sean globalmente más inteligentes, conviene precisar). Sigue habiendo “presión social”, sin duda, pero eso no invalida necesariamente su percepción, una percepción que se convierte en complejo cuando, acertada o errónea, que poco importa, y también por presión social, se considera peyorativamente: “Esa sensación de ser segundonas…” Y un complejo que en ningún caso se supera entrando al trapo con la vara de medir en una mano y el resultado ya decidido en la otra. Ahí, las mujeres con más voz no están demostrando ser mucho más listas que los hombres. O quizás sí.

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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