Octavillas para militantes

Toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los ‘puros’ son sus agentes.

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El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza.

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Las ideologías no fueron inventadas más que para dar un lustre al fondo de barbarie que se mantiene a través de los siglos, para cubrir las inclinaciones asesinas comunes a todos los hombres.

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En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado… Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas

Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable.

Incluso cuando se aleja de la religión el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si se rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo.

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Jamás el espíritu dubitativo, aquejado de hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza -vicios más nobles que todas sus virtudes-, se ha internado en una vía de perdición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis… Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso.

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La efervescencia de los corazones ha provocado desastres que ningún demonio se hubiera atrevido a concebir. En cuanto veáis un espíritu inflamado, podéis estar seguros de que acabaréis por ser víctimas suyas. Los que cree en su verdad -los únicos de los que la memoria de los hombres deja huella- dejan tras ellos el suelo sembrado de cadáveres. Las religiones cuentan en su balance más crímenes de los que tienen en su activo las más sangrientas tiranías y aquellos a quienes la humanidad ha divinizado superan de lejos a los asesinos más concienzudos en su sed de sangre.

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Hubiera querido sembrar la Duda hasta en las entrañas del globo, empapar con ella la materia, hacerla reinar donde el espíritu no penetró jamás, y, antes de alcanzar la médula de los seres vivientes, sacudir la quietud de las piedras, introducir en ella la inseguridad y los defectos del corazón. Arquitecto, hubiera construido un templo a la Ruina; predicador, revelado la farsa de la oración; rey, enarbolado el emblema de la rebelión. Como los hombres incuban un secreto deseo de repudiarse, hubiera estimulado en todas partes la infidelidad a uno mismo, hundido a la inocencia en el estupor, multiplicado los traidores a sí mismos, impedido a las multitudes acurrucarse en el pudridero de sus certidumbres.

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Es la falta de amargura perezosa la que hace de los hombres bestias sectarias: los crímenes más matizados tanto como los más groseros son perpetrados por los que se toman las cosas en serio. Sólo el diletante no tiene gusto por la sangre, sólo él no es criminal.

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El verdadero héroe combate y muere en nombre de su destino, no en nombre de una creencia.

 

Emil Cioran

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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