El canto de las sirenas (LVI) – El enigma Beethoven

Si algún compositor puede decir, al modo del Rey Sol, “la Música soy yo”, ese es Ludwig van Beethoven. Su popularidad sólo es comparable a la altísima estima que suscita en la opinión más exigente: un privilegio del que muy pocos artistas han gozado. La expresión “¡Abrazaos, millones!” de la “Oda a la Alegría” de Friedrich Schiller parece anticipar las multitudes entusiastas que han sido arrebatadas por la magia natural de este gran artista que ha conseguido ser, a la vez, seductor de masas y conquistador de las mejores inteligencias musicales.

Seid umschlungen, Millionen!
Diesen Kuß der ganzen Welt!
Brüder, über’m Sternenzelt
Muss ein lieber Vater wohnen.
Ihr stürzt nieder, Millionen?
Ahnest du den Schöpfer, Welt?
Such’ ihn über’m Sternenzelt!
Über Sternen muss er wohnen.
¡Abrazaos millones de criaturas!
¡Que un beso una al mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
debe habitar un Padre amoroso.
¿Os postráis, millones de criaturas?
¿No presientes, oh mundo, a tu Creador?
Búscalo más arriba de la bóveda celeste
¡Sobre las estrellas ha de habitar!

Quizás esta impura unión de lo más extenso e intenso, o del aplauso cuantitativo y de la aprobación más selectiva, constituye uno de los mayores triunfos de este compositor. Y también uno de sus más inextricables enigmas. Ya que no es sencillo conseguir que creadores, interpretes de vanguardia, musicólogos, teóricos, críticos musicales de primera fila coincidan en su apreciación y aplauso con el publico más popular.

Todos los músicos, aun los más grandes, viven sus infiernos y sus purgatorios: tiempos ingratos en los cuales deben sobrellevar un temporal eclipse que en ocasiones coincide con la generación inmediatamente posterior a su defunción, como en el caso de Johann Sebastián Bach, minusvalorado o considerado bárbaro (por barroco) durante toda una generación, (…) de Gustav Mahler que solo a mediados de los sesenta comienza a ser comprendido después de cincuenta anos de hipercriticismo (…), o el caso particular de Wolfgang Amadeus Mozart, que sólo en las ultimas decadas, desde principios de los ochenta, es reconocido en toda su magnitud.

Pero Ludwig van Beethoven parece haber sido agraciado, ya en vida, y sobre todo tras su muerte, con un favor jamás contrariado por mayorías o por minorías, por grandes masas y por refinados juicios críticos, por el público más popular y por la elite más exigente. Y eso constituye un raro milagro que requiere explicación.

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Todo lo que en estas páginas aparece en este color verde, son extractos del libro El canto de las Sirenas de Eugenio Trías; en negro están los ajustes gramaticales, lo resumido y todo lo que proviene de su texto. Y en este azul, lo añadido, comentarios propios y definiciones o explicaciones de terceros, generalmente de la wikipedia.

 

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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