La violencia y las legumbres

En una entrevista concedida a este diario, la escritora francesa Annie Ernaux justificaba así la violencia de los llamados chalecos amarillos: “Es una violencia real que responde a una violencia simbólica. Quien no la entienda es porque nunca ha sentido la necesidad de destrozarlo todo, porque nunca ha experimentado ese sentimiento de injusticia”. Y concluía: “A veces pienso que no saldremos de ésta sin un poco de violencia”. Con multitud de variantes, la idea recupera adeptos a marchas forzadas entre quienes, a falta de mejor nombre, seguimos llamando intelectuales, sobre todo entre los europeos. Algunos de ellos nos recuerdan que la violencia ha existido siempre, afirman que por algo será, ponderan los avances que se han producido gracias a ella y concluyen que, aunque nuestros tiempos líquidos, posmodernos y melindrosos lo olviden o escondan, una cierta violencia es necesaria para que el mundo mejore.

Todo esto es viejísimo, pero interesante. De entrada diré que Ernaux se equivoca: es muy fácil entender la necesidad que siente cualquiera de destrozarlo todo, porque no hay nadie que, en el curso de su vida, no haya experimentado alguna vez un sentimiento de injusticia; la cuestión es si el destrozo es excusable, como piensa ella, o no: la cuestión es si, para remediar la injusticia sangrante y realísima (no simbólica) que padecen los palestinos, es buena idea derribar las Torres Gemelas y acabar con la vida de 3.000 personas. Lo de que “no saldremos de ésta sin un poco de violencia” es por otra parte, admitámoslo, un tanto vago. ¿A qué se refiere Ernaux con el pronombre “ésta”? ¿A la situación de Francia, uno de los países más privilegiados del mundo? ¿O a la de los palestinos? Más vago aún es lo de “un poco de violencia”. Porque, ¿cuánta violencia es ésa? ¿Se trata de una violencia con muertos o sin muertos? Si con muertos, ¿de cuántos hablamos? ¿Uno? ¿Diez? ¿Cien? ¿Mil? ¿Cien mil? ¿Un millón? Porque, en estas cosas, ya se sabe que todo es empezar… Y, por cierto, ¿quién pone los muertos? ¿Los malos? ¿Y quiénes son los malos? ¿Los ricos? ¿Los pobres? ¿Los árabes? ¿Los judíos? ¿Y por qué no damos ejemplo los intelectuales —un ejemplo irreprochable de coherencia entre pensamiento y acción— y ponemos nosotros mismos los muertos? ¿Por qué no la señora Ernaux, ya que estamos?

En cuanto a los grandes avances con que nos ha bendecido la violencia, se trata de una afirmación pomposa pero indemostrable, porque es indemostrable que tales avances no hubieran podido producirse sin violencia; lo que no hace falta demostrar siquiera, en cambio, son los vertiginosos retrocesos y los sufrimientos incalculables que ha provocado la violencia: basta con poner la tele para verlos. Una cosa sí es cierta, y es que la violencia ha existido siempre: quizá no sea la partera de la historia, como quería Marx, pero sí es su cantera, o al menos la materia con que está fabricada. Ahora bien, ¿es esa obviedad razón suficiente para que debamos resignarnos a ella? También las mujeres han vivido siempre subordinadas a los hombres —que las hemos considerado inferiores y tratado como esclavas, o poco menos— y no parece insensato que hayamos decidido, en estos tiempos líquidos, posmodernos y melindrosos, que tal cosa es una canallada y tratemos de ponerle remedio.

Ignoro por qué algunos intelectuales vuelven a difundir por Europa esta idea, más tóxica que el arsénico. Quizá es postureo, ansia de llamar la atención; quizá es puro conformismo del anticonformismo, que es la forma más común del aborregamiento intelectual; quizá sea simple idiotez o frivolidad de hijos privilegiados del periodo más largo de paz en la historia de Europa, nostálgicos de los viejos buenos tiempos —sólidos, ásperos, premodernos— en que el prosaísmo tedioso de la democracia liberal no combatía la épica apasionante con que la historia arrasó nuestro continente. Sea como sea, está claro que el antiintelectualismo constituye un ingrediente fundamental del nacionalpopulismo rampante en Europa (como lo fue de su progenitor: el fascismo); es una deprimente paradoja que algunos intelectuales contribuyan a fomentarlo.

Javier Cercas. La necesidad de la violencia. El País Semanal, 17/11/2019

 

A veces se trata sólo de recapitular unos cuantos dichos y hechos que, tras un breve revuelo, se olvidan rápidamente. Por ejemplo: durante varias noches seguidas la Jefatura Superior de Policía de Barcelona fue acosada, con la intención de asaltarla, por hordas vandálicas y embozadas que buscaban el cuerpo a cuerpo con los agentes y dejaron malheridos a muchos de ellos. Como esa Jefatura se encuentra en pleno centro de la ciudad, y los vecinos estaban desesperados de no poder transitar, de verse hostigados en sus casas ahumadas por los contenedores en llamas, de no atreverse a salir mientras se libraban abajo batallas campales, al Ayuntamiento que preside Ada Colau se le ocurrió una idea propia de quien tiene por cerebro un garbanzo, a saber: que la Jefatura se mude, se traslade a otro sitio, para no perturbar más al vecindario. Es decir, según ese cerebro de legumbre, la culpa de los disturbios no es de quienes los provocan, lanzan piedras, bolas de acero, botellas, cócteles Molotov, adoquines y cuanto les parece arrojadizo y muy dañino, sino de quienes los padecen y son atacados con violencia extrema. El problema no son los matones, son sus víctimas. Si éstas no estuvieran donde están, en Via Laietana, la zona no se convertiría cada noche en un remedo menor del peor Beirut. Lo que no se le ocurrió en ningún momento al cerebro garbancil fue desalojar a los alborotadores. ¿Cómo iba a actuar el Ayuntamiento colauita contra unos chicos justamente indignados por La Sentencia? ¿Que condenaban a la población a atrincherarse y le impedían llevar su vida normal? Bueno, siempre podría largarse, ella también, si la Policía persistía en ocupar el edificio desde el que causaba tantas molestias. Además, ¿con qué fuerzas iba a intervenir la alcaldía, si la propia Colau desmanteló hace tiempo la unidad antidisturbios de la Guardia Urbana y menguó los efectivos de ésta?

En relación con estos violentísimos altercados (cuando escribo todavía hay un Policía Nacional cuya vida corre peligro, y no son pocos los Mossos d’Esquadra con huesos rotos y los atacantes maltrechos), la Presidenta de la Assemblea Nacional Catalana, Elisenda Paluzie, dio indicios de tener por cerebro una lenteja cuando declaró complacida que la violencia desatada ofrecía ventajas y un lado positivo, a saber: merced a ella, Barcelona y el procés (o “el conflicto”, eufemismo siniestro empleado por ETA y sus acólitos durante sus décadas de tiros en la nuca, secuestros y bombas indiscriminadas) estaban en toda la prensa internacional y resultaban más visibles. De acuerdo con ese razonamiento (por darle nombre inmerecido), más presente aún estaría “el conflicto” si los encapuchados se dedicaran a cortar cabezas en las plazas con hacha o con guillotina; o si colgaran de farolas y árboles a los “desafectos” y “traidores”, o si lincharan a los mossos, a los policías y a los escasos municipales que osaran detener su destrucción. Si la violencia tiene esa ventaja y ese lado positivo, lo que en realidad recomendaba la lentejil Paluzie era imitar —por qué no— los métodos de ETA o del Daesh, que, como ustedes saben, ha estado, está y estará muy presente en los medios del mundo entero.

Por su parte, el President de la Generalitat y otros muchos políticos y ciudadanos se han enfurecido con el conseller de Interior, Buch, porque ha cumplido con su cometido de proteger a todos los habitantes y velar por que Barcelona no sea arrasada por los chicos indignados, entre los cuales había profesionales italianos, griegos, holandeses, alemanes, de la guerrilla urbana internacional, no tan chicos y llamados ex profeso a organizar y dirigir las nada espontáneas acciones. No han condenado a los destructores, sino a las fuerzas del orden que, con gran sentido del deber, obstaculizaban la destrucción, y les han puesto una lupa encima a ver cómo las pueden empapelar. Todo esto lo hemos visto a menudo en los westerns: los facinerosos que asuelan un pueblo están a las órdenes del cacique o terrateniente, que monta en cólera cuando un sheriff honrado mete en el calabozo a quienes aterrorizan el lugar. Si puede, lo destituye, como está a punto de pasar con Buch, y si no, le dice que huya, como propuso Colau, y, si no, hace reducir la cárcel a escombros y tirotear al sheriff por su indocilidad. Pero también esto se ha visto en la realidad, y aunque ya lo recordé aquí hace un año, a raíz del famoso “Apretad” de Torra a los CDR, toca repetirlo, y con más motivo y más alarma: en 1933, poco después del incendio del Reichstag en Berlín y poco antes de las elecciones generales, la policía que debía impedir desmanes y abusos estaba al mando… de Göring, fundador de la Gestapo, quien permitió a los desalmados de camisa parda reventar violentamente los mítines de todos los partidos menos el suyo, claro está. En Cataluña los Mossos están a las órdenes de un independentista convencido, pero honrado, cumplidor y con sentido del cargo. Pero quienes están por encima de él, Torra y su amo Puigdemont, son cómplices de los facinerosos que destrozan y agreden y se saltan las leyes y la voluntad de sus compatriotas; como lo son, asimismo, los cerebros al frente de la ANC y del Ayuntamiento, una lenteja y un garbanzo. Eso sí, con mucha malignidad los dos.

Javier Marías. Legumbres. El País Semanal, 17/11/2019

Acerca de José Luis

Las apariencias no engañan
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7 respuestas a La violencia y las legumbres

  1. Josep Olivé dijo:

    Javier Cercas ya lleva unos cuantos artículos que esta que se sale, y este artículo que nos traes es un buen ejemplo. Y Javier Marias me ha hecho sonreir con lo de las legumbres y hasta me ha sorprendido que a esas las otorgue “tanto” cerebro. La parte desgraciada de su artículo esta en que lo que relata es verdad, y como además escribe muy bien (ya de siempre) pues tenemos otro buen artículo.

    • José Luis dijo:

      Cercas empezó con mucha prudencia, casi temeroso, pero se ha ido creciendo y da gusto leerlo. Argumenta tan bien como escribe. Me ha sorprendido que Marías bajase al barro tanto esta vez. Otro que está hasta las mismisimas de tanta… legumbre.

  2. miquel dijo:

    que grandes on los murcianos!
    Después de todo
    https://www.lahaine.org/est_espanol.php/brutal-represion-anoche-en-murcia
    han votado masivamente a Vox

    patriotas !!!!

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